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ensayo

Qué es combatir a la pobreza
Débil compromiso de la sociedad

Adolfo Sánchez Rebolledo

Aunque en nuestros días abundan los programas para "combatir la pobreza", como si realmente las sociedades estuvieran dispuestas a librar una guerra para terminar con la partición de la humanidad entre pobres y ricos, es previsible -dice Adolfo Sánchez Rebolledo- que al menos algunos de los planteamientos en ese sentido sean una colección de buenos deseos convertidos en ideología.

Lamentablemente, señala el autor de este ensayo, la pobreza aumenta en México y en el mundo, y no tendremos éxito en este capítulo del desarrollo mientras no se apliquen medidas severas que, efectivamente, redistribuyan el ingreso y sirvan para dar empleo productivo a varios millones de pobres marginales.

1. Nunca como ahora se habían dedicado tantos esfuerzos intelectuales a comprender el fenómeno de la pobreza. La geografía del hambre que sacudió las conciencias al mediar el siglo XX, hoy abarca al planeta entero. La mundialización ha transformado los viejos problemas regionales o comunitarios de las sociedades nacionales en temas de orden universal. La sociedad globalizada es, como decían los clásicos, un espacio desigual y combinado, con zonas de avances deslumbrantes y franjas de mera sobrevivencia.

Estas profundas transformaciones no son, empero, novedades absolutas, pues hunden sus raíces en la propia historia de la modernidad, aunque es en el último medio siglo cuando alcanzan el ritmo de verdadera revolución, en virtud de los acelerados avances en materia científica y tecnológica que han cambiado decisivamente las maneras de vivir, producir y pensar de la humanidad. En rigor, estamos en el cruce de caminos que anuncia el comienzo de una nueva era, cuyos rasgos sustanciales se están configurando aquí y ahora.

No obstante, si -como sugiere Zaqui Laidi1- el cambio mayor que la globalidad introduce, más allá de la economía, radica en el paso de un sistema interestatal hacia un sistema social mundial entonces, sencillamente, aún no hemos visto nada. Podemos suponer, aceptando esa hipótesis, que a consecuencia de la mundialización de las sociedades surgirán formas inéditas de interacción entre la empresa productiva, los individuos y el Estado, sujetas a un orden internacional cuyo sustento acaso será un singular entramado de asociaciones autónomas, comunicadas entre sí fuera de mediaciones institucionales como las que conocemos, capaces de asumir de manera directa y democrática las responsabilidades de los individuos, pero también las decisiones que hoy corresponden exclusivamente a diversos organismos de representación. La sociedad globalizada traería de vuelta finalmente, sobre bases sustentables, la idea del mundo como comunidad, que hoy resulta utópica, aunque ya se vislumbra a través de algunos debates cuyo sujeto es la humanidad como tal, como ocurre con los temas del medio ambiente, que subrayan los valores de la solidaridad y la cooperación sin fronteras. La última palabra la dirá, naturalmente, el propio desarrollo social y la acción de los hombres que seguirán existiendo y sorprendiéndonos.

En este punto vale una advertencia. Aunque las tendencias permitan prefigurar una sociedad idealmente justa, bien puede ocurrir exactamente lo contrario, sobre todo si, a partir de esa realidad potencial, se trunca la aparición de un nuevo orden racional capaz de reflejar el interés general y, por tanto, de sustituir la anarquía oganizada que hoy nos domina. La globalización está lejos de ser la panacea imaginada por cierto pensamiento dogmático no bien se invocan los ideales del libre mercado. Tampoco es la causa universal de todos los problemas sociales, como pretende cierta crítica inconsistente. Antes que ideología o proyecto definido, es un proceso objetivo contradictorio, y como tal plantea problemas originales, desafíos inéditos en la historia y oportunidades que antes no existían, dándoles una dimensión diferente a las necesidades humanas.

Es difícil negar que la interacción creciente de la economía mundial aumenta la polarización dentro y fuera de cada país, "ya sea que hablemos de ingresos, de consumo, o de acceso efectivo a los medios más modernos de comunicaciones y transporte".2 Esta es la conclusión a la que llega la mayoría de los expertos, así saquen conclusiones muy distintas de tal reconocimiento. En cambio, no se pone énfasis suficiente al señalar que la integración, que no es simplemente una relación con el exterior, depende fundamentalmente de la situación de las sociedades particulares. Si sus efectos suelen ser demoledores, ello se debe en gran medida a que muestra la debilidad estructural de cada sociedad. La apertura a los rigores de la competencia abierta es un trauma muy severo, precisamente porque aumenta la inequidad "en las sociedades que previamente eran muy desiguales" (Laidi, loc cit).

