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informe Los partidos, ¿naves vacías?
The Economist
¿Están en decadencia los partidos políticos? Y si lo están, ¿acaso importa? Son las preguntas que intenta responder este informe del semanario inglés The Economist. Quienes defienden la tesis de la decadencia -dicen los autores del texto- argumentan, por un lado, que la gente se aleja cada vez más de los partidos y, por otro, que éstos tienden a considerar el triunfo en las elecciones su objetivo principal: no crean grandes movimientos sociales ni respetan una ideología. ¿Cómo sería la democracia si no hubiera partidos políticos? Es casi imposible imaginarlo. En todas las democracias dignas de ese nombre, la competencia por ganar la adhesión del electorado y formar un gobierno se lleva a cabo a través de los partidos políticos. Sin ellos, a los votantes les resultaría muy difícil averiguar cuál es la ideología de cada candidato o qué intentaría hacer éste una vez elegido. Si los partidos no "agregaran" los intereses de la gente, la política podría degenerar en una lucha entre diminutas facciones en donde cada una promovería sus propios y estrechos intereses. Sin embargo, durante los últimos 30 años los politólogos han estado preguntando si los partidos están "en decadencia". ¿Acaso lo están? Y, en caso de ser cierto, ¿acaso importa? Es difícil hacer generalizaciones sobre los partidos políticos. Su forma depende de la historia y de la constitución de un país y de muchas otras cosas. Por ejemplo, la estructura federal y la separación de los poderes en Estados Unidos convierte a los republicanos y a los demócratas en amorfas agrupaciones cuyo propósito principal es colocar a su hombre en la Casa Blanca. Los partidos británicos se comportan de manera muy distinta porque los miembros del Parlamento deben apegarse a la línea partidista para mantener a su hombre en la calle Downing. Una vez que ha sido electo, un presidente estadounidense está a salvo, de modo que los miembros de la Cámara de Representantes actúan como representantes locales más que como miembros de una organización nacional que asume la responsabilidad colectiva de gobernar. Los países en donde -a diferencia de Estados Unidos y Gran Bretaña- se llevan a cabo elecciones bajo el sistema de representación proporcional también son distintos; tienden a crear sistemas multipartidistas y gobiernos de coalición. A pesar de estas diferencias, algunas tendencias comunes a casi todas las democracias avanzadas parecen estar cambiando la naturaleza de los partidos y, según un punto de vista, les restan influencia. Aquellos que defienden esta tesis de decadencia señalan los cambios siguientes: La conducta de la gente se está haciendo cada vez más privada. ¿Para qué unirse a un partido político cuando uno puede irse de pesca o navegar en la red? En la década de los 50, los clubes afiliados al Partido Laborista eran lugares en donde los trabajadores británicos se reunían, se divertían y estudiaban. El Partido Conservador era, entre otras cosas, una agencia matrimonial para la gente de la clase alta. Hoy, pertenecer a un partido político británico se parece más a apoyar una institución de beneficencia; tal vez uno pague una cuota de membresía, mas no necesariamente asistirá a las reuniones ni ayudará a apoyar el voto el día de las elecciones. Las ideas se acaban La política se está volviendo más laica. Antes de la década de los 60, las luchas políticas eran de una intensidad casi religiosa; en gran parte de Europa occidental esta lucha se reflejó en la oposición entre comunistas y católicos o entre trabajadores y patrones. No obstante, durante los 60 las diferencias ideológicas empezaron a encogerse y se hicieron aún más pequeñas a raíz de la caída del comunismo soviético. Actualmente la política parece basarse más en políticas que en valores; en el buen desempeño de los líderes más que en las creencias de los dirigidos. Conforme aumenta la educación y se borran las diferencias de clase, los votantes desechan viejas lealtades. En 1960, en Estados Unidos dos de cada cinco votantes se consideraban como "fuertes" demócratas o "fuertes" republicanos. Para 1996, menos de uno de cada tres tenían esa opinión de sí mismos. La proporción de votantes británicos que expresaban una afinidad "muy fuerte" con un partido cayó de 44 a 16% entre 1964 y 1997. Se ha observado este proceso de "desalineación partidista"en casi todas las democracias maduras. Se dice que la erosión de la lealtad ha empujado a los partidos hacia el centro ideológico. No han desaparecido los extremos políticos, pero los partidos de la corriente principal que solían ofrecer una elección clara entre los socialistas y los conservadores ya no son tan fáciles de clasificar. A finales de los 50, los socialdemócratas (SPD) de Alemania arrancaron sus raíces marxistas con el fin de reorganizarse como un Volkspartei que fuera atractivo para toda la gente. Los "nuevos" laboristas ya no se presentan como el brazo político de la clase trabajadora ni del movimiento sindical en