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Ayer y mañana El avance blanquiazul La otra mexicanidad
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Cómo entiendo al PAN
Carlos Castillo Peraza
Este 15 de septiembre se cumplen 60 años desde que se fundó el PAN, actualmente uno de los tres partidos más importantes del país. Este es el punto de vista de quien fuera, entre otros cargos, diputado federal, presidente nacional y candidato de ese partido al gobierno del Distrito Federal. Carlos Castillo Peraza revisa el bagaje político y cultural que animó al PAN desde sus orígenes hasta la fecha, para plantear que una alianza con el PRD significaría la más grande derrota para el PAN. Por su parte, Arturo Camilo Ayala enfatiza en los principios doctrinales y en los planteamientos programáticos de Acción Nacional para sustentar que, solo, ese partido puede y debe buscar la Presidencia, ahora que hay una acendrada competencia electoral. Con números y apreciaciones, un estudioso del PAN como Rodolfo Soriano Núñez, demuestra el avance electoral que ha tenido para formar parte de la pluralidad política mexicana. Entiendo al Partido Acción Nacional como encarnación política, y en la política, de un conjunto de ideas, de expresiones y de normas que son anteriores y superiores al partido y a la política misma, es decir, como manifestación política y en la política de una cultura. Las representaciones, las expresiones y las normas que el PAN trata de poner en práctica en su vida como institución y a través del respaldo del voto popular, tanto cuando actúa como oposición como cuando lo hace en ejercicio del poder, existían antes de que fuese fundado el PAN y, en el caso de que el PAN desapareciera, seguirían existiendo. El pensamiento que está en las raíces de Acción Nacional, según lo entiendo, es el que ha sido llamado "humanista" y en ocasiones "humanista cristiano". Su punto de partida se encuentra en una concepción del hombre como ser simultáneamente material, espiritual y social, con requerimientos específicos para desarrollar tan plenamente como sea posible esas tres dimensiones. Los seres humanos son cuerpo, inteligencia, voluntad, afectividad, socialidad; son libres; son sujetos de derecho independientemente de que se les reconozcan formalmente derechos; son responsables de sus actos; son titulares de una dignidad anterior y superior al Estado que no les otorga, sino les reconoce y está obligado a protegerle derechos que se conocen como "derechos humanos" y constan en lo que suele nombrarse "constitución" o ley suprema de una comunidad organizada. La actividad política, en consecuencia, debe estar orientada de tal manera que los seres humanos puedan organizarse racional y libremente para darse normas e instituciones obligatorias para todos -incluidos el Estado y el gobierno-. De lo anterior se sigue la idea de bien común, central entre las que el PAN afirma como inspiradoras y propias. Se trata del conjunto de leyes y de instituciones definidas y realizadas en común para conseguir el desarollo integral de las personas: el de su cuerpo, el de su inteligencia, el de su voluntad, el de su socialidad. Cuando tales leyes e instituciones existen y funcionan adecuadamente, el resultado de su existencia y su operación se llama justicia social. El PAN no nació en contra de la revolución mexicana, como lo prueban la vida y las obras del más importante de sus fundadores: Manuel Gómez Morín. Acción Nacional hizo suyos los valores de ese movimiento social, los incorporó en su cultura y criticó y se opuso a las ideas y a las prácticas llamadas "revolucionarias" que negaban de palabra o de obra la dignidad, la libertad, los derechos fundamentales y la responsabilidad de las personas, así como las que destruían la socialidad porque entregaban al Estado potestades excesivas, lo identificaban con el gobierno o lo convertían en instrumentos de partido. Es desde esta perspectiva que se entienden la llamada terquedad democrática de Acción Nacional, la llamada oposición leal que ha ejercido y su esfuerzo de 60 años en favor del Estado de derecho, del equilibrio entre poderes estatales independientes, de la limpieza de los procesos electorales para garantizar legitimidad de origen a la autoridad política, del diálogo como instrumento de acción partidista y de gobierno, y de la puesta del interés nacional por encima de todo interés parcial o de grupo -incluido el interés panista-. Todo esto, durante 12 lustros, ha hecho del PAN un grupo humano identificable, distinto y distinguible, con identidad y perfil propios, originalidad en sus propuestas y nacido no por impulso del Estado, del gobierno o del PRI, sino de la sociedad y, en especial, de los miembros de ésta que deciden ejercer la virtud de la ciudadanía o, si se quiere, de practicar el civismo, independientemente de que esta práctica produzca resultados electorales positivos, e incluso a pesar de que se vea obstaculizada y hasta reprimida por autoridades despóticas e ilegítimas tanto por su origen no democrático, como por su ejercicio antidemocrático del poder público. De la