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memoria Coahuila
Pablo Hiriart
Cuando ya nadie se acordaba de los resultados aplastantes que caracterizaron la vida política del país por casi siete décadas, el domingo en Coahuila volvió a caminar el carro completo y el PRI fue de nueva cuenta esa locomotora electoral que reduce a sus adversarios a una mínima expresión. Este súbito regreso al pasado no tiene su origen en el fraude electoral o en la pequeñez de sus rivales, como podría suponerse luego de ver que el candidato priista a la gubernatura, Enrique Martínez, se alzó con más de 60% de los votos. En Coahuila se dieron una serie de circunstancias que permitieron esta victoria del PRI como lo hacía en los viejos tiempos. En este triunfo del tricolor no hay factor suerte ni factor fraude, sino una buena dosis de mérito político de los priistas de esa entidad que de paso le dieron una lección a la dirigencia nacional de su partido acerca de cómo se deben hacer las cosas. En primer lugar hay que hacer la precisión de que Coahuila no es un estado con tradición de partido único, como sí la hay en otras entidades de la República. En Coahuila, Acción Nacional ha tenido siempre una presencia activa y en cada elección su cosecha de votos es bastante elevada. Ha gobernado la capital de la entidad y los principales municipios de la frontera, de la cuenca carbonífera y de la región de La Laguna. Los rivales del PRI eran de verdad: no había contrincantes electoralmente débiles ni económicamente pobres. El PRI se enfrentó a una amplia y fortalecida alianza opositora y la derrotó sin atenuantes. En las elecciones del domingo quedó demostrado un hecho que, en las primeras reacciones sobre el caso, los analistas políticos no han querido ver: hasta ahora las alianzas opositoras sólo son exitosas cuando llevan como candidato a un político salido del PRI. Zacatecas fue el primer ejemplo. El PRD y otros partidos considerados pequeños articularon una alianza en torno a Ricardo Monreal, recién salido de las filas del Revolucionario Institucional, y derrotaron al candidato oficial José Olvera. Luego vendría Tlaxcala, con una dinámica similar, donde Alfonso Sánchez Anaya dejó su militancia priista para lanzar su candidatura por una alianza de partidos de izquierda y de centro. Pero el caso más emblemático es Nayarit. Ahí PAN, PRD, Verde Ecologista y Partido del Trabajo lograron conjuntar esfuerzos y lanzaron a un candidato que durante toda su vida había sido priista: Antonio Echevarría. Fue así como derrotaron al PRI en una entidad donde la oposición era prácticamente inexistente. La alianza opositora de Coahuila fue distinta. No había ningún priista recién salido del partido gobernante a quien lanzar como candidato, y el abanderado fue un viejo militante panista, Antonio García Villa, de larga trayectoria militante pero de escasa solidez intelectual y doctrinaria. El PRI, por su parte, realizó un proceso interno del que salió triunfador un político local, Enrique Martínez, adversario político del gobernador de esa entidad, Rogelio Montemayor Seguy. Este aceptó los resultados de la contienda interna de su partido y volcó en apoyo del candidato del PRI a los grupos políticos que estaban con él. No hubo distanciamiento ni guerra de baja intensidad para impedir el triunfo de su adversario interno. Montemayor y Martínez, gobernador y candidato respectivamente, entendieron que sólo el PRI era capaz de destruir al PRI. Lo anterior no es una reflexión de Perogrullo, porque donde ha perdido el PRI han sido factores como esos los que han tenido un rol determinante. Esas son las lecciones de Coahuila. Muy útiles, también, para el proceso federal. Pablo Hiriart es director general del periódico Crónica. |
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