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freakziones Trozos de mar
Patricia Peñaloza
Me pregunto, oh, santo cielo, si en todas las épocas la vida se había visto tan fragmentada. Me pregunto, oh, santo cielo, si alguien más por aquí cerca se busca vida más complicada. Me levanto. Estudio transcribir tonadas mensas, desde una mentada de madre, pasando por la regalada "Martinillo" hasta "Bésame mucho", cargada de tresillos. Examen con la Cushi, mi maestra de solfeo. Saco 9.5 en teoría, pero CERO en lectura por nota. Me voy corriendo porque tengo una cita furris con un fulano que creo puede darme una chambilla de mientras (mientras consigo algo decente y estable, pues hay que comer y rifarse donde paguen al chas chas) como encargada de que vuelvan los parroquianos a un restaurante (o sea, "anfitriona", o algo así). Salgo de la clase a las 14:40. La cita es a las 15:00 horas. Tengo en la bolsa cinco pesos. Cushi me presta 20. Me voy a casa a cambiarme, vestirme de a minifalda con medias y tacón (¡puag!, lo odio). Cuando estoy cerca de la dirección referida, observo que no se trata de un restaurante acá, como me lo pintaron. Es una cantina. El sujeto entrevistador tiene a su lado una chica de unos 19 años, de bastante pechonalidad, también citada. El monito en cuestión nos muestra unos papeles donde registramos nuestros nombres, edad, dirección, teléfono, medidas, estatura, peso, color de ojos, pelo, tez... La hoja de solicitud de cada quien incluye un listado, en el que hay que seleccionar la actividad que queramos desempeñar. No sólo hay para elegir "edecán" o "anfitriona", sino... ¡Show en tanga! ¡Table dance! y "Acompañante Ejecutiva". Nomás abrí tamaños ojotes. Me hice mensa y pregunté en qué consistía ese rubro. Me comía la curiosidad por saber con qué jalada iba a salirme. El tipillo (quien luego relataría con singular alegría que inició sus andadas en el showbusiness como stripper para ñoras divorciadas forever young), explicó muy serio que se trataba de la mejor oferta, pues se trataba de acompañar durante un fin de semana a altos ejecutivos a alguna playa exótica, con guardarropa de seis cambios incluidos (los cuales pasan a ser propiedad de la incauta): "Se trata de que seas, digamos... su novia. Viajas en avión, hotel de cinco estrellas... De lujo, ¿no? Y lo mejor de todo es que te llevas ocho mil pesos por fin de semana. Buenísimo, ¿no? ¿No te animas?". Disimulé mi pasmo mientras me preguntaba a dónde me había ido a meter... Tan decentito y propio que se escuchó por teléfono... Pos de eso se trataba, ¿verdad? Le dije que no, gracias. El sólo sonrió y dijo: "Bueno, no importa. Aquí respetamos la libertad de cada quien...". Luego me insistió en que si de veras no quería también tachar las opciones de show en tanga: "Ay, ¿a poco eres penosa?". Casi me carcajeo. Como si el asunto consistiera en ser o no "penosa"... aunque parecía que para él, de veras, sólo se trataba de eso. Me quedé otro ratito porque el asunto ya rayaba en lo divertido, y el tipo era de veras simpático, a pesar de tratarse de un padrotillo de pacotilla. Lo que más me impresionaba era la seriedad con que se conducía. Cuando nos contaba de sus andanzas como bailarín stripper, a la chamacona y a mí, relató el mecanismo de su ex trabajo: "Las señoras enrollaban un billete con un papelito que decía `quiero contigo` y me lo metían a la tanga. Ellas pagaban mi salida. Primero nos íbamos a cenar, a algunas señoras les gustaba ir a bailar también... Y luego, pues ya nos íbamos a hacer `la tarea`". Y se moría de risa. Su trato era respetuoso, a pesar de todo. De veras era rara esa situación. Nos planteó que íbamos a trabajar de prueba en