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textos Carta desde Buenos Aires
Ariel González Jiménez
Escribir acerca del clima de una ciudad es, de suyo, una reivindicación epistolar: no existe tema más conveniente y natural para dar inicio a una correspondencia. Seres frágiles, nostálgicos de la felicidad adánica, lo primero que hacemos al poner pie en un sitio es incomodarnos o alegrarnos por la temperatura ambiente. Puede venir luego el paisaje, la gente, pero siempre es nuestro cuerpo el que dicta las primeras palabras en torno de un lugar. El domingo 16 de agosto de 1868, Richard F. Burton, aventurero inglés a quien debemos -dice Borges- una "antropológica y obscena" traducción de Las mil y una noches, se dispone a desembarcar en Buenos Aires. En una carta, anota: "Nos preparamos a bajar a tierra. De todos los desembarcaderos supuestamente civilizados, éste de la `Atenas de Sudamérica` tal vez sea el peor. Pésimo con buen tiempo, ¡qué condiciones detestables tendrá cuando arrecia el pampero! El viento parece soplar hacia el interior y en el verano el río está peor que en el invierno. El aire, salvo raras excepciones, resulta por siempre húmedo y deprimente." La hedónica queja de Burton no es compartible del todo, pero ciertamente encierra algunas verdades que hacen sospechosos lo mismo a nuestra Señora del Buen Aire que a los primeros españoles que bautizaron como Buenos Aires a esta capital. Sin embargo, el asunto debe pensarse con optimismo: la benevolencia de sus vientos no se deduce, por supuesto, del hecho de que éstos produzcan virajes climáticos intempestivos (como pasar de cinco a 18 grados en unas horas), sino de que pese a todo han permitido sobrevivir a los porteños por más de cuatro siglos. Hace poco más de 50 años, Ramón Gómez de la Serna registraba que Buenos Aires "está poblado por dos millones y pico de supervivientes". En contrapartida, también este autor español, en su Explicación de Buenos Aires, recordaba el caso de una jovencita inglesa que sucumbió a los caprichos climatológicos y decidió quitarse la vida "cuando se verificó la anual damnificación del invierno, dejando escrito en un papelito: `No se culpe a nadie de mi muerte. Me mato porque mis nervios no pueden sufrir más estas variaciones de tiempo y este no llegar nunca la anunciada primavera`. "Pero lo más grave -añade Gómez de la Serna-, y al mismo tiempo lo más dulce del clima voluble y dicharachero porteño, es que todas sus variaciones están impregnadas de humedad". Y eso es una gran verdad, porque puede ser que se vaya el frío y tal vez el calor, pero lo que nunca se marcha es la humedad, esa gran calibradora de la sensación térmica que los porteños se han acostumbrado ya a registrar junto con la temperatura formal todos los días. Y como prueba de todas las posibilidades que tiene la humedad en esta tierra queda la garúa, una llovizna finísima que empapa siempre a los que la menosprecian. Con todos estos avatares climáticos (a los que no ha faltado siquiera una voluble presión atmosférica que es bueno tener en cuenta) el carácter del porteño denota una gran vitalidad y la firme decisión de sacar partido de cada día. Ayuda mucho para ello la buena cocina, la moda y las vacaciones: todo sea para que aguante el cuerpo, esa nave íntima que los argentinos han revalorizado de muy variadas formas en los últimos años, sin duda mejor que el resto de los latinoamericanos. Con voluntad y el aprovechamiento de las comodidades modernas, quedó atrás esa insatisfacción (¿clima intelectual?) que lúcida y metafísicamente describiera Macedonio Fernández: Yo quisiera a la noche verla de día. De cualquier manera, quien pase unos días en Buenos Aires, así sea con el peor pronóstico de tiempo, se encontrará más temprano que tarde con un día maravilloso, único, de una luz excepcional y un cielo fantástico. Y tal vez, con suerte, vea (y viva) la noche como día y hasta llegue a ese bar futuro que soñara el mismo Macedonio Fernández "donde se sirven filmes sonoros al cliente que lo pida: `Sírvanos una lluvia con luna, viento cálido, y un sendero polvoriento en cuyo colchón se den las notas opacas de las grandes gotas primeras de un llover`". No es imposible. Ariel González Jiménez es periodista. Actualmente radica en Argentina. |
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