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Triunfo de la presunción, la persecución y el olvido

Lino Contreras

El Baudelaire llevaba dos operaciones y cuarenta y ocho horas en cuidados intensivos. Le habían sacado tres de las cuatro balas. Una de ellas entró y salió por un hombro sin tocarle ningún nervio importante.

Echamos a la suerte quién iría a visitarlo y gané yo. Camino al hospital iba pensando que el Baudelaire tenía arranques muy fuertes en el momento menos pensado, y que a pesar de ello hacía críticas certeras, mucho mejor que cualquiera de nosotros. Era muy paciente para explicar por qué un adjetivo no estaba en el lugar adecuado, y muy agudo para develar el sentido oculto de una metáfora o la debilidad de los personajes de un cuento. Pero además poseía una mente estratégica. De entre las muchas ideas que tuvo para el robo destacó la fecha. Su vanidad volaba muy alto y quería abrir el año con el primer asalto bancario. "El 2 de enero", nos dijo, "para que los profesionales se mueran de rabia". Y a nosotros nos pareció bien, sobre todo por aquello de que los profesionales se murieran de rabia. Era cosa de imaginarse, los grandes asaltabancos sorprendidos por una parvada de muchachos poetas. Bueno, y un narrador, o sea yo, el Bukowski.

Preparamos todo con antelación y gran cuidado: los mapas del banco, los simulacros, las armas, el manifiesto que dejaríamos. En la primera parte de las sesiones nuestro interés estaba centrado en la prosopopeya, la metonimia, la sinécdoque y otros recursos retóricos; en la otra parte nuestra candidez literaria mudaba ropas por la sistemática frialdad de un comando guerrillero. Tanto en la sesión literaria en la biblioteca de los papás del Byron -la servidumbre sirviéndonos té y galletitas-, como en la otra sesión al fondo del jardín de la enorme casa, Baudelaire brillaba como un sol nocturno: frío pero abrigador, esperanza oculta, el ingenio soterrado. Eso le venía de familia más que de sus estudios de derecho en la universidad. El Byron era el segundo violín, tenía un ojo excelente para prever el último detalle y gozaba siendo la razón emergente. Era flautista en una familia de músicos. Blake, en cambio, gustaba de la acción pronta y precisa, desentrañando las complicaciones técnicas de cada futura ejecución, era el condimento práctico de la cofradía. Estudiaba ingeniería. A mí, Bukowski, me había sido concedida la conciencia de los hechos, la dificultosa tarea de construir e historiar la trama. Bajo mi pluma, las minutas de cada reunión florecían en un plan maestro. Formalmente estudiaba filosofía. Mi prosa y los versos de ellos acusaban la personalidad de cada cual. Nunca publicamos nada.

Nos gustaba aquello por la conjunción exacta de poesía y transgresión armada, por la vena estética en el proyecto de expoliación al capital y el rigor de la literatura en hermandad con la belleza de la anarquía. Iríamos a la acción con el rostro descubierto, altivos y petulantes, sin parpadear y prontos a sorprender como un soneto bien fabricado. Fríos como la muerte.

La noche de año nuevo, antes de ir a los compromisos domésticos, brindamos los cuatro con la exaltación de un comando a punto de saltar al vacío. En nuestras casas nos esperaban antes de las diez para cumplir con el rito del eterno retorno. En la reflexión general del proyecto parecía contradictorio nuestro sometimiento a la vergonzante disciplina familiar: los parabienes de año nuevo, los abrazos y la cena. Pero no, hasta eso era parte de la estrategia para mantener la imagen de los muchachos buenos y locos que leían todo el día y discutían imposibles asuntos de lenguaje. De lo otro nadie sabía nada.

Ese 31 de diciembre dije que quería leerles un cuento de Rubem Fonseca, "Feliz año nuevo". Todos escucharon atentos, y yo me esmeré para dar la entonación adecuada.

-La situación es muy similar -dije al terminar de leer.

-Sólo que nosotros no somos brasileños marginados que buscan un lugar en el mundo -dijo tajante el Baudelaire.

-Bueno, no somos brasileños pero sí buscamos un lugar -dijo convencido el Blake-, nadie puede decir que no lo busca.

Hubo un pequeño silencio. Cada quien hurgó dentro de sí para ver si tenía claro el lugar que quería.

