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por los caminos de sancho Medina
Renward García Medrano
A lo que yo veo, amigo Sancho, estos no son caballeros, sino gente soez y de baja ralea. Si hemos de construir una democracia en serio, no podemos quedarnos en la reforma al sistema electoral; hacen falta muchos cambios, entre ellos, la reconstrucción de nuestra cultura política y nuestras pautas de relación con los demás. La democracia mexicana entraña la desaparición de los excesos del presidencialismo, cultivados por el Presidente en turno, y de lo que llamaré el señorpresidentismo, cultivado por el resto de la clase política. Presidencialismo y señorpresidentismo, enraizados por cierto en las culturas española y mexica de las que procede el México de hoy, convirtieron en mito a la institución presidencial, y el mito se transformó en ingrediente esencial del orden político. Nada de esto es nuevo, si bien el tema no había llegado al debate público abierto hasta hace pocos años. Lo nuevo es la forma que está asumiendo el final del señorpresidentismo: la confusión de la crítica con la ofensa; del disenso con la negación de todo mérito ajeno; de la libertad con los excesos. Confusión que no sólo se da entre grupos y personajes como el "Mosh" o "Marcos"; no sólo en el PRD y con sujetos como "Superbarrio" o López Obrador, sino también en el PAN, como se ha encargado de demostrarlo un advenedizo, Vicente Fox, y como lo hizo el 1 de septiembre Carlos Medina Plascencia en el Palacio Legislativo. Como presidente del Congreso General, el diputado Medina tuvo todo el derecho de dar una respuesta autónoma, incluso crítica y hasta severa, al mensaje presidencial. Si algo debió quedar atrás desde hace tiempo es el discurso meloso, acrítico, en ocasiones abyecto, que repetían los políticos al comentar cualquier cosa relativa al Presidente de la República. El discurso que se esperaba del presidente de la mesa directiva del Congreso General, no sólo debió acreditar la autonomía del Poder Legislativo, sino hacerlo con un mínimo de comedimiento y decoro. Debió, además, satisfacer dos condiciones éticas y políticas: ser representativo de la opinión del conjunto de los colegas diputados y senadores en cuyo nombre habló el diputado Medina, y mantener la sobriedad y corrección que se esperan de un acto solemne como el de la noche del 1 de septiembre. El discurso de Medina no satisfizo ninguno de estos requisitos. Desde el primer párrafo utilizó un lenguaje y un tono de enfrentamiento que dio lugar a un espectáculo deplorable de las distintas bancadas de legisladores, en especial los priistas que hubieran querido silenciar al orador. Este y aquéllos estuvieron muy por debajo de la dignidad y respeto a que los obliga su condición de miembros de un poder de la Federación. Medina Plascencia, en efecto, inició sugiriendo su duda de que el contenido del documento entregado por el presidente Zedillo fuese el informe sobre "el estado que guarda la administración pública federal". ¿Era necesario poner en duda el contenido del texto presidencial? ¿Creen los diputados y senadores o siquiera los legisladores del PAN que el Presidente de la República sea capaz de entregarles un texto por otro? ¿Ha dado lugar el doctor Zedillo a las suspicacias groseras del diputado panista? El discurso de Medina es tramposo, y trataré de demostrarlo en el corto espacio del cual dispongo. "De nada sirve -afirmó- escuchar una vez más que `vamos bien` si la pobreza sigue aumentando peligrosamente en el país". ¿Acaso dijo el presidente que "vamos bien" así, a secas, sin matices? ¿Lo ha dicho alguna vez? ¿Ha negado o negó en su mensaje la gravedad de la pobreza? ¿Cree Medina que en cinco años de gobierno con uno de recesión y otro, 1998, de desaceleración económica, pudo o debió el gobierno acabar con la pobreza? ¿Lo habría hecho una administración panista? ¿Cómo, diputado Medina, cómo? El mensaje del Presidente, diputado, estuvo lejos de ser triunfalista. ¿Esperaba usted un mensaje derrotista, en el que se negaran los avances macroeconómicos y se diera una visión incierta del futuro inmediato? ¿Por qué, diputado? ¿Recomienda usted que el gobierno niegue o minimice las condiciones propicias para la inversión que, por fortuna, han atraído nuevos capitales mexicanos y extranjeros hacia la producción y la generación de empleos? ¿Qué ventajas habría obtenido el país si el Presidente hubiese cometido tal disparate? Reclama usted al Presidente que la "más peligrosa (impunidad de la delincuencia organizada) es la que se gesta y opera desde los altos niveles del gobierno". Acusación grave, don Carlos, que si usted no prueba adquirirá la calidad de calumnia o difamación. Calumnia que, no tenga usted la menor duda, quedará impune, no sólo por la inmunidad que le da su investidura sino porque la tolerancia y la sensatez permiten que se infiera cualquier ofensa, cualquier ataque al gobierno, sin la más mínima responsabilidad de probarlos. Y eso, diputado, se llama impunidad. Es el señorpresidentismo al revés, que nada tiene en común con la democracia. La democracia no se construye con leyes solamente. Ni siquiera con instituciones como el impecable sistema electoral que tenemos. La democracia es sobre todo una cultura que, si no la tienen los líderes políticos, pueden empujar al país a la anarquía o la dictadura. Lo dijo Carlos Castillo Peraza (El Universal, 2/IX/99): "Los partidarios del autoritarismo, del tumulto, de la violencia y hasta del golpismo se habrán frotado las manos al contemplar lo que sucedía en el recinto del `honorable Congreso de la Unión`". Renward García Medrano es periodista. |
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