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Sátira y cabaret Sed de tradición 2000 In-humano
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puros cuentos El retrato de Lupe José Alvarado
¿Se ha fijado usted en esas viejas casas, grises por el tiempo, con los vidrios de las ventanas llenos de polvo y las puertas ennegrecidas por el sol y la lluvia? De vez en cuando encontramos una cuando caminamos por las calles. Todas son iguales; tienen tres o cuatro pisos con los balcones desolados; el pasillo es sombrío y húmedo; la escalera se divisa al fondo llena de tristeza, soledad y aire sucio. Parecería que nadie vive en ellas si no fuera por algún trapo que cuelga en alguna parte y que el viento mece displicentemente. En muchas de ellas vivieron hace años personas felices, nacieron niños hermosos y soñaron muchachas bellas. Hubo alguna vez flores y música y, acaso, palabras de amor y canto de gorriones. Ahora parece que no hay nada. Y, sin embargo, en una de ellas vive Lupe. Allí, en el cuarto que corresponde al tercer balcón del último piso, ese que muestra roto uno de sus vidrios y donde, por las noches, asoma la luz incierta de una lámpara eléctrica de las más baratas. Fácilmente se adivina que las paredes están desnudas, enseñando una vieja pintura llena de cicatrices y descascaduras y, también, que el techo tiene grandes manchas de humedad y salitre. Lo más seguro es que la madera del piso cruja a cada rato y que alguna parte esté podrida y desclavada. Usted no está para saber quién es Lupe. Pero yo la conocí bien hace algunos años. ¡Pobrecita de Lupe! Todavía tiene, en el fondo de su baúl, junto con un pedazo de cortina de terciopelo rojo y una bata de seda azul, un retrato donde aparece con toda su frescura y todo el fulgor de sus ojos. Es un retrato a colores, de aquellos que hace años quién sabe cómo hacían en algunas fotografías. Se nota que ha sido arrancado de algún marco y que ha sufrido un poco: una de las esquinas está rota y las otras quebradas. Lupe aparece mordiendo un durazno con una sonrisa adolescente; sus pupilas brillan con traviesa alegría. Cuando yo conocí a Lupe, todavía brillaban sus pupilas; pero, que yo haya sabido, ya no mordía duraznos con aquella sonrisa. Trabajaba entonces en un Juzgado Penal como mecanógrafa y recuerdo que sus manos blancas y tersas, suaves y limpias, contrastaban con aquellos horribles muebles viejos y aquellos sucios expedientes que se acumulaban sobre los escritorios. El juez era un anciano porfirista, muy católico, que todo el santo día trasegaba mezcal y que jamás se preocupó por limpiar ni planchar su traje negro; el secretario gustaba de tener conversaciones obscenas con las procesadas jóvenes y la otra taquígrafa era una señora gorda que se pintaba el pelo de rubio y, según decía, tenía sus quereres con un funcionario judicial. Esta vieja indecente fue la que tuvo la culpa de muchas cosas. ¡Mire usted que llevar a Lupe a las fiestas de ese litigante borracho que no hizo sino enseñarla a beber! Ciertamente que ya para aquella época Lupe sabía ya bastantes asuntos; pero no había derecho a hacer de ella lo que hicieron. Del Juzgado pasó Lupe a una perfumería, no sé cómo. Allí era una especie de cajera y secretaria del dueño; pero el dueño no tardó mucho en regalarle, no sólo perfume del más caro, sino zapatos para baile y zapatillas de noche. Y la pobre de Lupe dio en la manía de olvidar a solas su destino; y como es fama que los licores sirven para ello, dio en beberlos en sus noches de soledad. Pero lo malo fue cuando el perfumista, hombre de buen ojo para los negocios, compró un salón de baile con venta de bebidas. Lupe pasó de cajera de una perfumería a cajera de una taberna. Sin embargo, todavía le quedaba a Lupe mucho de su impulso. Eso fue lo que la hizo interesante en la suerte de la frágil Lucía. Era esta una niña tonta que leía novelas, estudiaba en una academia comercial y solía visitar por las noches el salón de baile por divertirse un poco y encontrar, pues tal era su tontería que así lo esperaba, príncipes en los salones de baile. Una noche encontró a uno que la embriagó