Gran Bretaña. Antes de convertirse en presidente, Bill Clinton ayudó a reorientar al Partido Demócrata hacia la aceptación de los negocios y del libre comercio. Cada vez se ha vuelto más difícil colocar etiquetas ideológicas claras sobre los partidos, dado que han tenido que lidiar con la aparición de lo que algunos comentaristas llaman las cuestiones postmateriales (tales como el medio ambiente, la moralidad personal y los derechos del consumidor), las cuales no encajan con elegancia en el antiguo marco de izquierda y derecha. Los medios masivos de comunicación se han apoderado de muchas de las funciones informativas que antes los partidos llevaban a cabo. "De la misma manera en que la radio y la televisión han asesinado al vendedor que iba de puerta en puerta -dice Anthony King, de la Universidad de Essex en Gran Bretaña- también han matado al anticuado trabajador partidista". En 1878, el SPD alemán era dueño de 50 de sus propios periódicos. Hoy, los medios de comunicación les permiten a los políticos comunicarse directamente con los votantes y ya no es menester que sean dueños de imprentas ni que los trabajadores del partido llamen a las puertas de las casas. En muchos otros sentidos, la cuestión del triunfo electoral se ha vuelto más intensiva en cuanto al uso de capitales y menos intensiva en cuanto al uso de mano de obra; esto ha hecho que los donadores políticos se hayan vuelto más importantes que los activistas políticos. Otra aparente amenaza a los partidos es el aumento de los grupos de interés y los grupos de presión. ¿Por qué habría de importarles a los votantes el amplio espectro de la política que un partido promueve durante las elecciones cuando existen otras organizaciones que cabildearán todo el año por sus intereses particulares, sean éstos la protección del ambiente, la oposición al aborto o la defensa de algún subsidio? Algunos expertos también afirman que los partidos desempeñan actualmente una función más reducida y que los grupos de especialistas realizan una función más importante en la creación de las políticas. Aunque los partidos siguen elaborando manifiestos electorales, les preocupa ser demasiado específicos. A algunos no les gusta nada dejar la elaboración de las políticas en manos de los activistas del partido, quienes pueden ser más extremosos que el grueso de los votantes y, por lo tanto, desconcertarlos. Es mejor dejar que el mensaje sea vago. O bien, ¿por qué no dejar que las decisiones difíciles se tomen por la vía de los referendos, como sucede con tanta frecuencia en Suiza? Los expertos han descubierto que estas tendencias son más fáciles de describir que de evaluar. La mayor parte de ellos concuerda en que ha terminado la era del "partido de masas" y que su lugar ha sido tomado por el partido "electoral-profesional" o "atrapa todo". Aunque sus miembros siguen siendo políticos que poseen creencias y valores genuinos, estos partidos modernos tienden a considerar que su objetivo principal es ganar las elecciones más que crear organizaciones con muchos miembros o movimientos sociales, como alguna vez ocurrió. ¿Es malo esto? Tal vez, si disminuye la participación en la política. Una de las funciones tradicionales de los partidos políticos ha sido la de conseguir el voto y, en 18 de 20 países ricos, las cifras recientes de votación han sido más bajas de lo que eran en la década de los 50. Aunque resulta difícil explicar por qué, Martin Wattenberg, de la Universidad de California, en Irvine, observa que la cantidad de votantes ha disminuido más en aquellos países en donde los partidos son débiles: Suiza (gracias a los referendos), Estados Unidos y Francia (en donde las elecciones presidenciales se han centrado cada vez más en el candidato en vez de en el partido) y Japón (en donde las lealtades políticas giran alrededor de las facciones internas en vez del partido en sí). Por el contrario, en Escandinavia, en donde los partidos basados en las clases sociales siguen siendo relativamente fuertes, el número de votantes se ha mantenido más estable desde los años 50. Los miembros se acaban No sólo son los votantes quienes están disgustados. El número de miembros de los partidos también está disminuyendo e incluso han fracasado los intentos más vigorosos por revertir este descenso. El caso de Alemania es muy pertinente. El número de afiliados de los socialdemócratas aumentó rápidamente en los años 60 y 70 y los demócratas cristianos reaccionaron duplicando la cantidad de sus propios miembros. Sin embargo, a finales de los 80 el número de miembros decayó, sobre todo entre los jóvenes. En 1964 el Partido Laborista de Gran Bretaña contaba con cerca de 830 mil miembros y los conservadores tenían alrededor de dos millones. Para 1997 tenían 420 mil y 400 mil miembros, respectivamente. La caída es más fuerte en ciertos países que en otros, pero la investigación realizada por Susan Scarrow, de la Universidad de Houston, sugiere que la tendencia es común a la mayor parte de las democracias. Tomando en cuenta el menor número de miembros, el hecho de que