-Esto es distinto -dijo el Baudelaire con toda la jerarquía que le habíamos otorgado desde hacía mucho-. Además nuestro lugar es un hecho de estética, no un asunto de hambre.

-De acuerdo, pero nada nos garantiza que el hecho estético vaya a ser, a dar el resultado esperado, porque nuestra transgresión puede en un momento dado... -sentí que empezaba a argumentar confusamente y callé enseguida. Los demás me vieron, se miraron y todos entendimos que ya no era necesario hablar más. El coche estaba listo para arrancar y sólo quedaba apretar el acelerador. Nuestra meta: el 2 de enero. Se hizo un silencio más largo. El Blake tomó la botella, la descorchó y escanció el vino en las copas. Brindamos. Antes de salir, el Baudelaire nos dijo:

-Ya no hay tiempo para otra cosa. Si ese día alguien no está donde debe, es hombre muerto.

Lo dijo con una frialdad que a mí, lejana y todo, me pareció un poco actuada. Lo que sí creo es que no pensó que él mismo pudiera estar muerto ese día.

Por la noche de ese 31 de diciembre bebí en familia como nunca lo había hecho, incluso la borrachera me valió reprimendas de algunas tías, pero también la complicidad soterrada de mi primo Julio, etílico por naturaleza. Dormí todo el 1 de enero.

Ahora debo contar la persecución y el olvido.

El asalto fracasó, entre otras cosas, debido a que no previmos la cantidad de policías y porque nos apendejamos con tanta gente en el banco. Nomás entramos, sacamos las armas, el Blake gritó "esto es un asalto" y se desencadenó tal desorden en el lugar que los gritos, los empujones, y hasta el llanto de unos niños y nuestra desubicación impidieron que nos percatáramos de la llegada de la policía. Después de algunos disparos erráticos de ambas partes al Baudelaire le metieron cuatro tiros sin matarlo. Los demás nos aterramos y huimos incólumes al departamento vacío de una hermana del Blake. Desde allí leímos las noticias y supimos del estado de nuestro comandante en jefe. Luego decidimos echar a la suerte quién iba a verlo al hospital. Me tocó a mí. Sabía que iba directo a que me apresaran; pero mi sorpresa fue grande porque el papá del Byron ya había tomado cartas en el asunto. Un bufete de abogados, financiado por nuestros padres, peleó que el asalto había sido sólo intento, no había daños a propiedad ni a gente, y el proceso duró menos de lo que nos imaginamos. Con ayuda de las familias de los cuatro -cuantiosos gastos- el asunto resultó sin mayores consecuencias. Milagrosamente el Baudelaire no murió, pero tardó en sanar. "Su juventud lo salvó", dijo el médico que lo atendía.

De ahí en adelante las cosas cambiaron. Nos pusieron marcaje personal hasta que terminamos muy cumpliditos nuestra carrera. Luego cada quien se dedicó a lo suyo, encontramos trabajo y seguimos nuestra vida.

Nunca volví a saber nada de ellos hasta que hace unos meses vi en el periódico que el licenciado Carlos Alberto Jiménez del Río era el nuevo procurador de Justicia. Pensé, desde el escritorio donde corrijo pruebas de imprenta, que el mundo es así, absorbente, traidor y mañoso. Traté de buscar a los otros y me enteré que el Byron vivía desde hacía ocho años en Austria, casado con una pianista alemana. El Blake había muerto en Salina Cruz en un incendio mientras supervisaba la construcción de una almacenadora de gas. No tenía hijos, no se había casado.

El club de las cuatro bes tuvo una vida fugaz, que concluyó con un pírrico asalto y un giro en la vida de sus miembros. El licenciado Carlos Alberto Jiménez del Río, procurador de Justicia, es mi antiguo amigo, el Baudelaire, cerebro y guía de lo insondable. Yo soy el Bukowski, corrector de estilo. Por mi escritorio circulan todo tipo de trabajos editoriales, y de mi pluma de tinta roja florecen las mejores correcciones a libros que no me interesan.

Mientras veo la foto gris del Baudelaire, con saco, corbata y una amplia sonrisa de satisfacción, mantengo viva la certeza de que el olvido nos seguirá ganando.

Lino Contreras estudió Letras Hispánicas en la UNAM.

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