y, aunque la cosa no llegó a mayores, Lupe consideró que Lucía necesitaba algunas advertencias. -No sea usted tonta, aquí no saca nada; júntese con la gente decente y no con esos mequetrefes que no buscan sino lo más fácil. Pero Lucía siguió yendo. ¿Qué tenía Lucía que hizo que Lupe le cobrara afecto a pesar suyo y que deseara destinarla a mejor suerte? Acaso sólo su tontería y unos ojitos de niña asustada. Acaso el hecho, que Lupe averiguó, de ser, como ella, hija única y sin padre de una madre inútil y descuidada. El hecho es que Lupe se propuso hacer por Lucía lo que no hizo por ella misma. Aquello le costó un disgusto, primero con el príncipe de marras al que acabó corriendo del lugar; después con la misma Lucía y finalmente con el perfumista transformado en dueño de salón de baile. Sucedió lo que tenía que suceder: Lupe dejó de ser cajera y una noche se encontró, no sólo sin empleo, sino sin ahorros. Y a poco se dio cuenta de que no es fácil que una muchacha que ha sido cajera de un salón de baile, encuentre otro trabajo si no es uno semejante o peor. Dos pares de aretes, un reloj de pulsera y un broche de oro bastante bonito, fueron a dar al Montepío a la tercera semana de cesantía. Y tres pares de zapatos casi nuevos, un frasco de perfume francés sin abrir y un abrigo de noche llegaron hasta el bazar. Y lo peor fue que Lupe siguió bebiendo por las noches, aunque, justo es decirlo, desdeñó dos o tres invitaciones. Una tarde encontró a mi amigo Prieto en un café. Ya lo conocía y, según supe, jamás le interesó porque, aparte de que vestía bastante mal, tenía un aire demasiado triste que a Lupe le chocaba. Pero aquella tarde Lupe también estaba triste y Prieto bebía, a solas, una copa de tequila. Por no dejar, como se dice, Prieto la invitó a su mesa. Y entonces Lupe descubrió que el muchacho sabía decir cosas agradables y que, a la tercera o cuarta copa, su aire melancólico se transformaba en alegría. Ahora Prieto es un hombre más o menos formal, casado y buen padre de familia. Ignoro cómo es, pero entonces, hay que decirlo, era soltero y tenía los atributos que Lupe le descubrió aquella tarde. Llovió y aquello hizo prolongar la estancia en el lugar y las libaciones. Lupe, aún, sabía beber sin descomponerse cuando quería. La lluvia y las copas la pusieron alegre y graciosa: debe haberse parecido un poco a la Lupe mordiendo un durazno del retrato. Y ya hacía rato que se habían encendido las luces cuando salieron a la noche en medio del vaho húmedo y oscuro. Caminaron por la ciudad y llegaron hasta su casa, que no era, por cierto, la habitación de esa casa sombría y vieja, sino un pequeño departamento con geranios en el balcón y un pequeño aparato de radio sobre el buró. Prieto le dijo cosas reconfortantes y le prometió conseguirle un empleo, aunque fuera modesto. Y lo cumplió. A las dos semanas Lupe volvía a ser mecanógrafa, esta vez en el despacho de un ingeniero que no construía nada; pero que tenía extraños y productivos negocios. Allí volvía Lupe a ver luminosas las mañanas; pero tuvo que cambiar su departamento por un cuarto en una casa de huéspedes porque sus ingresos eran mucho menores. ¿Por qué fue a dar Lupe a esa casa de huéspedes? Tantas que hay y encontrar precisamente ésa. Nada tenía de malo, aparentemente. La dueña era una señora con aire de pueblerina que si pocos escrúpulos morales, poseía buen corazón. Los huéspedes eran como los de todas partes: estudiantes, solterones, señoras solas, algún divorciado y una profesora de francés. Las criadas eran buenas muchachas y había cierta limpieza. Sí, pero allí vivía también aquella sucia vieja gringa. Mejor dicho, no vivía allí sino que alquilaba uno de los cuartos para disponer de turbias libertades. Quien la hubiera visto en los lugares donde aparentaba ser señora, en las recepciones de algunas embajadas o en las fiestas del 4 de julio de la Colonia Americana, no la hubiera reconocido en la casa de huéspedes, sobre todo en algunas noches. Era la madre de un tal mister no-sé-cuantos, gerente de la Soconusco Petroleum Company y tenía una finca de campo, linda y agradable, en uno de los pueblecillos