las diferencias ideológicas se hayan hecho borrosas y menor la cantidad de personas que van a votar, la tesis de la decadencia parece difícil de refutar. ¿O no? La tesis de la decadencia partidista adolece de ciertas fallas graves. Para empezar, algunos expertos cuestionan el hecho de que los partidos políticos realmente hayan tenido alguna vez una época de oro a la que se remontan otros expertos. El señor King de la Universidad de Essex señala que muchas de las pruebas en favor de la decadencia se sacan de unos cuantos partidos (los dos principales partidos de Gran Bretaña, el SPD de Alemania, los comunistas de Francia y de Italia), los cuales alguna vez sí promovieron ideologías claras, gozaron de grupos masivos de miembros, crearon organizaciones locales y actividades sociales. Sin embargo, ninguno de los partidos de Estados Unidos ni Canadá ni muchos de los partidos burgueses de Europa occidental fueron partidos masivos de ese tipo. Más aún, a pesar de su supuesta decadencia, los partidos siguen teniendo una influencia decisiva en muchos aspectos de la política. Por ejemplo, en la mayor parte de los países, los partidos siguen controlando la nominación a los cargos públicos. En casi todas las democracias maduras es raro que los candidatos independientes sean elegidos a los puestos legislativos federales o estatales e incluso en el gobierno local la proporción de independientes ha disminuido bastante desde principios de los años 70. Cuando los partidos estatales y locales seleccionan a sus candidatos, de costumbre favorecen a personas que se han esforzado mucho trabajando dentro del partido. Por ejemplo, los partidos alemanes con frecuencia funcionan como conductos para conseguir puestos en el sector público, los cuales tienen cierta influencia en el nombramiento para los puestos más importantes del sector civil y para los consejos de las empresas gubernamentales de servicio público o para las organizaciones de los medios de comunicación. Incluso en Estados Unidos, en donde los candidatos independientes son más comunes en las elecciones locales, los partidos siguen operando las "máquinas" de las ciudades, de los condados y de los estados, en donde la mayor parte de los políticos inician su carrera. Como es natural, existen algunas excepciones. En 1994, Silvio Berlusconi -un magnate de medios de comunicación- logró convertirse en primer ministro al frente de Forza Italia, un movimiento de derecha que dependió en gran parte de su fortuna personal y de su emporio televisivo. Ross Perot, un millonario candidato que formó un tercer partido, obtuvo en 1992 un respetable 19% en su esfuerzo por llegar a la Presidencia de Estados Unidos. Los decadentistas adelantan estos ejemplos para defender su postura. Sin embargo, cabe señalar que, al final, el señor Perot ya no pudo competir contra las dos formidables máquinas de organización de campañas y recaudación de fondos que se oponían a él. Esto sugiere que la disminución en la cantidad de los miembros de los partidos no necesariamente los debilita respecto del dinero y de la organización. De hecho, muchos se han enriquecido simplemente por aprobar leyes que les dan dinero público. En Alemania, los subsidios de campaña otorgados a los partidos federales se triplicaron entre 1970 y 1990 y de 20 a 40% de los ingresos de los partidos provienen de los fondos públicos. En Estados Unidos los profesionales pagados que han tomado el relevo de los activistas de los partidos tienden a trabajar con mayor eficiencia. Además, otros tipos de actividad política (como donar dinero a un partido o grupo de interés o asistir a sesiones de trabajo y reuniones políticas) se han vuelto más comunes en ese país. Es posible que los grupos que hacen campaña para promover causas o candidatos particulares (la Coalición Cristiana pro republicana, por decir algo, o la Asociación Nacional para la Educación pro demócrata) no estén afiliados formalmente a las organizaciones partidistas principales pero, con frecuencia, están aliados a ellas. El papel de los medios masivos de comunicación también merece mirarse más de cerca. Es cierto que han debilitado los métodos tradicionales de los partidos para comunicarse con sus miembros. No obstante, los partidos han dedicado gran parte de sus esfuerzos para manejar sus relaciones con los periodistas y emplear nuevos medios de comunicación para llegar tanto a sus miembros como a auditorios más amplios. En Gran Bretaña la escasez de activistas locales se ha acompañado de un enfoque más profesional en relación con las comunicaciones. Margaret Thatcher causó revuelo al contratar a Saatchi & Saatchi, -empresa de publicidad- para abogar por la causa de los conservadores en las elecciones de 1979; para las elecciones en Gran Bretaña de 1997, la operación de medios de comunicación para el Nuevo Laborista, dirigida desde Millbank Tower en Londres, fue aún más compleja y elaborada. Otra manera de medir la influencia de los partidos es por su alcance, es decir, el poder que tienen, una vez que han sido electos a los cargos, de controlar