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el revés de la trama

El debate
Perdió Labastida

Edgardo Bermejo Mora

Un debate televisivo no será jamás espacio para lo sustancial. No le son propias la profundidad, el intercambio de ideas ni la reflexión fecunda, como sí le pertenecen el desplante histriónico, el efectismo verbal, la esgrima y la demagogia en su sentido más neutro. Exigir de ellos otra clase de atributos resulta además de ingenuo un lugar común. Son espacios para la representación en su sentido más teatral, el summum de la mediatización de la política. No es esto una condena ni mucho menos. Así son, a veces funcionan, a veces no. Ello depende del desempeño de los contendientes, pero sobre todo del efecto público que genere su participación.

Hay aquí un notable parecido con la lógica del box. Si no hay knock out, por más duro que se den, el intercambio nutrido de diatribas y autoelogios no producirá un desplazamiento dramático de votantes de un lado a otro, y en términos generales cada uno de los participantes conservará el electorado con el que contaban antes de subir a la tribuna. En ese caso, el debate será un acicate democrático, un signo de salud política si se quiere, pero no un espacio para la captura o la pérdida masiva de votos, y sólo en ese sentido habrá fracasado. Toda aquella pelea de box que termina en una decisión técnica tiene algo de inacabado, pierde tensión y sensacionalismo. En los debates igual: a menos que alguien sea derrotado contundentemente, es más probable que el debate sea un espacio lucidor, atractivo, pero intrascendente en términos políticos reales. El electorado duro, aquel que no piensa votar o que ya tiene decidido su voto de antemano, difícilmente cambiará su decisión tras el debate. En este caso, unos dirán que ganó éste y otros que aquél, en una proporción no muy diferente a la que se podía ver con anticipación en las encuestas.

En México aún no tenemos mucha experiencia de la cual echar mano, pero existe de todas formas un caso emblemático de desplazamiento masivo de votantes a resultas del debate. El de 1994 entre Ernesto Zedillo, Cuauhtémoc Cárdenas y Diego Fernández significó no sólo la derrota del candidato del PRD sino su desplome hasta el tercer sitio. Ese día se canceló cualquier posibilidad para el ingeniero. En el 97, en cambio, el debate entre Cárdenas y Del Mazo no tuvo mayores efectos. No hubo en sentido estricto un ganador y un perdedor porque ambos salieron del debate igual que como entraron. A menos que en este caso consideremos perdedor al candidato que estaba abajo en las encuestas -Del Mazo- porque no logró remontar por lo menos algo de su desventaja en la tribuna. Este último caso es más representativo de la media: recordemos, por ejemplo, el debate entre los candidatos al Senado: Esteban Moctezuma Barragán, del PRI, y Ricardo García Cervantes, del PAN; entre Roberto Campa y Alberto Ling Altamirano; entre Samuel del Villar y Carlos Ahumada. No hubo en ninguno de ellos resultados espectaculares.

Mi primera impresión es que algo similar pudo ocurrir con el debate de los precandidatos del PRI. No hubo un ganador y un perdedor indiscutibles. Y en todo caso el perdedor, a mi juicio, será Francisco Labastida por el solo hecho de que no pudo revertir o, al menos, neutralizar el fenómeno publicitario en el que se ha convertido Roberto Madrazo. Respondió a sus ataques e incluso tal vez lo contuvo en el espacio del debate, pero no le bastaba un empate; era necesario para él hacer algo más espectacular y contundente. De lo contrario, cada uno se queda como antes, y eso beneficia a quien se ha colado en la competencia de manera un tanto inesperada.

Los primeros resultados que veo en las encuestas del periódico Reforma confirman esta posibilidad. Los priistas percibieron a Labastida como el triunfador pero el público en general le concede a Madrazo la victoria, tal y como se venía presentando desde antes en las encuestas: dentro del PRI conserva la ventaja Labastida, y entre los votantes externos gana Madrazo. El priista se inclina por Labastida con cierto apego a la disciplina y el reconocimiento de la autoridad; el ciudadano común se siente atraído por ese personaje que se disfraza de opositor para competir por la candidatura del partido en el poder. Todo depende, ahora, de quienes vayan a votar. Si principalmente priistas, Labastida puede ganar; si todos los demás, Madrazo podría dar la sorpresa. Así estaban antes del debate, así, siguen ahora. No hubo entonces, habrá que insistir, grandes sorpresas la noche del miércoles 8 de septiembre.

Edgardo Bermejo Mora es escritor y periodista. Correo: edbeme@prodigy.net.mx

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