![]() |
el país | el mundo | dinero | columnas |
| gente | medios | ciberia | ensayos | |
| libros | cultura | mañana | tianguis | |
| espectáculos | etcétera | |||
|
columnas |
||
|
por los caminos de sancho nostalgia el revés de la trama bahías guía de perplejos freakziones
|
textos Cañeros
Rubén Mújica Vélez
Mario, hijo: el azúcar es amarga. El camino no podía estar peor. La camioneta brincaba como potro recién domado y los hoyancos llenos de agua de lluvia que se había convertido en barrizal en unos y en trampa para los vehículos, en otros, amenazaban a cada momento. Los bellísimos cañaverales, algunos atrasados en su zafra por mala programación en los frentes de corte, florecían. En otros, las áreas zafradas dejaban ver los residuos de las labores. Diseminados, los cortadores tomaban un respiro a su dura labor y un grupo se refugiaba de la llovizna pertinaz bajo un bajareque donde humeaba la rústica cocina. ¡Sabrosas "penchas gordas" habrían de saborear los "negros". Así le llaman a los cortadores de caña porque en su inhumana labor diaria siempre salen de ese color al meterse a los cañaverales recién quemados y machete corto en mano cortar las cañas, procurando hacerlo muy abajo para aprovechar al máximo el azúcar acumulada. De pronto la camioneta empezó a lanzar una intensa humareda, y el ruido ahogado característico del agua hirviendo le indicó que había sufrido un desperfecto. Se detuvo y casi de inmediato se vio rodeado de múltiples "negros" que solícitos le ayudaron a destapar el radiador y desahogar la presión contenida. El problema no era mayor pero la camioneta estaba para ser arrastrada y para esa hora tardarían varias en regresar los camiones cañeros que habían partido para el batey. Se sintió en un mundo que, su cultura cinéfila, le recordó a Buñuel. Su sencilla camisa de algodón y el pantalón de dril resultaban prendas elegantísimas al sentarse entre todos los "negros", a tomar una taza de café. Mientras se esforzaba por soportar el intenso, sofocante tufo de sudor agrio, añejado, disimuladamente empezó a observarlos. Allá un viejo cortador que rondaría los 60 años fumaba un pésimo cigarrillo con delectación explicable por el agotamiento físico. Andrajos que no ropas semicubrían su entera humanidad. Desnudo el pecho, porque la camisa eran jirones desordenados, mojados y sucios, se percibía una larga cicatriz seguramente producto de un duelo a machetazos. Por cinturón, un pedazo de cable grueso sostenía una caricatura de pantalón; agujerado en diversas partes; en la extremidad se había desgarrado lo que alguna vez fue la valenciana. Todos los estrafalarios andrajos habían adquirido un intenso color negro que hacían olvidar el remoto azul o blanco original de las prendas. Los huaraches eran un remedo de la cómoda sandalia. Solamente el machete, filoso y seminuevo, reflejaba el interés de los patrones por que la zafra se realizara a la mayor velocidad posible. Su mirada, mientras fumaba, se perdía entre el verdor de los cañaverales y su melancólica figura evocaba la soledad y la tristeza humanas en su más alta expresión. ¿Qué recuerdos rondarían por aquella vida cuajada de desesperanzas y frustraciones. Cuántos sueños no realizados, amores que quedaron en el camino y traiciones dolorosas, entre muy escasos momentos de felicidad plena? Frente a él, un joven imberbe, casi un niño, le escudriñaba con curiosidad descarada, sin reparar si le resultaría enojoso. Pero pronto advirtió la envidia que le inspiraba su ropa que, sencilla para su medio, resplandecía entre los "negros". Observó al joven y advirtió la falta de su pulgar izquierdo. Pronto sabría que un erróneo machetazo lo cercenó brutalmente. La ropa era la misma en todos, no había diferencias sensibles. Solamente variaba el gesto en cada uno de ellos. Era notorio que a mayor edad campeaba la tristeza, la desesperanza o el augurio de la cercanía de la muerte. Porque entre los cortadores de caña, siempre es una tétrica vecina. Un descuido menor y la dura, insalvable, mordedura de una serpiente acompañada de un estridente alarido harto conocido: ¡Ya cayó otro compañero!, casi se musita entre los que se