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textos Elite política y racionalidad Paulo Hidalgo
Cuando se hace referencia a la actividad política, la asociación inmediata es referirse a los partidos y a los discursos que de ellos emanan. Internarse en el terreno de los patrones de funcionamiento de las élites políticas constituye un campo difícil de dilucidar y arriesgado, básicamente porque los códigos de desenvolvimiento de este tipo de estamento son implícitos y prima un cierto espíritu de cuerpo, refractario al escrutinio externo. Sin embargo, resulta muy interesante poner el tema a discusión para no ocultar aspectos de nuestra realidad política que requieren ser debatidos y estudiados más a fondo. Una buena definición de una élite política la provee Andrés Allamand en términos de la existencia de tres poderes fácticos que le impiden a la derecha realizar una política de suficiente independencia: los empresarios, El Mercurio y las Fuerzas Armadas constituirían esos factores de poder que entorpecen la racionalidad de la élite política, en este caso de derecha. El señalamiento de ese político apuntó al corazón de lo que se entiende por el rasgo definitorio de una élite política. Es decir, la autonomía e independencia que este estamento debe tener para filtrar y sobre todo representar el interés general de manera coherente y disciplinada sin estar a merced de presiones de ningún tipo para tomar sus decisiones. Adicionalmente, este segmento debe dedicarse a la política "como vocación" entregando sus mejores esfuerzos y capacidad profesional a los asuntos públicos: lograr desde el gobierno genéricamente entendido un gradual bienestar de una comunidad nacional determinada. No es aventurado indicar que la élite política chilena en esta etapa de asentamiento de un régimen democrático ha tenido un comportamiento ejemplar. En particular, la franja de la élite de orientación de centro e izquierda realizó un notable aprendizaje de los errores que cometió en el pasado y ha constituido un sólido pacto político que la proyecta con fuerza hacia adelante. Empero, el indudable éxito alcanzado no debiera obnubilar a la élite gobernante, para no entramparse en un diálogo autorreferente. Las encuestas más recientes señalan un creciente distanciamiento de la ciudadanía con respecto a la política. Sin duda hay una adhesión importante a la Concertación, pero ello no es una garantía ad eternum. A menudo se ha insistido con razón que las franjas de sectores desafectos ha venido creciendo con el tiempo, tanto en franjas de clases medias como de sectores juveniles que por el momento no encuentran una alternativa creíble para depositar su confianza. Ello ha ocurrido así tanto porque la derecha muestra un estado político francamente deplorable y debido a que en la izquierda extraparlamentaria no existe un reto real ni de liderazgo o propuesta política. Precisamente en estos días estamos asistiendo a la conformación de alternativas que buscan ocupar un lugar en el "flanco izquierdo" con las candidaturas de Tomás Hirsch, Sara Larrain y Gladys Marín. La Concertación ha desarrollado dos gobiernos francamente exitosos pero objetivamente ha topado un techo tanto en términos de propuestas políticas concretas como infundir un ímpetu que recoja, como lo hizo en el pasado, las sensibilidades y sentimientos del grueso de la ciudadanía. Por ello, esta campaña política resulta crucial para el conglomerado, puesto que por primera vez enfrenta una contienda en un contexto de restricción económica. Las modalidades de resolver las turbulencias actuales tendrán, sin duda, consecuencias importantes para la vitalidad de la Concertación en el tiempo venidero. El punto focal que quizá requiere refuerzo es no sólo la apelación ciudadana sino la capacidad de la Concertación de recrear un sólido equipo programático y más tarde de gobierno que más allá de los equilibrios políticos encarne a una franja política transversal que elabore, por encima de la retórica, un acuerdo político sustantivo en torno a las prioridades y áreas concretas que serán abordadas en una hipotética próxima administración. Ello parece ser de la máxima relevancia. Si se atiende a los más diversos ciclos políticos de gobiernos exitosos siempre se verificó una combinación virtuosa entre la razón técnica y política. La más elemental racionalidad de cada actor indica que por definición los técnicos tienen claridad sobre los cambios que hay que emprender y mientras más rápido se haga mejor. Por otra parte, el estamento político estará preocupado de no perder legitimidad y no deteriorar sus bases de apoyo de manera irremediable. Combinar entonces ambas racionalidades -eficacia y gradualismo- en un programa de cambios y reformas sostenible en el tiempo es la clave del éxito. A menudo en América Latina alguno de estos componentes han fallado. Con todas las dificultades actuales centradas en la crisis económica con sus secuelas de desempleo y desprotección social, se debe sostener que Chile se encuentra en una situación inmejorable para iniciar su recuperación. En otros contextos se verifican crisis estructurales de muy lenta resolución que ponen en serios aprietos a los liderazgos políticos o se eligen a líderes populistas que prometen refundaciones radicales a menudo teñidos de nostalgia de épocas imposibles de reproducir. Y también aparecen tentaciones autoritarias que lamentablemente son alimentadas por élites políticas incompetentes que ante el deterioro del Estado realizan prácticas reñidas con los más básicos principios éticos. No hay recetas mágicas a la luz de los límites actuales: se debe competir económicamente en un mundo hostil, se debe fortalecer el Estado como único organismo capaz de orientar el desarrollo y redistribuir a la vez que se deben mantener niveles adecuados de protección social para contar con sociedades integradas, solidarias, cooperativas. Todo lo anterior supone generar arenas efectivas de diálogo y pacto social que entregue certidumbres a todos los actores sociales, tanto corporativos como ciudadanos. Paulo Hidalgo es sociólogo. Profesor del Instituto de Ciencia Política de la Universidad de Chile. |
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