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Cómo entiendo al PAN Ayer y mañana La otra mexicanidad
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El avance blanquiazul Rodolfo Soriano Núñez
Una somera revisión de la estadística electoral del Partido Acción Nacional deja ver una clara tendencia, favorable en lo general, marcada por algunos retrocesos y estancamientos, pero que vista a la distancia resulta más constante que la de los distintos partidos de la izquierda mexicana, al tiempo que corre de manera casi inversamente proporcional a la caída del voto por el Partido Revolucionario Institucional. Vistos como datos agregados a escala nacional, los números del PAN presentan una crecida constante (ver cuadro 1) que lo ha llevado a triplicar la proporción de sus votos en el periodo considerado. Eso no es nada despreciable cuando se consideran las condiciones como debió competir durante la vigencia del sistema de partido hegemónico. Los datos de las elecciones para diputados presentan un comportamiento similar (cuadro 2), si bien afectado por la sobrerrepresentación con que se favoreció el PRI, tendencia ligeramente corregida por las sucesivas reformas electorales iniciadas en 1963 por la administración de López Mateos. El PAN ha sido beneficiario del proceso de desagregación del sistema de partido hegemónico. Ello le ha permitido convertirse en un jugador clave de la escena legislativa mexicana, a tal grado que muchos de los acuerdos logrados durante los seis años de la administración de Salinas de Gortari y los primeros tres de la administración de Zedillo se explican gracias al concurso del PAN y sus votos en las cámaras. Igualmente, muchos de los problemas que ahora pueden observarse en el desempeño general del Poder Legislativo federal obedecen al hecho de que PAN y PRI no han logrado construir los consensos necesarios para aprobar legislación en esa instancia. Esta situación permite observar uno de los aspectos más interesantes para el análisis presente y futuro del desempeño político del PAN, asunto que no es posible revisar con el cuidado que sería necesario ahora, pero que está en el corazón mismo del proceso de cambio de régimen que vive el país. Otro de los terrenos en donde es posible analizar la evolución del voto panista es el del número de gubernaturas en posesión de ese partido. En este sentido es importante observar que en 1998 alcanzó un máximo de siete entidades federales en manos de gobernadores panistas, cifra que, sin embargo, debió ajustarse luego de la derrota que sufrió en la elección de Chihuahua de 1998. Esta situación lleva frecuentemente a las oficinas de prensa y propaganda del PAN a hacer ejercicios que se quedan en esos ámbitos, de propaganda, a propósito de la cantidad de mexicanos gobernados por un panista, en la medida que, al hacerlos, desconocen el hecho que ni los gobiernan solos (pues hay un Presidente de la República del PRI y presidentes municipales de otros partidos) ni el hecho que los gobiernen implica que todos los gobernados hubieran votado por ese partido y sus candidatos. Más allá de este hecho es claro que el PAN ha logrado expandir su presencia, que ahora cuenta con personal que, de una u otra manera, se ha visto obligado a ejercer la función de gobierno y ello mismo los ha colocado en situaciones -por decir lo menos- incómodas como la de Chihuahua, donde luego de seis años de gobierno de Francisco Barrio el candidato del PAN a la gubernatura fue derrotado por Patricio Martínez del PRI. La dimensión en la que es más claro, más evidente, el cambio que ha vivido el sistema político, el régimen de partidos y el propio Partido Acción Nacional es el de los gobiernos municipales. Así, del triunfo de Manuel Torres Serranía en el municipio de Quiroga, Michoacán, y el de Jerónimo Cortés en Llano Hondo, Oaxaca, el PAN ha pasado a gobernar 18 de los 20 municipios más importantes del país: Guadalajara y Zapopan, en la zona metropolitana de Guadalajara; Monterrey y Guadalupe, en la zona metropolitana de Monterrey; León, Juárez, Tijuana, Naucalpan, Tlalnepantla, Mexicali, Mérida, San Luis Potosí y Aguascalientes, sólo por citar algunos de los más importantes entre los 305 que gobernaba en 1998.1 Además, es importante destacar el hecho que un buen número de capitales estatales del país sean gobernadas por presidentes municipales del PAN. Esas capitales eran en 1998: Aguascalientes, Mexicali, Tuxtla Gutiérrez, Saltillo, Guadalajara, Morelia, Cuernavaca, Monterrey, Oaxaca, Puebla, Querétaro, San Luis Potosí, Culiacán, Hermosillo y Mérida. Estos