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Leñero y el destino de la imprenta
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tintero Cuarteto latinoamericano
Eve Gil*
Durante el reciente encuentro de jóvenes narradores hispanoamericanos, efectuado en el Claustro de Sor Juana, algunos de los participantes hablaron sobre su problemática generacional, sus inquietudes y sus ambiciones. De entre este caleidoscopio de vetas, intereses y obsesiones, seleccionamos a cuatro de esos escritores, todos ellos con obra publicada en México como principal requisito para que nos hablen sobre los movimientos literarios en sus respectivos países y, de paso, sobre su obra personal. Carlos Cortés (Costa Rica) Nacido en San José en 1962, estudió Periodismo y Comunicación en Costa Rica, España y Francia. Actualmente es jefe de redacción del diario La Nación de su país. A los 23 años publicó su primera novela, Encendiendo un cigarrillo con la punta del otro y fue finalista del premio Jaime Sabines en México. Su más reciente novela, Cruz de olvido (Alfaguara, 1999) aborda una problemática terriblemente actual: el derrumbe de las ideologías. Cortés elige para narrar este drama psicosocial a un ex guerrillero sandinista, cincuentón, que sufre un proceso íntimo que no lo lleva hacia la resignación sino que inflama su belicosidad. Una novela admirablemente construida, impecable, fruto de una pluma experimentada. Me llama la atención que una persona nacida en los 60 aborde con tal verosimilitud una conflictiva de la generación anterior. No es del todo ajeno. Vimos a nuestros profesores desfilando, al estilo Reinaldo Arenas, hacia una utopía política. Algunos de nosotros, incluso, tratamos de incorporarnos a ese desfile, pero finalmente preferí quedarme en la barrera. Cuando todo se cayó y la gente que lo vivió plenamente y entregó todo al altar de la revolución quedó huérfano de esa "madre", me puse a idear un personaje azotado por esa paliza ideológica. Ahí había un profundo drama que la literatura tenía que contar, uno de los grandes temas del siglo XXI. En un momento muy divertido de la novela, haces un listado de la bibliografía básica del personaje del Presidente de la República; citas, entre otros, a Khalil Gibrán, Richard Bach, Dale Carnegie, Og Mandino, Lenin, Che Guevara, etcétera, ¿consideras que la formación de los políticos contemporáneos es una amalgama de manuales de autoayuda y panfletos revolucionarios? Tenía un interés de retratar, a través de esa lista, a la clase política de mi país. Es una especie de retrato de cierto tipo de político latinoamericano, muy alejado del dictador ilustrado o positivista que, no obstante su autoritarismo, tenía cierto proyecto de nación que ya no tenemos. Mi novela no ahonda en el tecnócrata que domina la política latinoamericana de los 90, pero sí en esa especie de hombre que se hace a sí mismo y se para sobre un diccionario de citas, esa clase profundamente inculta y mediocre que vive en un mundo inventado por Og Mandino. ¿Cómo describes el movimiento literario en tu país? A partir del 85 la literatura costarricense se hace contra la superstición de que, como digo al principio de mi novela, "en Costa Rica no pasa nada desde el big bang". Justo entonces, en Barcelona, se publica una novela fundamental para nosotros, María la noche, de Ana Cristina Rossi, quien se forma intelectualmente en Europa. En esta novela mata a la madre, simbólicamente, y cuestiona todas las formas de la pasión amorosa y la relación sexual. No es escandalosa pero de algún modo cambia el curso de esa modesta novela costarricense, tan apabullada por la gran novelística latinoamericana. ¿Cuáles influencias reconoces? Mi vida como lector es más larga y no sé si más intensa que mi vida como escritor. Mi generación hizo su educación sentimental con Cortázar, que iba contra el exotismo clásico latinoamericano. Costa Rica compartió