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El imperio de la mirada

Francisco Báez Rodríguez

El debate en tv entre precandidatos priistas es una muestra fehaciente de la preponderancia de los medios en las campañas electorales modernas. Y no tanto por el hecho del debate televisado mismo, sino sobre todo por el contexto que lo precedió y el que le sucedió el día inmediato.

La dirección nacional del PRI originalmente tenía prevista una transmisión limitada de ese debate. Había contratado con Canal 4 de Televisa y con Canal 40 de Azteca, además de Canal Once y cableros. Esto significa que no tenía mayor interés en una difusión amplia de la emisión. Si a este elemento sumamos el dato de que la información sobre la fecha y las modalidades de la elección primaria del partido tricolor ha sido escasísima, nos queda la fuerte impresión de que en las alturas priistas no les interesa que haya una participación masiva en las urnas.

¿Qué motivó a cambiar de canales, y utilizar dos de ellos de cadena nacional (Canal 7 de Azteca, Canal 9 de Televisa)? No, sin duda, la presión popular, que no la había. Tuvo que haber sido una presión política interna. La decisión fue tan de última hora que a Televisión Azteca ni siquiera le dio tiempo de cambiar la programación que envían a los periódicos. El CEN del PRI arguye, a falta de explicación, que se trató de una demanda de los propios medios. Algo no muy creíble.

En lo que fue el debate en sí mismo, es cada vez más notable la carga de los asesores de imagen y los publicistas. En otras palabras, se trata cada vez más de gestos y palabras estudiados, de actuaciones en las que la imagen proyectada tiene un papel clave.

Lo interesante es que gestos, frases, imágenes se planean en función de un público al que se supone inerme, ignaro de que se trata de presentaciones estudiadas y analizadas al detalle. Lo preocupante es que quienes las planean tienen razón: la imagen penetra como cuchillo en mantequilla.

Así, importan el maquillaje (Roque tenía muy poco y se le veía brillosa la cara; Labastida demasiado y parecía un poco mortecino), la corbata (Madrazo usó una amarilla, parecida a la que usó Diego en el 94 y de un color que ahora se identifica con el perredismo, es decir, con la izquierda), la prestancia (Bartlett se vio firme, bien vestido y sereno, Roque se movió de un lado a otro de la pantalla, no dirigiéndose a la cámara -y, por ende, al espectador- sino a inexistentes compañeros del Congreso), el ánimo (Labastida no se amilanó ante los ataques y respondió; Bartlett no aprovechó su posición entre los dos fuertes y declinó meterse a la pelea), las alusiones "americanas" a la familia (Labastida con un fallido recuerdo de su padre, Madrazo con una estudiadísima pero exitosa alusión a su esposa e hijos), la coherencia (Bartlett se veía firme cuando hablaba de firmeza; Madrazo no se veía triste cuando hablaba de tristeza; Labastida no se veía emocionado cuando hablaba de emoción), el uso de frases cortas (pero a Roque se le olvida que existe tal cosa como un punto y seguido) y la utilización persistente de las frases de campaña (para que peguen).

Muchos analistas -incluso algunos de los que salen en tv luego de los debates- se quejan de que en este tipo de emisiones no hay intercambio de propuestas, ni siquiera de issues particulares. En realidad no están hechas para ello: son el imperio de la mirada y de la frase recordable. Son enormes infomerciales políticos. Quienes los quieren ver como debates auténticos terminan yendo a contracorriente del resto del teleauditorio: por eso vieron a un Manuel Bartlett sólido, propositivo, que repuntaba. La mayor parte de la población vio a un señor de mancuernillas que podría ser su papá. Y que daba la misma güeva.

El tercer elemento es el eco del debate en los medios. Alrededor de la tercera parte de los ciudadanos lo vio o escuchó en vivo. Los otros dos tercios se enteran por los ecos. De ahí la pregunta famosa: "¿quién ganó?", como camino de la virtud en tiempos postmodernos. Aquí entran todos los medios en liza, y el papel de las empresas de opinión pública se hace preponderante.

A dos meses de la elección -cuando los resultados constatables son muy a futuro-, el de las encuestas se vuelve un terreno escurridizo. Al día siguiente del debate hubo una verdadera guerra de encuestas, algo que no se veía en México desde hace más de un lustro. Las investigaciones profesionales de opinión pública son un arma de la democracia. Mal favor le hacen a la transición mexicana quienes creen que son, simplemente, la otra pinza de la mercadotecnia política.

Francisco Báez Rodríguez es subdirector general del periódico Crónica.

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