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¿Tiene futuro la UNAM?
No. Despidámonos de ella
Julián Andrade Jardí

 

 

 

 

 

¿Tiene futuro la UNAM?

Sí. Es necesaria y posible

Carlos Guevara Meza

Que la universidad sea necesaria, no implica que sea posible. Sin embargo, sostengo que la universidad es necesaria y posible en el futuro. Es necesaria porque un país (y esto no siempre lo entienden la iniciativa privada dedicada a la educación, muchos líderes de opinión, padres de familia y los mismos jóvenes) no puede sobrevivir en este mundo sólo con contadores y abogados. Necesita especialistas en decenas, cientos de disciplinas profesionales diferentes, menos conocidas, menos apreciadas, menos remuneradas, pero indispensables para que un país, cualquiera, funcione simplemente. Y la UNAM (no la autoridad o los grupos de poder o de activismo, sino como institución) se ha preocupado por hacer esto. Y no sólo en tiempos de bonanza y crecimiento sino también en tiempos difíciles. Es necesaria porque la universidad no sólo transmite conocimientos para formar profesionales, también produce conocimientos nuevos para las condiciones de un mundo cambiante. Muchas grandes y pequeñas contribuciones que para los legos en una disciplina -o para los maximizadores de cualquier signo- pueden parecer absurdas pero que para el profesionista que llega a utilizarlas son fundamentales.

Contribuciones hechas a partir de pequeños equipos de investigación, formados por dos académicos y un puñado de entusiastas estudiantes que hacen su trabajo a pesar de los sueldos magros, las becas de risa, la escasez de recursos y hasta de las trabas administrativas para ejercerlos. Por esto, y más, la UNAM es indispensable.

Y por ello también es posible. Porque esos académicos y estudiantes y trabajadores y funcionarios que a diario y a pesar de todo siguen transmitiendo y produciendo conocimientos, estamos dispuestos a seguir haciéndolo. Esa "mayoría silenciosa" que ha sido atomizada y fragmentada por las formas como se han establecido los cambios en la universidad, no ha querido, ni siquiera podido, por lo mismo, apoyar a alguien u oponérsele. Pero quiere el cambio. Un cambio que no sea ni autoritario ni demagógico. Está convencida de la necesidad de la corresponsabilidad en el financiamiento, pero no piensa que cobrar sea una medida de superación académica. No quiere que una asamblea decida si se hace examen o no, pero tampoco piensa que el examen de opción múltiple sea la única forma de evaluar. Quiere el rigor académico y entre más mejor, pero no piensa que el número de actividades sea un indicador de la calidad de las mismas. No quiere que una asamblea decida sobre la relevancia de sus proyectos de investigación, pero tampoco desea pasarse la vida llenando formatos de justificación por triplicado. Quiere que en la universidad estén miembros de todas las clases y
grupos sociales, porque sabe que en esa diversidad, no sólo social, sino de puntos de vista y de intereses, está la mayor riqueza que tiene para producir nuevos conocimientos esenciales pero, por lo mismo, quiere que esa gente esté en la universidad para producir y no para dormirse en los laureles del pase automático o en los laureles del funcionariato. Y es por esa gente que la universidad tiene futuro, porque es la que hace a la universidad, la que realmente enseña y aprende, la que escribe los libros y arma los aparatos, la que se encierra en las bibliotecas y en los laboratorios, no para evadirse de la realidad sino para sumergirse más en ella. Esa gente, no los ultras de un lado y de otro. Esa gente es el futuro de la universidad y es un buen futuro.

Carlos Guevara Meza, filósofo por la UNAM, es profesor de Historia del Arte y Estética en el Centro Nacional de las Artes.

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