frontera con Colombia, pero me siento más cerca de los argentinos, de Sábato, de Borges, de la novela negra de Río de la Plata. Recientemente me he sentido seducido por el chileno Roberto Bolaño. ¿Qué escribes actualmente? Voy a la mitad de una novela que empecé alrededor de 1989 en París y he rehecho varias veces. Se llama Tanda de cuatro con Laura y es una historia de amor entre fantasmas que ocurre en un cine. Edmundo Paz Soldán (Bolivia) Ganador del prestigiado Premio de Cuento Juan Rulfo 1997, nació en 1967 en Cochabamba, Bolivia. Doctor en Literatura Hispanoamericana por la Universidad de Berkeley, ha publicado, entre otros, la novela Días de papel (1992) y el libro de cuentos Amores imperfectos (Alfaguara). Río fugitivo, publicada también bajo el sello Alfaguara, tiene por protagonista a Roby, un adolescente que plagia famosas tramas policiacas para divertir a sus amigos y descubre así su vocación literaria. La novela es entretenida y expone, además, el proceso de escritura de una novela policiaca. Retratas admirablemente a tu propia generación. Tu personaje Roby sueña con ser escritor, como sin duda lo soñabas tú a esa edad, ¿cómo nació esa inquietud en un país tan poco atento a la literatura? Nació a pesar de mí mismo, aunque primero adquirí una gran vocación como lector. Mi personaje es algo autobiográfico, también entre los 13 y 15 años me sentía absolutamente fascinado por las novelas policiacas y transmití esa fascinación a mis amigos. Me dedicaba a plagiar historias, a resumirlas. Transformaba una novela de Agatha Christie de 250 cuartillas en un cuentito de 20, donde además bolivianizaba la trama. Mi detective se llamaba Mario Martínez, como el de la novela, y como mis amigos no leían, pude mantener el engaño por cuatro o cinco años, sin darme cuenta que me estaba ejercitando. En Río fugitivo intercalas con la narración instrucciones para elaborar una novela policiaca... Con los años uno va adquiriendo experiencia para escribir, aunque cada novela viene con su propia carga de problemas y desafíos a plantearse. A los 22 años escribí mi primera novela, Días de papel, y la pude escribir gracias a que era un gran ignorante. Conforme vas conociendo el mundo, vas matizando tu visión, aunque eso puede ser contraproducente, te vuelves menos arriesgado. ¿Cómo se manifiesta la literatura en Bolivia? Allá se vive un periodo de transición desde el 87, cuando aparece una novela que rompe ciertos cánones, ese compromiso excesivo con lo social y lo político donde era muy difícil declarar que se estaba comprometido únicamente con la literatura. Esa novela es Jonás y la ballena rosada, de Wolfango Montes, cuya adaptación cinematográfica ganó un importante concurso en México. Es una novela irreverente, desparpajada, cuando la literatura boliviana siempre ha pecado de solemne. ¿Cuáles son tus influencias? Procuro influenciarme para cada libro, es algo curioso. Por ejemplo: para Río fugitivo tuve como modelo al Vargas Llosa de La ciudad y los perros, y es que el adolescente es un personaje algo olvidado en la literatura latinoamericana, y la realidad es muy cercana a la boliviana. Por otro lado, me interesaba el trabajo de Javier Marías con la digresión, particularmente dos novelas fundamentales: Corazón tan blanco y Mañana en la batalla piensa en mí. ¿Qué escribes ahora? Acabo de concluir una novela corta titulada Sueños digitales, super contemporánea historia acerca de un diseñador gráfico que se especializa en alterar fotos digitalmente y es contratado por el gobierno para borrar evidencias contra el Presidente. Enrique Serrano (Colombia) Oriundo de Barrancabermeja (1963), a los 20 años abandonó sus estudios de ingeniería civil para, inspirado por Maqroll el Gaviero, navegar durante tres años como marinero de buques mercantes. Volvió a la universidad donde se tituló en Filosofía y Comunicación Social. Realizó una maestría en Relaciones