No es ninguna novedad señalar las consecuencias negativas que la integración económica tiene sobre las empresas más frágiles, arrastradas por la corriente modernizadora junto con la economía tradicional de la cual depende la cohesión social de millones de seres humanos al borde de la catástrofe vital. Si a ello se añade el desmantelamiento de los apoyos y subsidios estatales que se practica como una receta de política económica en el mundo para abolir la presencia del Estado, se comprenderá mejor la ruptura de los lazos que unen a masas enormes con el universo productivo, quedando sin otra opción de sobrevivencia que la migración, a veces intercontinental, tratando de escapar de las regiones azotadas por las hambrunas o la pobreza extrema que se llevan a cuestas hasta los paraísos laborales que los rechazan.

La internacionalización económica, ciertamente, condiciona el papel de los Estados, reduce su influencia, limitando la soberanía nacional. Pero ésa es una tendencia de largo plazo que no puede servir de coartada para que se deje aquí y ahora al mercado la tarea de satisfacer aquellas necesidades sociales carentes de atractivo económico, mucho menos autoriza a decretar la muerte del Estado que, no obstante la evolución regional o comunitaria, sigue constituyendo una fortaleza en las sociedades más desarrolladas. Así pues, aun en las hipótesis de trabajo menos estólatras, el Estado nacional es el marco para la mayoría de los procesos de desarrollo social, aunque muchos de los problemas tengan una dimensión supranacional. Del mismo modo que la nación -que ya se daba por desaparecida- continuará siendo fuente de identidad de los conglomerados sociales.

En la sociedad globalizada se combinan compulsivamente los procesos que vienen del atraso secular que surjen con la modernización. Esta conjunción propicia una nueva dialéctica entre opulencia y miseria o justicia y desigualdad para las cuales, en efecto, ni los Estados ni las sociedades estaban preparadas.

Cambiar será difícil sin un cambio de actitud. Como ha observado Oskar Lafontaine,3 es urgente desmitificar algunas ideas sobre la globalización, en especial cierto fatalismo que impide comprenderla como fenómeno inacabado, incompleto, capaz de ofrecer oportunidades para un aumento del bienestar y el trabajo de la gente, pero también -y esto es muy importante- de servir como coartada ante la responsabilidad de los gobiernos por sus propios errores internos. Naturalmente que un cambio de actitud no es sencillo pues implica, en primera instancia, abandonar las ideas fijas que han encerrado al pensamiento económico en un callejón sin salida, convirtiéndolo en un nuevo dogmatismo ideológico.

2. Las Naciones Unidas y el Banco Mundial, desde hace años, ensayan una metodología que sirva para clasificar los rasgos esenciales de la pobreza, pero también para diseñar conceptos y políticas que permitan atender con eficacia este antiguo y nuevo mal de la humanidad. A tal preocupación corresponden los diversos planes nacionales que, en conjunto, canalizan importantes recursos materiales, humanos y monetarios, los cuales, de todas maneras, son insuficientes, dada la magnitud gigantesca del problema.

Abundan, pues, los programas para "combatir a la pobreza", como si en verdad la sociedad humana -al filo del año 2000- estuviera dispuesta a librar una guerra consigo para poner punto final a la partición de la humanidad entre ricos y pobres. Mucho me temo que una parte al menos de esos planteamientos que se presentan bajo un ropaje pragmático prima una especie de buenos sentimientos convertidos en ideología.

La verdad, por desgracia, es que la pobreza aumenta en México y en el mundo. Y aunque el problema de la pobreza tiene peso específico -considerable o no es otra cosa- en las políticas públicas, no hay comparación posible entre los recursos mundiales que se destinan a otros asuntos, incluyendo los bélicos, con aquellos que se dedican a paliar, que no resolver, a la pobreza mediante apoyos e intervenciones de última instancia por parte de la comunidad global.

No entro en detalles sobre las posibles salidas ofrecidas por las ciencias sociales a la cuestión, que es de suyo controvertible, pero es un punto de acuerdo entre los especialistas y las instituciones que "la condición necesaria para reducir la pobreza es tener una tasa de crecimiento del PIB, alta, estable, sostenida", como dice Nora Lustig4 refiriéndose al caso mexicano. Lo cual nos lleva de la mano a la política económica y a los fines del Estado. Se requiere, en consecuencia, incrementar el ahorro y la inversión doméstica, así como la productividad general del aparato productivo. Pero los propios especialistas nos dicen que el crecimiento es indispensable aunque "no es suficiente". Son imprescindibles otras reformas concomitantes o complementarias, en particular las relativas a la educación, genuina palanca para el desarrollo sustentable, y la democracia, entendida aquí como "una forma de vida".

