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Sabor a noche Ciro Murayama
Para el amigo Adolfo, por alegrías Lo nuestro duró,/ lo que duran dos peces de hielo/ en un güisky on the rocks/ en vez de fingir,/ o estrellarme una copa de celos,/ le dio por reír... Con esta frase Joaquín Sabina abre el tema que bautiza a su nuevo disco 19 días y 500 noches, en el que, acudiendo al talento que siempre ha impreso a sus letras, también prefigura una nueva etapa en el uso de su voz: canta, pero más que cantar narra las historias con un tono grave, de sabor a noche y a años tras el micrófono y delante de la barra, que recuerda a Tom Waits. Eso sí, los géneros musicales a los que Sabina recurre siguen siendo variados y reflejan sus afectos por Argentina, por Buenos Aires y el Boca Juniors, así como por México. Al tocar nuestro país, se decanta, cómo no, por una ranchera en la que Chavela Vargas, además de hacer los coros, realiza una introducción donde cuenta cómo anda Joaquín por el Tenampa: que los otoños te doren la piel/ que cada noche sea noche de bodas/ que no se ponga la luna de miel... Entre el tema inicial, rebosante de gozo por el amor en periodo de dilatación (Ahora que está tan lejos el olvido/ ahora que me perfumo cada día/ ahora que, sin saber, hemos sabido/ querernos como es debido/ sin querernos todavía), y la canción mexicana que cierra el disco hay un tren de amplio recorrido con otras once estaciones obligadas que hablan de Madrid y su Rayo Vallecano, de los clubs de putas de las carreteras, de un detective que por un mismo precio traiciona dos veces, del abandono y su boleto directo a la soledad. Después de Enemigos íntimos, el disco que concibió con Fito Páez y no llegó a ser presentado en gira, Sabina ha vuelto pronto con su nuevo material a alimentar los radios del verano. Noctámbulo por obligación, 19 días y 500 noches está hecho del mismo corte que su autor, al que uno, por casualidad, se encuentra en un cruce en la calle Huertas, a la salida de los cines Princesa o aventándose un "palomazo" en el bar de Libertad 8: siempre de noche, bien acompañado, pasando de todo pero registrando los detalles que enriquecen sus letras con las observaciones más variopintas. Así, en "Como te digo un `co` te digo la `o`", recrea, a ritmo de rap, el diálogo entre dos marujas en la playa de Benidorm que, entre otros chismes, recortan a las amistades, pintan raya frente a religiones y "razonan" su voto electoral (y habrá quien le vote/ que hay gente pa tó/ ¡España va bien!/ será para él). Haciendo juego otra vez con los números, Joaquín Sabina se aventura en "A mis cuarenta y diez", a sus cincuenta años, a pensar en el final, en lo que dejará de herencia: Para que mis allegados, condenados/ a un ingrato futuro/ no sufran lo que he sufrido, he decidido/ no dejarles ni un duro, e incluso aquí se muestra vital, con ganas de seguir al pie del cañón, diciendo esta boca es mía: Pero sin prisas, que a las misas/ de réquiem, nunca fui aficionado/ que, el traje de madera, que estrenaré/ no está siquiera plantado/ que, el cura que me dará la extremaunción/ no es todavía monaguillo... Y eso, para los aficionados a la música de Sabina, sigue siendo una noticia que vale la pena. Abriendo este disco y si se quiere dar un tema por cerrado, puede no ir mal mecerse con el: para no asediarla con mi antología/ de sabanas frías y alcobas vacías/ para no comprarla con bisutería/ ni ser el fantoche, que va en romería/ con la cofradía del Santo reproche/ tanto la quería/ que tardé en aprender a olvidarla/ 19 días y 500 noches. En fin, mucho Sabina y Sabina para rato. Ciro Murayama es economista por la UNAM. Realiza estudios de postgrado en la Universidad Autónoma de Madrid. |
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