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mañana Demasiados Fedro Carlos Guillén
Estamos entrenados para pensar causalmente; nuestra herencia científica nos ha orillado a buscar soluciones lineales a problemas complejos y multifactoriales. Quizá una de las relaciones causales más extendidas en el imaginario colectivo es la que correlaciona el aumento poblacional y el deterioro mundial. El pionero de este enfoque fue un clérigo inglés llamado Thomas Malthus, quien trató de demostrar que mientras la población tenía un incremento exponencial, los alimentos crecían aritméticamente. La conclusión era obvia; eventualmente nos quedaríamos sin comida, cosa que por cierto no ocurrió. Las primeras señales del regreso del fantasma malthusiano se presentaron en 1972 con la publicación del Informe del Club de Roma: Los límites del crecimiento, en el que la poderosa agrupación advertía sobre los futuros riesgos del crecimiento poblacional desmedido. Este argumento fue retomado por los países con mayores niveles de desarrollo y permanentemente se ha utilizado como una de las principales causas de los problemas ambientales. Dicha percepción se ha reforzado por una fecha crítica; alrededor del 12 de octubre de este año alcanzaremos la cifra de seis mil millones de mortales habitando el planeta. El más reciente reporte del Instituto de Estudios Mundiales ha documentado lo obvio; la mayoría de la gente nace en condiciones de subdesarrollo y ahí se concentra 80% de la población mundial. De hecho, algunos países europeos ya tienen tasas negativas de crecimiento (y, en consecuencia, tendrán un problema de fuerza productiva escalofriante). De acuerdo con este reporte el año pasado nacieron 78 millones de personas en el planeta y se estima que para el 2050 seremos nueve mil 400 millones. Las preguntas saltan como conejos: ¿existe un límite? En ecología existe un concepto llamado capacidad de carga (k) que equivale al número de individuos de una población que puede soportar un sistema sin que ocurra un colapso. ¿La población humana se rige bajo esta regla? La respuesta no lineal es negativa, pues es imposible olvidar que hay un problema asociado de consumo; un niño que nace en Oklahoma toma la misma energía del planeta que siete mexicanos o 30 habitantes de Butan, es decir, es más caro ambientalmente. Si se consumiera menos en el norte podríamos ser más quienes compartiéramos el planeta. Esto de ninguna manera pretende obviar el problema del crecimiento demográfico en zonas de extrema pobreza que se asocia, de forma invariable, a altos índices de marginalidad y muy precarias condiciones de salud. Sin embargo, vale la pena comentarlo porque la tentación del instituto y de los que analizan el informe es cargar las culpas planetarias sobre las altas tasas de crecimiento demográfico. De hecho, se sabe que la cantidad de alimento que se produce diariamente en el mundo satisfaría las necesidades de la población mundial, pero las inequidades distributivas hacen que esta posibilidad se vea tan lejana como un campeonato de liga para el Pachuca. En Estados Unidos, por ejemplo, 55% de sus rubios habitantes está excedido de peso. No es posible saber si hay un número límite y se ve muy lejano el día que se emitan edictos para no procrear más niños. A esta causa abonan paradójicamente los grupos más reaccionarios que utilizan argumentos dignos de mi maestra de catecismo: "Creced y multiplicaos", nos recitaba la inocente, y ello sigue ocurriendo. Tratemos de matizar los argumentos de catástrofe y promovamos una serie de políticas globales que favorezcan una mayor equidad. Esa sería una solución. Fedro Carlos Guillén es biólogo, con doctorado en Ciencias por la UNAM. |
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