encuentran lejos, mientras los próximos acuden a ayudar, mientras otros hacen trizas al ponzoñoso animal. La lejanía de los paupérrimos consultorios garantiza los efectos mortales del veneno y poco después alguien regala un viejísimo petate para envolver el cadáver. El camión de redilas llevará la carga y los despojos mortales de alguien que quedará en una fosa común, sin nombre, sin corona mortuoria, sin rezos, sin cirios, sin nada, tal y como terminó su camino en un vida ignorada. Es común oír poco después: -¿Oye compa, cómo se llamaba el difuntito? -No tome a mal la respuesta. Solamente me platicó que era mixteco de Oaxaca y que tenía tres niñitos y la ilusión de hacer una casita para ellos. Ya no se le hizo... -Eufrosio -preguntó- ¿siempre han trabajado así? -Mire, amigo, ahora es menos duro porque de algo han servido los partidos políticos nuevos y los periódicos que han denunciado nuestra miserable situación. ¡Pero nosotros seguimos siendo "negros", tiznados hasta el alma! Hasta hace muy poco no había consultorios médicos, aunque los de ahora con frecuencia no funcionan y los médicos no están en su lugar o no hay medicinas. Una mordedura de víbora es mortal por necesidad. Trabajamos desde las siete de la mañana hasta las siete de la noche con un rato para el itacate que lo comemos más frío que mano de muerto. Además de las víboras, choferes borrachos o tarugos han aplastado a varios compañeros, la alzada de caña es peligrosa porque la grúa puede darte un cabronazo y o quedas loco de remate o te mueres. Luego deberías ver los jacalones donde morimos más que vivimos; húmedos, con plásticos por división entre los cuartuchos, con agua del apantle, sin luz eléctrica, con escuincles que ven la vida íntima de todos, en fin, una vida de perros. Pero ni modo, es la maldita necesidad... -Pero, ¿y los programas que anuncian por la tele, sobre dormitorios presentables, agua potable, médicos, seguro social...? -Mira, es puro jarabe de pico, al menos aquí. En esta región la ley es la que impone el dueño del ingenio. ¡Te parecerá increíble, pero el muy cabrón el año pasado encargó un carro de ferrocarril con su ron preferido. Vieras cómo viven sus caballos de carreras, ya quisiéramos nosotros comer así. Con todo lo que te digo, ¿tú le creerías a los políticos; de izquierda nueva o de derecha vieja? Todos son iguales. Sólo quieren los votos para encumbrarse. Los políticos locales como mendigos vienen a pedirle para sus campañas, los presidentes municipales de la zona parecen sus mozos y hasta van a comprarle sus puros y los lenones y sus congales están a sus órdenes para cuando vienen los inspectores de cualquier secretaría. Encuentran su fajo de billetes, sus viejas y si es posible hasta sus "pericazos". Por eso, esto sigue igualito que en tiempos de don Porfirio, sólo que entonces los patrones, dice mi abuelo, eran más compadecidos. -¿Y el trabajo con los ejidatarios con parcelas que abastecen al ingenio? -Son iguales o peores que los propietarios privados. Solamente quieren hacer dinero rápidamente y contratan a la palabra hasta a sus parientes y a todos, a todos, los chingan de sol a sol, mientras ellos en las cantinas del rumbo parecen gigantescos Budas "pisteando" y rascándose la panza. Cuando vienen los líderes nacionales con nosotros ya ni se asoman. La última ocasión casi encueramos a un cabrón y lo lanzamos enmedio del cañaveral para que oyera el silbido de las nauyacas... -Entonces los ejidatarios aquí son igualitos a los patrones... -Igualitos, y los que no, son como yo, ejidatario sin parcela y esperando que algún día he de tener un pedazo de dos por dos por uno para que me entierren... -Lic., ya llegó el camión, ya van a jalar su camioneta. Se alejó de los "negros" y al paso de los cañaverales en pie alcanzó a distinguir la siseante, fatídica canción de las serpientes. Los "negros" reanudaban la zafra, mientras en el bajareque Eufrosio volvía a su pésimo cigarro, a su ensimismada actitud y a dejar perder en la verdinegra lontananza montañosa su mirada triste. Rubén Mújica Vélez fue delegado de la Procuraduría Agraria en varios estados de la República. |
|
|
|
![]() |