el aparato gubernamental. Este es un poder que han sabido conservar. La mayor parte de los gobiernos tienden a estar claramente bajo el control de personas que representan a un partido y quienes no estarían en el gobierno si no pertenecieran a semejantes organizaciones. El sistema presidencial de Francia puede parecer ideal para los candidatos independientes pero, con la excepción (discutible) de Charles de Gaulle, quien afirmaba estar por encima del partido, nadie ha sido elegido jamás sin el apoyo de un partido. El fuego de la próxima vez Dadas las precauciones que deben tomarse con otros aspectos del caso de la decadencia de los partidos, ¿qué puede decirse sobre una de las pruebas clave de los decadentistas, la erosión de las diferencias ideológicas? A primera vista, esto se genera por el reciente movimiento hacia el centro de los partidos de tendencia izquierdista, tales como los demócratas de Estados Unidos, los nuevos laboristas de Gran Bretaña y el SPD bajo el liderazgo de Gerhard Schröder. En Estados Unidos, Newt Gingrich avivó el fuego de los republicanos en 1994, pero éste se ha apagado. Los candidatos republicanos a la Presidencia más populares y sobre todo George W. Bush -el candidato que va al frente de los demás- están haciendo nuevamente hincapié en el lado más amable de su conservadurismo. De todos modos, la afirmación de la convergencia ideológica puede ser exagerada. No ha pasado más de una década desde que Ronald Reagan y la señora Thatcher dirigían partidos exitosos con fuertes ideologías. Y la suposición anecdótica de que los partidos se están diferenciando cada vez menos entre sí se ve desafiada por los estudios académicos de largo plazo. Una mirada a la experiencia que han tenido diez democracias occidentales desde 1945 (Parties, policies and democracy, Westview Press, 1994), concluyó que los partidos más importantes de derecha y de izquierda seguían guardando su distancia y conservando su identidad y no se agrupaban alrededor del votante promedio situado en las ideologías del centro. En su libro próximo a publicarse (Political parties in advanced industrial democracies, Oxford University Press), Paul Webb, de la Universidad de Brunel en Gran Bretaña, concluye que, a pesar de que se ha debilitado el sentimiento partidista y los votantes se han vuelto más cínicos, los partidos han sabido adaptarse bastante bien, por lo general, a las circunstancias cambiantes. Además, aun si las diferencias entre partidos se estrechan en la actualidad, ¿por qué esperar que esa tendencia continuará? En Europa occidental, el fin de la guerra fría extinguió una fuente de conflicto ideológico, pero las nuevas chispas pueden crear un incendio. Los apaleados partidos de derecha pueden tratar de revivir sus fortunas al defender la causa nacionalista en contra de las intromisiones de la Unión Europea. En algunos lugares en donde las ideas dividen menos a los partidos, la geografía los está dividiendo más. En Alemania y Gran Bretaña, la política ha adquirido un sabor cada vez más regional; los laboristas y los demócratas sociales dominan el norte, respectivamente, los conservadores y los demócratas cristianos son más fuertes en el sur. Los Ossis se están agrupando dentro del Partido del Socialismo Democrático en Alemania del Este. En Gran Bretaña, Italia, Canadá y España existen partidos separatistas fuertes. De modo que todavía hay señales de vida en el sistema partidista. Pero los decadentistas están sobre una pista interesante. Los alemanes tienen una palabra para describirla. Una de las razones que se ofrecen para explicar el ascenso de los verdes en Alemania durante la década de los 80 y del señor Perot en Estados Unidos en 1992 es la Parteienverdrossenheit -la desilusión con los partidos que tradicionalmente han dominado la escena política y que parecen haber abandonado sus creencias esenciales y que ya no ofrecen opciones significativas-. Una "nueva política" de protestas ciudadanas pareció desplazar la política convencional. A fin de cuentas, lejos de socavar la dominación de los partidos, los verdes de Alemania terminaron por unirse al gobierno en una coalición difícil con el SPD. El saldo de las pruebas que provienen de todas partes del mundo es que, a pesar de todas las cosas que los están transformando, los partidos siguen dominando la política democrática. En efecto, hay motivos para preguntarse si su continua supervivencia es más preocupante que su supuesta decadencia. ¿Es acaso muy alentador que los partidos puedan perder miembros, preocuparse menos por las ideas, alejarse de los grandes movimientos sociales, atraer menos votantes y, no obstante, seguir conservando una influencia decisiva en la política? Si están tan poco anclados, ¿acaso no serán presa fácil de los grupos de intereses particulares? Si dependen de los fondos del Estado en vez de las aportaciones de sus miembros, ¿acaso no se convertirán en un producto del Estado? En otro sumario hablaremos del papel que tiene el dinero en la política. |
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