ese... ¿restorán? tres días. Si pasábamos la prueba, podíamos luego ser contratadas, con dos mil pesos de base, más las contrataciones posteriores en distintos restaurantes de lux, donde las propinas son en dólares, y no sé qué más... Dije que volvía al día siguiente (sí como no), que ahí nos veíamos, y bla bla bla. Me fui corriendo a mi casa a comer, me cambié de nuevo (me quité la incomodísima minifalda). Recibí una llamada telefónica donde me avisaron que si el lunes siguiente no pagaba por lo menos dos meses de los cuatro que debo de renta, entonces procederían a la demanda legal. Les digo que sí, que ahí los tendrán. Cuelgo, me trago la angustia porque se me hace tarde para una entrevista que tengo a las 18:30. En realidad no tengo con qué pagar. Me dirijo a la PGJDF a interrogar a una licenciada para un reportaje sobre violencia intrafamiliar que estoy realizando. Uf, uf... por Metro Salto del Agua... ay, está muy feo... La licenciada tarda media hora en llegar. Una vez en la charla, me plantea el perfil de los hombres violentos, de las situaciones que propician la agresión en los padres de familia, donde 80% de las víctimas son mujeres, seguidas por los niños y los ancianos. Para entonces mi cabeza está más que saturada, se me dificulta la entrevista, pero finalmente la información que me da es nutrida y muy seria. Ahora no puedo relatarla, porque tampoco estoy muy relajada... Pido permiso para hacer una llamada telefónica, pues ni para tarjetas ando. Pregunto. ¿Que siempre sí? Me dice Fabrizio León que sí me toca cubrir el concierto de Molotov. Llamo a Dieguito para que nos veamos en la entrada. Llego volada, mugrosona, pues no me gusta andar muy arreglada cuando voy a andar en zonas feyonas. Pero ahora me da pena porque a los conciertos sí me gusta ir coquetona. Ni modo. Sorpresa: a ese concierto fue TODO MUNDO. Es decir, la mayoría de la gente de medios, bandas, etcétera con quien medio me interesa lucir presentable. Ni modo. A la goma. Me pongo a platicar con Olallo Rubio, el locutor de Radioactivo de más rating. Intercambio pareceres. Saludo a todos, me dicen que una carta mía, que no era para publicar, salió en el unomásuno; se me aparece el primo de un imbécil que, cuando yo tenía 20 años, me hizo una jalada bastante culiche, apta para una Freakzión completa; me saluda Rulo, que ya no me saludaba; me deja de saludar una amiga porque sé que le contaron un chisme calumnioso. Pasan a mi lado Toni (un ex) y su esposa; me ignoran (obviamente). El Queso y su novia, compañeritos de capoeira, saludan lejanos. Se nos aparece el Pablito, a quien no veía desde que casi me petateo de un pasón accidental de éter... El concierto se pone regular, me suena fresa el "Puto, Puto", de Molotov, mi cabeza va a estallar, y no hace falta decir que ya parece que íbamos a ir el Diego y yo al aftershow. A la salida regalan helados. Me encuentro con un chavo que dos días antes habló al ver nuestro letrero de solicitud de bataco. Diego quiere pasar primero a su casa. Me siento en el comedor. Engullo un plato de arroz, pues en mi casa no habrá nada para comer... Un intenso llanto me asalta. Ni siquiera lo veo venir. Sólo me asalta, contundente. No puedo controlarlo. Dieguito lindo me abraza. Me siento confundida, pero ni me pregunto nada, sólo dejo brotar una pena de procedencia dudosa. Siento un gran peso y se me aparece en la mente la figura del santo Job perdiéndolo todo. No me pregunto nada. Todo es llanto y no me da para pensar en soluciones, ni siquiera en lo inútil de los trozos de mar que nublan mis ojos... Patricia Peñaloza es periodista, escritora y cantante. Correo: futuram@yahoo.com |
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