cultura que el PAN expresa o trata de expresar en política y en la política, se sigue su compromiso con la libertad sindical, con el respeto a las leyes, con la historia y la identidad de la nación mexicana, con la democracia, con la justicia y con el conjunto de libertades concretas que da cuerpo a la libertad humana. De ahí mismo surge su clara distinción con otros grupos sociales y políticos cuyas ideas y prácticas son contrarias a las notas de tal cultura para los cuales el buen éxito electoral es la única prueba de racionalidad y razonabilidad. Acción Nacional, como yo lo entiendo, no cree que la victoria electoral sea prueba de que se tiene razón sino, por el contrario, ha vivido y lucha para que la razón y la razonabilidad cuenten con los instrumentos necesarios y suficientes para vencer electoralmente. El PAN considera que su cultura no es toda la cultura nacional, sino uno de los elementos del gran mosaico plural de ésta. Por eso respeta y exige respeto a los diferentes. Por eso mismo no renuncia a su propio ser: sin éste, la pluralidad nacional se vería empobrecida y reducida a un gran singular. En la medida que Acción Nacional sea él mismo y, en política, apueste por él mismo, fortalece y enriquece a la nación y a la pluralidad, aporta criterios que amplían la noción de justicia y pueden hacer mejores las leyes y las instituciones que promueven una vida mejor y más digna para los mexicanos, ofrece a los electores una opción, es decir, el camino concreto para elegir entre dos o más opciones de sistema de gobierno. Durante medio siglo el PAN -impedido por la cultura y la práctica del fraude electoral derivado de una concepción excluyente y casi totalitaria de la política, convertida en violación sistemática e impune de las leyes electorales- se fue identificando como "el oposición", en la misma medida que el PRI se identificaba con "el poder". Por esta lamentable ruta, el uno y el otro olvidaron que un partido político no puede ni debe identificarse con la una ni con el otro, sino competir honesta y legalmente por los votos y ejercer aquélla o aquél según lo decidan los electores. No es de la esencia de un partido ser "la oposición" ni ser "el poder". Por eso el PAN, cuando empieza a ganar elecciones, atraviesa por un periodo en que lo atribula y confunde el hecho de dejar de ser la oposición. Análogamente, el PRI, cuando comienza a perder en las urnas, se inquieta porque deja de ser el poder. Si este cambio en curso condujera al PAN a pensar que su esencia es el poder y a actuar en consecuencia, Acción Nacional podría "electoralizarse" hasta el olvido de que su esencia verdadera es luchar -desde la oposición o desde el poder- por la aceptación de más personas, de la cultura que expresa en política. Y no es que se proponga que el PAN renuncie a buscar seria y eficientemente el poder sino señalar que, si se busca éste sin parar mientes en los medios que se utilizan para conseguirlo, puede negarse en los hechos la cultura propia. Un triunfo así obtenido sería un suicidio histórico. Sería como confundir la anécdota con la historia, la coyuntura con la estructura, la escaramuza con la batalla, el medio con el fin, el instrumento con el producto. Y no hay verdadera victoria electoral sin victoria cultural. Sobre todo si, con tal de conseguir el poder, se niega con los actos la cultura propia. El partido que en la práctica muestra que no cree ni confía en las propias ideas ni respeta su propia historia, acaba por darle la razón y el poder a las ideas ajenas, por mentirse a sí mismo y engañar al elector. Lo que puede ser satisfactorio y hasta estético pero no es ético y, finalmente, ni siquiera político, al menos en el sentido de político que hiciera suyo y heredaron a sus sucesores los fundadores y promotores del PAN. Una cosa es votar junto con otros partidos en favor de iniciativas que, desde el punto de vista de la cultura panista, sirven al bien común temporal de los mexicanos. Así lo ha hecho el PAN durante toda su historia y con partidos que no comparten esa cultura. Otra muy distinta es aliarse disolviéndose culturalmente en un conjunto con tal de obtener el poder, porque de este modo el PAN deja de proponer al elector lo suyo, lo priva de su propia alternativa y lo deja sin opción, sobre todo si se piensa que, en la actualidad, los eventuales aliados son fruto cultural y político del priismo. Una alianza de esta naturaleza deja a los electores ante un callejón sin salida: no importa por quién vote, votará por la cultura política del PRI. Esto no es "sacar al PRI de Los Pinos". Si por un lado está la alternativa del PRI que mantiene el viejo nombre aunque ya no es totalmente lo que fue, y por el otro está el PRI con el nombre modificado pero con notas que son las del PRI de ayer o incluso modificado, el votante habrá de escoger entre el PRI y el PRI, lo que no es elegir libremente sino someterse a una fatalidad: la victoria electoral de la cultura priista. Lo que significaría la más grande derrota para el PAN. Carlos Castillo Peraza es periodista. |
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