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Cómo entiendo al PAN
Carlos Castillo Peraza

El avance blanquiazul
Rodolfo Soriano Núñez

La otra mexicanidad
Greco Sotelo

 

 

 

 

 

Ayer y mañana
Elegía de un partido sexagenario

Arturo Camilo Ayala Ochoa

La impresión que suele producir la política desde Maquiavelo es que consiste en un juego de manipulaciones e intrigas que conculcan el principio rector de la sociedad; sin embargo, política, en la tradición humanista, es vida pública. La hay cuando los asuntos colectivos se expresan, manifiestan, constan; cuando hay prácticas palaciegas o subterráneas no puede haberla. Vanas son las elecciones que impiden presentar eficaz y realmente alternativas, si no se exponen las razones para optar de una u otra manera. Ese tipo de sufragios es peor que su ausencia, pues profana y prostituye su sentido. Bajo esas premisas, el diagnóstico de que los principales postulados revolucionarios se habían traicionado al pervertirse el federalismo, el municipalismo, la división de poderes, los derechos humanos, la justicia social y la efectividad del voto, llevó en 1939 a Manuel Gómez Morín a fundar el Partido Acción Nacional.

En el umbral del PAN la oposición había ensayado todo: levantamientos militares con Lucio Blanco y Munguía (1922), Adolfo de la Huerta (1923), el cuartelazo escobarista (1929) y el cedillista contra Lázaro Cárdenas; conspiraciones como la de Arnulfo Gómez y Francisco Serrano (1927); atentados magnicidas a Obregón con Segura Vilchis y León Toral y Daniel Flores a Ortiz Rubio; la guerra cristera; el clandestinaje de derecha con las legiones o la Base y de izquierda con el Partido Comunista; un frente con la Unión Nacional Sinarquista en 1937; una moderna campaña política con Vasconcelos (1929); la alianza con el general Almazán (1939); y la formación de múltiples partidos tan circunstanciales e improvisados como efímeros. El sistema había sofocado las turbaciones por las balas y el fraude. La innovación panista es institucionalizarse, lo que no admite la confabulación y la violencia, al personalismo o caudillaje -problema incluso del maderismo; sin agotarse en la elección como los almazanistas y sin rehuir la competencia como el sinarquismo-. Para los panistas el penoso estado político mexicano era la pústula culminante de una enfermedad sistémica del cuerpo social y debía soslayarse a través de una política orgánica, permanente, constante, de funcionamiento impausado; y del reconocimiento de adhesiones y repugnancias, de direcciones y disciplinas fundamentales. Mientras se careciera de conciencia y hábitos políticos, las euforias y fiebres electorales naufragarían.

La preocupación del México de los 30 fue el porvenir. Se esperaba una oportunidad para reconstruir el país sobre nuevos argumentos. Europa tiene en boga las palabras vanguardia y prosperidad, que rememoran anticipación, empresa, pugna, porque se comparte una gran ilusión teórica por la vida. Algunos signos son el existencialismo de Kierkegaard, la dolorosa exaltación de Nietzsche, la pretensión del dominio de lo fugaz con Dilthey, la razón vital de Ortega y Gasset, Simmel, Bergson, Keyserling, Scheler. Lamentablemente ese ímpetu por ondear y afilar banderas deriva en las trampas del nazismo alemán, el fascismo italiano, el franquismo español, el comunismo soviético, el Movimiento Nacional Revolucionario en Bolivia, el Estado Novo de Getulio Vargas en Brasil, la falange chilena y el peronismo argentino; pero ello evidencia el temple histórico, una sensibilidad inédita hacia la realidad, que también percibió la religión apostólica, cuya renovación parte de la liturgia y fondea las cuestiones sociales. Se estimula la opinión laica, hay un auge por Chesterton, Scheler, Papini y Marcel, y la Acción Católica trata de tener mayor incidencia fraternal. El PAN no es ajeno a esto. De hecho, emanó de las lecturas a los papas León XIII, Pío X y Pío XI Inmortale Dei, sobre la constitución de los Estados (1885); Sapientiae christianae, sobre los deberes de los ciudadanos cristianos (1890); Rerum novarum, sobre la condición obrera (1891); Graves de communi, sobre la acción popular cristiana (1901); Singulari quadam, sobre el movimiento sindical (1912); Divini illius Magistri, sobre la educación cristiana (1929); Quadragesimo anno, sobre la restauración del orden social en conformidad con la ley evangélica (1931); y su base intelectual es la doctrina social de la Iglesia, heredera de las corrientes conceptuales de la filosofía aristotélicotomista y la tradición foral ibérica que desembocó en la escuela clásica de juristas españoles del siglo XVI: Acción Nacional ha venido pregonando que el lugar de la comunión es la libertad de la persona humana, sustancia individual de una naturaleza racional y libérrima que entraña en consecuencia una dignidad categórica y sufre el derecho de perseguir su realización o bien temporal y que al socializar sus intereses y aspiraciones se orienta responsable y solidariamente al bien común, que es el bien natural de la comunidad política e implica el equilibrio subsidiario de los elementos del Estado, quien debe poner al servicio público todos los instrumentos materiales, culturales y espirituales para su plenitud; que sólo la democracia legitima que los derechos del hombre en cuanto hombre soberano se subordinen a una autoridad encargada de administrar acciones que redundan en utilidad individual y común; y que sólo la economía social de mercado, la iniciativa de los particulares mesurada por la ética y orientada por el Estado, hace viable el desarrollo. "Una patria ordenada y generosa y una vida mejor y más digna para todos" es la aspiración a la legalidad y establecimiento de la caridad o deber cívico como valores preeminentes.