Mientras eso ocurre o no, tenemos que encarar una realidad que no admite especulaciones. "En el caso de México -plantea Lustig- llevaría alrededor de 40 años lograr (erradicar la pobreza extrema) a una tasa de crecimiento del producto del 3% anual; al 2%, el número de años aumentaría alrededor de 60 años. En contraste, si se pudieran focalizar los recursos perfectamente sólo se necesitaría transferir 0.5% del PIB para erradicar la pobreza en el presente". Otro investigador, Enrique Provencio, plantea lo siguiente: "En un escenario sin variaciones en la distribución del ingreso y crecimiento económico de 4.3% promedio anual desde 1997 hasta el 2010 (que supone un conjunto de condiciones muy favorables, entre ellas la consolidación de los cambios estructurales, la culminación exitosa de la inserción externa, un crecimiento real de 3% de los salarios y en general un mejor comportamiento del registrado entre 1981 y 1996) la pobreza se reduciría en 10 puntos porcentuales, tanto la extrema como la total",5 lo cual significaría que al menos una tercera parte de la población estaría bajo algún grado de pobreza en el 2010. Como se colige de los argumentos expuestos, es una tarea difícil y muy compleja convertir una propuesta racional y legítima para combatir la pobreza sin definir una política de largo plazo estratégicamente vinculada al desarrollo general de la economía que, por desgracia, no existe.

No obstante, teniendo estas cifras a la vista no es una provocación preguntarse si alguien cree, honestamente, que los pobres de hoy o, mejor, los hijos de los hijos de los pobres de hoy esperarán hasta el año 2040 para alcanzar un nivel de vida por encima de la pobreza extrema. ¿Todos o la mayoría se quedarán cruzados de brazos a que la economía crezca a los ritmos convenientes para salir de pobres? ¿O tratarán de hacerse justicia por su propia mano, como ya ha ocurrido en otros momentos de la historia?

Tengo la impresión de que a los estudios de los expertos -que apenas rozan las causas estructurales de la pobreza- los desborda la dimensión, así como la naturaleza del problema planteado: siempre se quedan cortos en las posibles soluciones o acaban ofreciéndonos una visión idílica del futuro, pues olvidan una circunstancia que nadie debería descuidar: la propia dinámica de la sociedad de la pobreza que tiende a convertirse en un sujeto políticamente activo, gracias entre otras causas a las repercusiones que tiene sobre ella la sociedad globalizada. La dificultad para entender esa dinámica tampoco es casual, si tomamos en cuenta que en las últimas décadas se han desterrado de la política los vestigios de toda ideología sustentada en una propuesta social positiva, como en su momento lo fueron los planteamientos de la revolución mexicana y, más lejos, los principios socialistas.

Sin embargo, hay una grave equivocación en los discursos autocomplacientes que dan por muertos los impulsos de redención de las masas pauperizadas. La historia está llena de previsiones erróneas, de creencias amables y confusiones atroces que se tejen para producir resultados que nadie quería.

Se olvida que el igualitarismo de los pobres visto como un riesgo para el resto de la sociedad aparece como una utopía natural allí donde la desigualdad moderna está acompañada de la polarización más amplia y ofensiva que pueda imaginarse. Contra los horrores cometidos en nombre de la igualdad social no son suficientes los exorcismos ideológicos, por cuanto subsisten agravadas y reelaboradas -si cabe la palabra- en el presente las causas más generales que lo hicieron posible en el pasado y pueden volverlo deseable hoy a los ojos de millones de parias sociales.

El igualitarista pretende alcanzar la igualdad nivelando autoritariamente a la sociedad, según el dictado de un ideal promediado de la justicia, haciendo sospechosa la diversidad y peligrosas las diferencias: es en la homogeneidad -social, religiosa, cultural- donde el radicalismo igualitarista encuentra realizados sus sueños libertarios originales, aunque esos fines éticos y racionales acaben siendo desnaturalizados por los medios dispuestos para alcanzarlos. Nadie quiere, por supuesto, que esa u otra pesadilla peor se repita de alguna manera, pero no hay que engañarse. El estrepitoso fracaso del socialismo estatal estriba, antes que nada, en su incapacidad de superar por otra vía el doble desafío que la modernidad con todas sus luces tampoco ha resuelto en este siglo, dejándolo como herencia al milenio venidero: lograr que la equidad entre los hombres sea el fruto final del desarrollo social en libertad.

El discurso catastrofista que sólo ve en la pobreza violencia potencial, como si este binomio estuviera atado a una relación directa de causa-efecto, seguramente carece de un piso firme, pero en una época de grandes cambios en todos los órdenes de la vida humana, cuando nada -ni las ideas ni los bienes materiales- quedan en pie por mucho tiempo y las sociedades son sometidas a fuerzas centrífugas imprevisibles, la permanencia o, mejor dicho, la reproducción de la pobreza, que en el pasado pudo ser la condición de estabilidad pasiva, es el más poderoso elemento de inseguridad e incertidumbre capaz de minar las bases de la convivencia democrática. Y esa es, justamente, la fuente más segura de la violencia política cualesquiera que sean sus fines declarados.

