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La muerte del gran demonio
Mario Ruiz Massieu nunca fue un héroe

Julián Andrade Jardí

Se murió el gran demonio y su muerte nos remite a la falta de credibilidad de las investigaciones judiciales y a lo que queda por aclarar del homicidio de José Francisco Ruiz Massieu.

La carta póstuma de Mario Ruiz Massieu tendrá, sin duda, implicaciones en el futuro y no tanto por las denuncias que hace -las que en todo caso son bastante inverosímiles- sino porque nos remite a una persecución en contra de su familia que tiene muy poco que ver con la justicia.

Mario nunca fue un héroe. Así lo señalaron algunos analistas -muy pocos- cuando el ex subprocurador se convirtió, por poco tiempo, en un símbolo de la sociedad civil. Renunció a la PGR y denunció a altos cuadros del priismo por "bloquear la investigación del crimen de José Francisco" y a otros por participar en el complot. A esas alturas Fernando Rodríguez ya estaba preso y Manuel Muñoz Rocha era buscado por las autoridades después de pedir licencia en la Cámara, en un procedimiento que no dejó de causar escándalos y resquemores.

María Eugenia Ramírez Arauz, esposa de Rodríguez, denunció en ese entonces que en las instalaciones de la PGR la sometieron a maltratos y tortura, por lo que años después se giraría una orden de aprehensión contra el propio Mario y en contra de quien se convertiría en su principal acusador: Adrián Carrera, entonces director de la Policía Judicial Federal.

Carrera iría a Texas para contar fechorías de propios y extraños y para lograr, por medio de la delación, beneficios en su condena, una menor, de la que saldrá libre muy pronto, aunque haya aceptado dinero del narco, pues en nuestras nuevas leyes el chivatazo es una destacada categoría moral, sea verdad o mentira lo que se dice en un juzgado. Habrá que recordar que en el esquema de la primera investigación había líneas que iban hacia grupos de narcos y concretamente contra Juan García Abrego.

Para Mario Ruiz Massieu el autor intelectual del crimen era un ex colaborador de su hermano: Abraham Rubio Canales, quien -junto con Manuel Muñoz Rocha- planeó y organizó la ejecución. Sin embargo, las primeras indagatorias no conducirían a un crimen directo del narcotráfico. El Informe sobre la primera etapa de las investigaciones y resultados, de noviembre de 1994, señala:

"De los presuntos involucrados en el asesinato (...) únicamente Abraham Rubio Canales, quien se encontraba purgando una condena por fraude en el Cereso de Acapulco, Guerrero, al ser realizado el atentado, tiene relación con narcotraficantes, ya que es consuegro de Raúl Valladares del Angel, lugarteniente de Juan García Abrego."

Y afirmaba: "Resulta poco probable que los narcotraficantes planearan y llevaran a cabo el asesinato de un destacado político, como represalia o mensaje de advertencia, debido a que la única respuesta posible por parte del estado mexicano, sería una enérgica acción en su contra".

La PGR informaba a la opinión pública que el crimen, entonces, era una combinación de móviles políticos con la participación de narcotraficantes, como origen de la conspiración para asesinar a José Francisco Ruiz Massieu. Vendrían los demonios, la denuncia y la historia se complicaría hasta la opereta que todos conocemos, con calacas y brujas de por medio.

No sé qué pasó con la primera investigación del crimen ni si ésta se deshechó de manera rigurosa. La mala fortuna de los fiscales no nos da muchas esperanzas al respecto y las primeras indagatorias también estuvieron plagadas de irregularidades; sus hipótesis, sin embargo, nunca fueron evaluadas o no se informó a la opinión pública de ello.

Por ejemplo, aquella en la cual insistía indagar sobre la participación de Guillermo González Calderoni, testigo protegido por la DEA, después de una reunión en Las Vegas con Manuel Muñoz Rocha.

Siempre me pareció endeble la hipótesis que llevaría a la fama y a la desgracia a Pablo Chapa Bezanilla. Soy de los que creen que el crimen no está resuelto y que la posibilidad de que los asesinos estén libres es una variable perturbadora para nuestro futuro.

Mario Ruiz Massieu es la pieza que no encaja, el personaje que enturbia la investigación de los últimos años, porque nunca aceptó haber desviado la investigación del crimen de su hermano. ¿Por qué tendría que proteger a un Salinas si tenía un futuro asegurado en el PRD o en el PAN? Nadie lo ha contestado. También quedan ahí los millones de dólares, el dinero nunca explicado y los depósitos que hacía el señor Stergios.

Mario decidió quitarse la vida y ahora vendrá la avalancha oficial para condenarlo. Es más, en la PGR están indignados por semejante afrenta. Lo anterior no es sino el reflejo de un sistema político que no acaba de cambiar, en el que las cuentas entre sus miembros se cobran de manera macabra. Nunca admiré al subprocurador Ruiz Massieu, es más, siempre me dio desconfianza, pero no puedo alegrarme de su muerte ni mucho menos, al fin y al cabo nunca pudo ser derrotado en un juicio y me parece que de eso trata la justicia.

Ruiz Massieu encaró una persecución tremenda y no es verdad que en México contaría con un juicio justo. Queda ahí su carta, con la fuerza tremenda que tienen los mensajes de quien decide quitarse la vida. Quizá sea el colofón de este tiempo oscuro, el que no termina.

Julián Andrade Jardí es subdirector de Información del periódico Crónica.

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