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el santo oficio El regreso de Santana
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¡Uy, el coco! Salvador Quiauhtlazollin
No amigo lector, el título no es una fantasmal alusión a Paco Stanley y el complot mongol para asesinarlo. A quien nos referimos es al más absurdo terror animal cinematográfico que permanece en la pantalla con insólito éxito: El cocodrilo. Una paleontóloga engañada, un soso inspector de la fauna, un millonario excéntrico y unos policías pueblerinos se dan a la tarea de descubrir al asesino de un buzo en un plácido lago de Estados Unidos. Lo que encuentran rebasa los delirios de cualquier guionista de serie B: un descomunal cocodrilo asiático que ha llegado, no se sabe cómo, a las frías aguas estadounidenses. La envergadura de la bestia se ha logrado gracias a una rica dieta de vacas enteras proporcionada por una dulce abuelita fascinada por la mesura y discreción del saurio. Pero las tiernas reses han terminado por hartar al amo de la laguna, que pretende variar su dieta con carne humana. Los devotos del churro aman sin duda alguna las apariciones de los saurios en la pantalla: imposible olvidar aquel desecho de excusado que se convertía en el Terror bajo la ciudad (Aligator, Lewis Teague, 1980), ni tampoco al sureño racista y esquizofrénico que alimentaba a su reptil faldero con los huéspedes de un motel, y finalmente es presa de su propio Cocodrilo (Eaten Alive y Death Trap, 1976, 1978). En estos estelares los escamosos animales eran gigantes, sanguinarios y, sobre todo, salían mucho a cuadro para anonadarnos con su fiera estampa. Para El cocodrilo un presupuesto más que generoso aportó un animal mecánico aún más impactante que sus predecesores que, sin embargo, parece un muñeco de alambre inmerso en un guión menos que universitario. El director Steve Miner ha sido especialista en malas cintas: ¿De qué color me quieres?, Eternamente joven y dos epopeyas de Jason Vorhiss son algunos de los fraudes que ha filmado. Con El cocodrilo alcanza su máximo de mediocridad con una cinta que, pese al agujero negro que infesta su argumento, podría haber sido más que entretenida. Después de todo, tenía elementos para deleitar al público dominguero: tripas al aire, protagonistas al límite de la sobreactuación y un enorme caimán verduzco. Pero una dirección oligofrénica y un malentendido ecologismo echan por el caño toda la película: ¡qué lástima que no fue a la inversa, porque del drenaje han salido mejores cocodrilos!. El cocodrilo (Lake Placid). Dir. Steve Miner. Con: Bill Pulman, Bridget Fonda, Brendan Gleeson. Salvador Quiauhtlazollin estudió Derecho, es periodista free-lance. |
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