triunfos en el terreno urbano le han permitido al PAN construir mucho de su mercado y oferta electoral en las ciudades que se convierten, incluso en los casos de sus peores desempeños, en importantes reservas de votos de este partido que, sin embargo, enfrentan de vez en cuando situaciones límite como la que recientemente vivió el PAN en el Estado de México. Ahí, el ascendente sobre los sectores urbanos del corredor que forman los municipios de Naucalpan, Tlalnepantla, Atizapán, Cuautitlán de Romero Rubio y Cuautitlán-Izcalli no fue suficiente para remontar la influencia del PRD en la parte oriente de la Zona Metropolitana de la ciudad de México, por una parte, y el control que aún ejerce el PRI de importantes sectores urbanos populares en el norte de la misma ZMCM (el municipio de Ecatepec) y, sobre todo, en las regiones rurales de esa entidad. Es cierto, como contraargumentos de la evidencia expuesta hasta ahora están los casos de algunas comunidades yucatecas notoriamente leales al PAN, así como la presencia -más inestable- de electores panistas en regiones rurales de Oaxaca y otras entidades del centro del país, además -de manera muy notable- el errático desempeño del PAN en el DF en algunas de las más recientes elecciones. No sólo eso, en el caso de Juárez, Tijuana, Monterrey, Guadalupe, Guadalajara y Zapopan se trata de triunfos reiterados, es decir, de municipios en donde el PAN ha logrado refrendar en las urnas sus éxitos. Este hecho -más allá de ejercicios igualmente engañosos sobre el número de mexicanos gobernados por presidentes municipales del PAN- coloca a ese partido en una situación cualitativamente distinta de cualquiera que históricamente le hubiera tocado vivir. Es interesante advertir, en este sentido, que la realidad política ha terminado por alcanzar al PAN, pues del máximo histórico de 305 municipios encabezados por alcaldes de ese partido en 1998, para 1999 eran sólo 287,2 cifra que sigue siendo importante en el contexto nacional, especialmente por tratarse de algunos de los municipios más poblados o mejor dotados de recursos de todo el país. El hecho de que 18 municipios que el PAN gobernaba hasta 1998 hayan optado en 1999 por cambiar de partido deja varias lecciones. La primera es que México, a despecho de las críticas que el propio PAN lanza de vez en cuando,3 vive un régimen democrático que le permitió alcanzar ese máximo de 305, pero que también facilita a otros partidos (incluido el PRI) ganar o recuperar esos espacios de gobierno. Es una situación en la cual -más allá de los argumentos a propósito de la perversidad del PRI o de las muchas conspiraciones que algunos militantes del PAN gustan de encontrar a izquierda y derecha, como excusa para su desempeño- los coloca con la responsabilidad de conducir, por ejemplo, buena parte de las políticas de desarrollo urbano del país, por citar sólo el caso más evidente e inmediato. En ese sentido, ya no hay la posibilidad de esconderse en los viejos argumentos útiles durante la vigencia del régimen de partido hegemónico o de pluralismo limitado. Hay, es cierto, quienes en el PAN han advertido las consecuencias de este cambio cualitativo en su situación en el sistema político, pero también están quienes incluso luego de beneficiarse de esos cambios se refugian de manera casi instintiva en las viejas categorías del discurso político de las oposiciones mexicanas.4 Es importante considerar además que esta dimensión le ofrece al PAN una ventaja cualitativa sobre el PRI y el PRD, pues algunos de sus principales mercados electorales están en el México rural, ventaja que supone responsabilidad en el ejercicio no sólo del gobierno sino también en los ámbitos de la representación y el liderazgo políticos. Otro aspecto notable en el avance alcanzado por el PAN en el contexto del proceso de cambio de régimen que vive México desde hace varios años es el del número de legisladores locales pertenecientes a sus filas. En este rubro la cifra fue en 1998 de 287, incluía a quienes controlaban las cámaras de diputados locales de Baja California, Jalisco, Nuevo León, Aguascalientes y Querétaro.5 Finalmente, respecto del análisis numérico es importante considerar el tema de la membresía. El paso en los últimos 60 años del puñado de hombres que firmaron el acta constitutiva de ese partido en el Frontón México de la capital a contar en 1988 con cerca de 49 mil militantes, los cuales se han convertido a la vuelta de 11 años en poco más de 127 mil, más la difusa categoría del "miembro adherente", de los cuales reporta 220 mil, para totalizar 347 