Más de uno pensará, sin embargo, que el futuro más deseable es el que hoy prefigura el dualismo, pero llevado hasta el infinito, procurando, si acaso, cierta humanización de la pobreza, que seguirá siendo una variable más de la economía que la sociedad debe aprender a controlar para convivir con ella. Pero esa ilusión pesimista, tan vieja como la civilización, se sustenta en la antigua creencia de que las raíces de la desigualdad son, finalmente, sagradas e inmutables.

No es posible ignorar que en nuestras individualistas sociedades modernas, el individuo pobre se considera un "perdedor", carente de todo futuro o dignidad, aunque en la tradición católica la pobreza inspire respeto, veneración, como sustento de la caridad. Bien ha dicho Groethuysen6 que la limosna es el impuesto espiritual que los ricos deben pagar para entrar al cielo, sin cambiar el orden divino de las cosas, es decir, sin dejar de ser cada uno lo que es. Pero, ¿cuál es el lugar del individuo pobre en una sociedad moderna que decreta la igualdad de los ciudadanos ante la ley?

Un compromiso semejante ya no cabe en el mundo secularizado de hoy, que reconoce como desiderátum la opción opuesta, es decir, la que admite positivamente la imposibilidad absoluta de erigir una sociedad próspera y democrática mientras persistan la pobreza y la miseria de millones de seres humanos, por más que algunos expertos la consideren como el mal necesario que acompaña fatalmente el quehacer humano sin más remedio que los paliativos, dejando que el tiempo y el mercado hagan su trabajo nivelador, como dicen que ocurrió en la historia con las sociedades más avanzadas.

Pero eso no es viable en una sociedad democrática moderna. La pobreza se convierte en algo puramente negativo que trasciende a la ética y la religiosidad, pues representa un cuestionamiento constante sobre la viabilidad de la nación que, por serlo, requiere de respuestas de la sociedad en su conjunto: no sólo del Estado o de los grupos civiles, de la filantropía o de las organizaciones comunitarias de los pobres sino de todos los ciudadanos sin excepción.

La situación de miseria en la que viven grupos enteros de mexicanos es, o más bien debiera ser, un asunto de interés nacional al que nadie puede evadir conscientemente. Pero no es así, por desgracia. Hemos llegado a un punto en el cual requerimos responder otra vez a la pregunta inicial de si es posible o no erradicar la pobreza, sin comprometer la libertad o la riqueza que ya está creada, como temen algunos.

Si los recursos disponibles son escasos, y su uso tiene límites insorteables marcados objetivamente por distintas restricciones, como ha planteado Rolando Cordera,7 el tratamiento técnico que es indispensable bajo cualquier hipótesis metodológica debiera estar precedido racionalmente por una cuestión previa: ¿qué clase de esfuerzo está dispuesta a realizar para disminuir la pobreza o, dicho de otra manera, a qué sacrificios debe someterse la sociedad y qué pacto, acuerdo o compromiso nacional es necesario a fin de superar las contingencias de la cotidianidad política en este grave asunto?

En tanto sabemos la respuesta, una cosa es segura: no tendremos éxito en este y otros capítulos del desarrollo mientras no se considere la conveniencia de aplicar severas medidas que, efectivamente, redistribuyan el ingreso y sirvan para darle empleo productivo a varios millones de pobres marginales.

Lamentablemente, estas preguntas que podrían ser el fundamento de una estrategia de recomposición nacional, merecen pocos espacios en el juego político que ha terminado por neutralizar, por inocuas, las alusiones rituales a la pobreza.

Notas

1 En entrevista grabada para el programa nexos de televisión.

2 Mauricio de Maria y Campos, en ponencia presentada en el seminario Agenda 2000, México DF, 1999.

3 Oskar Lafontaine y Christa Müller, No hay que temer a la globalización, Madrid, Biblioteca Nueva, 1998.

4 Nora Lustig, "Erradicar la pobreza: un gran desafío", ponencia presentada en el seminario La superación de la pobreza: diálogos nacionales, México, 1999.

5 Enrique Provencio, "Un acuerdo en lo fundamental para la cuestión social", ponencia presentada en el seminario Un acuerdo en lo fundamental, organizado por el Instituto de Estudios de la Transición Democrática, México, 21 y 22 de mayo, 1999.

6 Bernhard Groethuysen, La formación de la conciencia burguesa, México, FCE, 1943.

7 Rolando Cordera Campos, "La economía y los acuerdos en lo fundamental", ponencia presentada en el seminario Un acuerdo en lo fundamental, México, 21 y 22 de mayo, 1999.

Adolfo Sánchez Rebolledo es representante del Partido Democracia Social ante el IFE y articulista de La Jornada.

Esta es una versión del texto leído por el autor en el seminario organizado por el Fondo de Cultura Económica sobre la Globalización y las opciones nacionales.

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