cercanos a la ciudad. Pero sólo pasaba en ella media semana o a veces menos. El resto del tiempo lo destinaba a su cuarto de la casa de huéspedes. Y allí llenaba sus horas en compañía de un jovencito compatriota suyo, al que debe haber pagado buen dinero por su presencia. Bill, creo que se llamaba aquel muchacho que no tenía más ambición que sacarle dólares a la vieja para regresar a su patria a casarse, según parece, con una rubia Milly a la que amaba aunque era hija de un banquero pueblerino. También, debo decir que parte, aunque pequeña, de la culpa fue de Prieto, por no volver a Lupe sino unas cuantas veces después de instalada en aquel sitio. Si hubiera vuelto, tal vez ella no hubiera hecho caso de las subrepticias galanterías de Bill. ¡Pobre de Lupe! El tal Bill se parecía tanto a esos muchachos buenotes y dignos de las películas norteamericanas, se reía con tan aparente sanidad y tan simulado aire ingenuo, que no batalló mucho para hacerla creer que la indecente anciana era una vieja tía a la que visitaba para hablar del hogar lejano y añorado. Y empezó un absurdo idilio a escondidas de la vieja, porque, según él, ella no quería que se relacionara con muchachas mexicanas. ¡Ideas de gente vieja que no hay que contrariar, decía, porque además padece del corazón y un disgusto puede serle fatal! -Pero yo la convenceré de que algunas de ustedes son tan buenas como las chicas de Texarcana... Y la tonta de Lupe, se lo creía. Hasta que la vieja, que era boba, pero no tanto, acabó por darse cuenta de las cosas. Bebía ella y se pasaba ebria los días en que ocupaba el cuarto de la casa de huéspedes; pero si mezcló sus celos y su ira con el alcohol no fue para la violencia inmediata y ciega, sino para algo premeditado, frío y vil: averiguó dónde trabajaba Lupe y una mañana, cuando más gente había en el despacho, se presentó de improviso y le hizo el peor de los escándalos: la llamó a gritos ramera y ladrona; la increpó; le rompió la blusa y le arañó la cara; luego alegó su nacionalidad ante el asustado ingeniero y lo amenazó con descubrir sus extraños negocios si Lupe conservaba el empleo. Esto último lo hizo de sobra, porque Lupe salió de allí llorando de vergüenza y de dolor, con el propósito de no volver más. Hasta la casa de huéspedes tuvo que dejar y fue entonces cuando vino a vivir a la habitación de la casa sombría, esa que corresponde al tercer balcón del último piso. Allí se pasó Lupe dos días con sus noches, bebiendo tequila y comiendo queso amarillo. Mi amigo Prieto no lo supo porque es posible que hubiera ido, aunque, ¿quién sabe si le hubieran gustado a ella, entonces, sus frases agradables? Quizá le hubiera podido conseguir otro empleo. Quizá no. De todos modos, Lupe tuvo que buscárselo sola. Y aún tuvo la última fuerza de su ímpetu para querer irse de la ciudad pero, ¿a dónde?, ¿con quién? Fue a dar, la pobre, a las salas de baile con el primero que la invitó y ya no ha salido de ahí. Bebe tanto que le dicen ahora: Lupe Tequila. El otro día se encontró con Lucía en uno de esos salones. Iba con un hermoso vestido y unos zapatos elegantes; Lupe estaba ebria y le sonrió, pero aquélla pasó de largo, no sin dejarle caer estas palabras: -¡Y ésta es la que me daba consejos! Toda la noche asoma por el tercer balcón del último piso la luz incierta de una lámpara eléctrica barata. Lupe no la apaga jamás porque tiene miedo de dormir a oscuras. Fácilmente se adivina que las paredes de su cuarto están desnudas, el techo manchado y rotas las maderas del piso, pero si viera usted qué bello retrato el que Lupe conserva en el fondo de su baúl, junto a la bata de seda azul que le regalaron cuando cumplió diecisiete años. Es a colores y ella aparece mordiendo un durazno con sonrisa adolescente. Este cuento apareció originalmente en la revista Cuauhtémoc en septiembre de 1950 y formará parte del libro Tiempo guardado: cuentos y novelas cortas que la Universidad Autónoma de Nuevo León editará para conmemorar los 25 años de la muerte del cronista José Alvarado, quien además fue rector de esa institución. |
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