Internacionales en el Centro de Estudios de Asia y Africa en El Colegio de México. Con su bellísimo texto "El día de la partida", incluido en su libro de cuentos históricos La marca de España (Planeta, 1999) ganó el Premio Internacional Juan Rulfo en 1996. En tu libro abordas épocas diversas, algunas de ellas paradójicas, muy distantes entre sí, ¿cómo lograste documentarte tan nutridamente? Mi pasión por la historia viene de la infancia y he leído muchísimo. En los últimos años me he interesado muy especialmente por la historia de España, ¿A qué atribuyes que tu cuento ganador del Premio Juan Rulfo fuera ignorado en un concurso distrital? En mi país hay una obsesión por el retrato de la realidad política y social. Lo que no sea del presente suena como raro, a exotismo, a erudición. La impresión que causó allá es la de alguien que habla sobre cosas raras, distantes. Algunos, como Fernando Vallejo, se van hacia los márgenes más brutales de la realidad, de la nota roja. A mí eso no sólo me harta: me hiere. ¿Pudiera decirse, entonces, que estás más emparentado con el realismo mágico? La verdad es que leí a García Márquez y al resto de los colombianos de manera tardía, pero cuando lo conocí me pareció un gran escritor, aunque de ninguna manera me sentí determinado por él. Me siento más cercano a Alvaro Mutis, cuya prosa es más refinada y occidentalizada. ¿Cuáles son tus influencias? Me siento en deuda con la novela histórica inglesa (Graves, Renault), con Amin Maluf, un extraordinario escritor libanés, con los alemanes (Herman Hesse, Stephen Zweig y Thomas Mann), pero un novelista decisivo para mí ha sido Mario Vargas Llosa, el más entregado, profundo, sincero y apasionado. ¿Qué escribes ahora? Preparo otro libro de cuentos históricos, De parte de Dios, que son sobre místicos. Mario González Suárez (México) Nació en la ciudad de México en 1964. Se le ha concedido en dos oportunidades la beca del Centro Mexicano de Escritores. Su extraordinaria novela, De la infancia (Tusquets, 1998) que pronto será llevada al cine, aborda la vida azarosa de un delincuente, vista desde la inocencia. Recién se ha publicado el volumen de cuentos El libro de las pasiones, también en Tusquets, que mereció el premio Gilberto Owen 1997. ¿Cuáles son los temas o inquietudes que mueven tu literatura? En De la infancia contaba una historia de fantasmas, pero en El libro de las pasiones hablo sobre gente arrastrada por, como señala el título, sus pasiones. En cada una de esas pasiones se construye el mundo que va moldeando a cada uno de los personajes. Creo que mis tres temas básicos serían: lo sobrenatural, lo esotérico y la pasión carnal. ¿Te reconoces influenciado por la televisión? Sí, aunque no todos los escritores de mi generación crecieron en una casa como la mía, donde nos encargaban con la televisión. He oído de algunos que se criaron en una casa con biblioteca, cuyos padres fueron universitarios o incluso escritores. Los efectos de la televisión sobre mí fueron totalmente distintos a lo que promueven los psicólogos, ya que la televisión me llevó hacia los libros. En los libros buscaba lo que veía en la tv. ¿Cómo ves el movimiento literario de los escritores de tu generación? Hay muchos escritores, muchos buenos escritores, pero se distraen en la búsqueda de premios, de becas, de beneficios. Por otro lado, se batalla mucho para publicar porque a la mayoría de los editores sólo les interesa los títulos que vendan rápidamente, lo ven como mercancía. Además, está la preocupación íntima de cada escritor, que se van forjando por azar, el milagro, o la generosidad de otros. ¿Qué influencias reconoces? Lezama Lima y Leopoldo Lugones; Francisco Tario, Salvador Elizondo, Pedro Miret, Daniel Sada, etcétera. ¿Qué escribes en este momento? Estoy rehaciendo una novela que perdí y que es la continuación de De la infancia. |
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