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Los linderos ejidales
Reforma agraria incompleta

Rubén Mújica Vélez

El reparto agrario, sobre todo el que cimbró a la sociedad mexicana y transformó el ámbito rural de su tiempo, tuvo que realizarse contra el reloj histórico: Cárdenas tuvo plena claridad que la impaciencia de los campesinos mexicanos y la sistemática recuperación de la fuerza de los terratenientes que confrontaban una gradual y precaria reforma agraria, devendría necesariamente en conflictos de proporciones insólitas. O se repartía la tierra o se volvería al choque armado. Fue pues una medida inteligente, sagaz y audaz, pero que al realizarse como se ha tenido que llevar a cabo, apresuradamente y arrastrando el costo de los errores naturales, derivó en una reforma agraria que debía completarse.

Llevada a cabo en un sexenio y con una población que era la quinta parte de la actual no se tenía, como fue emergiendo con el tiempo, la presión de la población sobre la tierra laborable. Así, la precisión no podría ser entonces más que un prurito imposible de cumplir técnicamente ante la emergencia política: la determinación precisa de dónde terminaba un ejido y empezaba otro tuvo que dejarse para después y muchos planos con base en los cuales se ejecutó la dotación ejidal tuvieron que hacerse sobre las rodillas y estimando la superficie total. Lo urgente era aplacar la insoslayable demanda de tierra que Bassols acuñó lapidariamente: "Toda la tierra, ahora".

Así, con el tiempo emergieron los problemas de linderos, especialmente en ejidos con población que se multiplicó rápidamente o en donde la calidad de los recursos impuso su uso integral. Añadámosle que en algunos casos se tenía una larga historia respecto de los linderos. Es el caso de Juchitán y Huehuetán, en el municipio de Azoyú, Guerrero. Se integraron en la letra de una preciosa chilena unos versos que reflejan la realidad, sin contabilizar los muertos que esa pugna arrojó:

Juchitán y Huehuetán
andan peleando terrenos
Juchitán dice ganamos
Huehuetán dice veremos.

Pero su historia está nimbada por antecedentes de corrupción. Desde el siglo pasado y antes del porfirismo las poblaciones pugnaban por un terreno indefinido ante un trazo en disputa. El gobierno federal envió a un funcionario que intentó hacerse de la franja. No se resolvió el problema y perduró, enconándose entre los pobladores y plasmándose en la música regional. No obstante los nexos familiares entre los pobladores, el diferendo se sostenía y con él la agresividad social.

Tuvieron que pasar 120 años y a la luz de la nueva legislación agraria se inició un difícil proceso de conciliación en el cual participaron casi la totalidad de las dependencias gubernamentales. Fueron aleccionadoras las sesiones conciliatorias en donde se palpaba la fatiga de los pueblos por una pugna en la que perdían su rastro histórico.

-Pero amigo, uté quiere llevarse el santo y la limona -decía Jerónimo Cruz en una de las reuniones-. Ta bien que somo negro inorantes, pero tampoco se vale que utede quieran lo mejor y todo.

-Caray amigo. Pero uté habla y habla y no propone nadita, nada. Diga que piensa d`eso. Porque e tiempo de arreglar eta bronca. Sería bueno que ante de la fieta de Huehuetán, pa celebrá el arreglo.

Los dimes y diretes menudeaban; solamente Porfidio Vergara se mantenía aislado de la prolongada sesión. Su cara reflejaba una honda preocupación que parecía avizorar dificultades mayores.

-¿Y cómo lo vamo a hacé con esa franja que va a quedar libre? ¿A poco la vamo a regalá?

-No compañero -terció el presidente municipal-. Quiero proponerles algo especial. Hablé con el señor gobernador y les proponemos una cosa: vamos a construir ahí la Preparatoria Regional que tanto han deseado y ahí podrán estudiar los chamacos de todo el rumbo -un aplauso rubricó sus palabras. Había sido un argumento de peso.

-¿Y el pastoreo que hacemos ahí, qué paará con él?

-Nada compañero, Huehuetán está dispuesto a compartirlo como hermanos.

-Na más que don Rogaciano que e de los de ustedes, no vaya a meter too su chiverío porque no va a dejá ni las raíce del zacate.

-¿Y cómo vamo a pagar las contribuciones al menecipio?

-No se preocupen -volvió a intervenir el presidente municipal-. Revisaremos para que paguen menos.

-¿Y la servidumbre de paso para ir a El Coyul?

-Se mantendrá abierta -afirmó el presidente del comisariado ejidal de Huehuetán, en tono conciliador.

-Pus cómo no, si por ahí tiene que pasar la querindonga de mi comisariado -se escuchó desde el fondo de una voz anónima.

Las carcajadas festejaban la cuchufleta y el comisariado nada más aguantó vara.

-Todo va bien -dijo el presidente municipal-. Pero hay algo que me extraña mucho. ¿A ver, Porfidio, qué te sucede que no participas. Estás o no de acuerdo con el arreglo de todo esto?

-Señó Presidente, estoy muy de acuerdo. E bueno que despué de tanta sangre que redamaron nuestros viejos ahora se acabe con el problema. Pero mire ciudadano, tengo una gran duda que me etá carcomiendo. Como ustede saben soy jaranero en toa la Cota Chica; dede Acapulco a Ometepé voy cantando por nuestra feria, boda, quinceaño y demá. De eso vivo y gracia a Diosito que me conserva freca la memoria y entonadilla la vo para seguir tumbándola por el rumbo y lográ pa mantené a mi vieja Prisciliana. Quiero decirles que en toa la región ya hay tonadita que me piden y vuelven a pedir y tengo que cantarla varia vece. La má apreciada son la chilenita. Etas levantan a un muerto y le afilan la mirada a un tuerto. Son la sal de la fieta. La má apaludida es la chilenita que habla de nosotro, de Huehuetán y de Juchitán y de su viejo pleito que hoy se está acabando. Eto me preocupa desde el lado musical, porque es lo mío, lo diario. ¿Ahora, yo digo en mi inorancia, qué voy a hacé? Cómo le voy a hacé pa cambiarle la letra al corrido. ¿Qué voy a hacé para decir que ya Juchitán y Huehuetán ya no andan peliando terreno? Ni modo que mienta y ahora tenga que decir lo que no e. Eta e mi preocupación.

-Pos cántale que ahora, entre Juchitán y Huehuetán ya se chingaron la tierra. Que ya no la dejaron a media, ni peliaa -afirmó Frumencio Mújica, mientras las risotadas clausuraban la Asamblea.

Rubén Mújica Vélez fue delegado de la Procuraduría Agraria en varios estados de la República.

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