mil individuos afiliados de una u otra manera a ese partido. Este cambio es resultado y cofactor de los triunfos que el PAN ha logrado en elecciones estatales y municipales, hecho que ha colocado en el dilema de la burocratización y el imperio de la ley del hierro de la oligarquía, a los que se enfrenta cualquier partido del mundo, hábilmente descritos por estudiosos como Robert Michels. Sin embargo, más allá de este dato es posible advertir una tendencia adicional en el análisis de la estadística electoral panista. El primero que la advirtió fue Franz A. von Sauer, investigador estadounidense que produjo un texto de calidad desigual pero con algunos discernimientos dignos de considerar.6 El más significativo de ellos es el que le permitió ubicar la zona de influencia del PAN en lo que Frank Brandenburg7 llamó en los 50 la región de los "Ocho Grandes"8 que es, y ése es el valor de la observación de Von Sauer, la región con el mayor índice de catolicidad de todo el país. Es decir, es posible observar fuertes correlatos entre voto por el PAN y la afiliación a la Iglesia católica, tendencia que se ha mantenido con variantes.9 Este hecho es más relevante por declaraciones hechas recientemente por Vicente Fox a propósito del apoyo que, según él, le habrían de proporcionar a su candidatura los obispos católicos del país.10 Más allá de los exabruptos del precandidato del PAN es un hecho que Jalisco, Guanajuato, Aguascalientes y Querétaro forman una suerte de cinturón de clara influencia panista en donde, además, es notoria la hegemonía religiosa de la Iglesia católica. Es cierto, a contrapelo de posibles interpretaciones sesgadas están los casos de Baja California (con apenas 86.1% de católicos) y Nuevo León (con 89.7%) que se encuentran por debajo de la media nacional en ese indicador (de 89.7%). Las tendencias consideradas aquí dejan ver las probabilidades y algunos de los límites que enfrentará en el futuro inmediato una posible expansión del mercado electoral del PAN, al mismo tiempo que permite comprender mejor en qué contextos ha sido más eficaz el desempeño de esta organización que cumple en estas fechas 60 años de vida. Notas 1 Uno de los mejores ensayos numéricos para ponderar el peso de los gobiernos municipales del PAN lo publicó la revista Voz y Voto, núm. 37, marzo de 1996. 2 Datos del sitio de Internet del PAN www.pan.org.mx/gobierno/balance9699.htm 3 A pesar del papel que ha jugado el propio PAN en la construcción de ese régimen. 4 Para ejemplo están los llamados a la movilización hechos por el alcalde de Naucalpan y candidato de la coalición PAN-Partido Verde Ecologista de México, José Luis Durán, luego de la elección en el Estado de México que, afortunadamente, quedaron en eso pero que han generado tensión innecesaria en el proceso de traspaso de poderes en esa entidad que ocurrirá en estas fechas. 5 Es importante recordar que el PAN perdió en 1995 el control de la Cámara de Diputados del estado de Chihuahua y que en Guanajuato el PRI retiene el control del Poder Legislativo. Por otra parte, es importante destacar que el PAN, como los otros partidos políticos del país, se ha beneficiado por las distintas fórmulas de reforma política aplicadas en los estados de la República para favorecer una mejor representación en los órganos legislativos de las entidades siguiendo para ello el modelo de doble fórmula de representación (mayoría simple y representación proporcional) vigente en el Congreso de la Unión. 6 Franz A. von Sauer, The alienated "loyal" Opposition. Mexico`s Partido Acción Nacional, Albuquerque, Nuevo México, 1974. 7 Frank Brandenburg, Mexico: An experiment in One-Party democracy, tesis doctoral, Universidad de Pennsylvania, 1955. 8 Los "Ocho Grandes" de la clasificación de Brandenburg-von Sauer eran: Distrito Federal, Guanajuato, Estado de México, Michoacán, Oaxaca, Puebla y Veracruz. El calificativo se desprendía del hecho que eran las entidades con mayores concentraciones de población en los 50. 9 Las variantes se relacionan con el hecho que esas ya no son las entidades más pobladas del país, así como que estados como Oaxaca, Puebla y Veracruz están entre los que presentan mayores índices de pertenencia a confesiones distintas de la católica. 10 Tal posibilidad fue rechazada el lunes 6 de septiembre de 1999 por el arzobispo-cardenal de México, Norberto Rivera Carrera. Rodolfo Soriano Núñez es autor de En el nombre de Dios. Religión y democracia en México, México, Imdosoc/Instituto Mora, 1999. Correo: rsnunez @mexis.com |
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