Este es el partido que hace 60 años pronosticó que el ideal más enérgico y fecundo aumenta por lenta decantación los sedimentos de la concordia, y con esperanza apostó en una técnica de salvación que supedita el instante, lo contingente, anecdótico, al destino. Y ahí ha estado, en el impulso insobornable de salir a la plaza pública desde la época cuando el orador cargaba por tribuna un huacal de madera: en las añejas rondas de pro y contra; en la escuela de oratoria que se adoptó de la Asociación Católica de la Juventud de México; en los que exprimieron su bolsillo para pintar bardas o cocer engrudo y que tras agotadoras jornadas laborales ocuparon noches y domingos sin ser candidatos; en la abnegada actividad electoral aun en años cuando hacerlo costaba ser etiquetado como legitimador de un sistema democrático falaz y sólo se recibía subsidio en especie; en el representante de casilla que no toma agua por temor de ir al baño y descuidar las urnas; en la promoción de iniciativas de ley como las del amparo agrario, la creación de un sistema de seguridad social, el reparto de utilidades en la empresa, el voto femenino, el salario familiar, el adelgazamiento del aparato estatal, la representación proporcional, la creación de un instituto electoral autónomo, la credencial para votar con fotografía, aunque el régimen las ignore o se las apropie; en aquel panista que inauguró las interpelaciones al Informe presidencial y en Carlos Medina Plascencia que recién lo contestó en la escala del agravio histórico a la libre expresión; en las apasionadas disensiones internas que causaron expulsiones desde 1947 y la salida de destacados partidarios, entre ellos los ex candidatos a la Presidencia José González Torres, Efraín González Morfín y Pablo Emilio Madero; en la insistencia de que la educación es el suelo nutricio de la prosperidad; en la reiteración de que cualquier inconformidad debe ser pacífica; en las vigorosas protestas de los diputados panistas por la represión de ferrocarrileros en 1958, los sucesos de Tlatelolco en 1968 y el Jueves de Corpus sangriento de 1971; en la estrategia legislativa de negociar y pactar con otras fracciones escogiendo a veces el mal menor con miras a largo plazo; en el esfuerzo del Comité Ejecutivo por asumir simultáneamente posiciones contestatarias y de gobierno; en el militante, adherente o servidor público que acude a capacitarse y actualizarse; en las campañas sin recursos pero intensas como la de Luis Héctor Alvarez y en las cuales se hizo presente la mercadotecnia como la de Manuel de Jesús Clouthier o la de Diego Fernández de Cevallos; en el primer síndico panista de Tacámbaro, Michoacán, en 1947, y en quienes ahora administran más de 300 municipios y siete estados, uno por coalición; en los que asisten a desayunos pagando boletos y los que se prestan libros de Efraín González Luna o Maritain; en las miles de páginas que ha editado la revista La Nación desde 1941; en la inconmensurable energía de quienes han querido ser participativos en una sociedad abstencionista, libres donde hay poca libertad, honestos en medio de la corrupción; en los ideólogos Manuel Gómez Morín y Manuel Herrera y Lasso, los periodistas Carlos Septién García y Alejandro Avilés, los editorialistas José Angel Conchello y Jorge Eugenio Ortiz Gallegos, los tribunos Rafael Preciado Hernández y Adolfo Christlieb Ibarrola, los teóricos Efraín González Morfín y Carlos Castillo Peraza, los luchadores incansables Francisco Barrio Terrazas y Salvador Rosas Magallón.

Los principios de doctrina y el denuedo de las contiendas políticas han dado destino, misión y dimensión al PAN, que se perfila a asumir el Ejecutivo federal. Los millones de simpatizantes al partido y la acreditación del buen funcionamiento en la administración pública son buenos augurios, pero no suficientes. El reto de proyectar con ingenio, entusiasmo y esperanza el carisma de Vicente Fox evidente en las encuestas, como pieza fundamental del cambio justo, legal y pacífico de un gobierno como ejercicio del poder con criterio patrimonialista a la verdadera gestión del bien común.

Arturo Camilo Ayala Ochoa estudió Historia en la UNAM. Es militante del PAN desde 1988.

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