etcétera el país el mundo dinero columnas
gente medios ciberia ensayos
libros cultura mañana tianguis
espectáculos etcétera
libros

Nacimiento de fantasmas
Eve Gil

tintero
Así escribo
Julio Cortázar

de la imprenta

atril

 

 

 

 

 

Un laurel bajo la almohada
La sobriedad de Lucía Rivadeneyra

José Manuel Mateo*

El volumen que le valió a Lucía Rivadeneyra el Premio Nacional de Poesía Enriqueta Ochoa 1998 representa un lance afortunado que recupera palabras y giros cuya fuerza evocadora y significativa se ha desgastado en el trajín diario de la conversación y los textos urgentes.

Los poemas reunidos bajo el título En cada cicatriz cabe la vida son organismos compactos y sobrios donde las expresiones coloquiales renacen mediante recursos sencillos pero efectivos. Basta, por ejemplo, la sustitución de hotel por mujer -que incluso desde una perspectiva sonora se asemejan- en la frase hotel de paso para crear un nuevo sentido aprovechando la carga semántica de la frase en el lenguaje corriente:

Una mujer de paso
es en los sueños huella

Los hoteles de paso forman parte del paisaje urbano, nocturno, clandestino, a veces sórdido. Son espacios casi mitológicos donde hombres y mujeres se inician o ceban su sexualidad al margen de la familia y las buenas costumbres. Son los altares de la prostitución y la doble moral donde el deseo se administra en cucharadas intensas pero breves. Una mujer de paso es constancia de lo efímero, de las ganas instantáneas; es la mujer de la otra orilla, la deseada aun a sabiendas de que su posesión constituye un comercio ilícito. Se trata de un personaje real y al mismo tiempo de un arquetipo que obsesiona, de ahí su presencia profunda en el inconsciente del que sueña. Como realidad corporal resulta olvidable, pero su presencia en la imaginación y el alma permanece. La recreación poética de los hoteles de paso ha sido explorada antes por Arturo Trejo con sus mesteres de hotelería, aunque en éstos el lector asiste a la celebración del amante satisfecho, mientras el poema que nos ocupa apunta hacia una actitud reflexiva.

La expresión de paso determina la doble condición de esta mujer -presencia física momentánea e imagen interna perdurable- y al mismo tiempo la instala de golpe en la ciudad, la cual, sin embargo, le es ajena:

Una mujer de paso
es en los sueños huella,
tatuaje en el asfalto
y sonido lejano de campanas.
Bajo su almohada esconde
un puño de laurel
y en el tobillo ostenta una pulsera.

Se trata de una mujer llegada de un ambiente provinciano donde el tiempo se mide todavía en función de los horarios de la iglesia. Quizá el personaje confía en los poderes farmacológicos del laurel o practica la coronación de algún triunfo íntimo; si éste es el caso, de nuevo atestiguamos la resignificación de una frase hecha, sólo que el procedimiento no se basa ahora en la sustitución de uno de los términos sino en la alusión más o menos evidente de la expresión dormirse en sus laureles. Sueños-almohada-laurel conforman una tríada semántica afín a dicha expresión mediante la cual se afirma la capacidad del personaje para despertar el deseo sin más esfuerzo que dejarse ver.

Colocar hojas de laurel bajo la almohada nos indica una acción íntima; la pulsera en el tobillo constituye un accesorio externo destinado a los ojos del hombre: es un guiño y hasta cierto punto una marca de sensualidad que remite al atuendo y a la disposición de las cortesanas.

Con este procedimiento de recuperación y transfiguración de expresiones, Lucía Rivadeneyra ofrece un libro construido a conciencia, donde a veces nos coloca al margen de sus personajes y ambientes para que podamos contemplarlos y a veces nos instala en el centro de una profunda recreación de su experiencia vital.

Lucía Rivadeneyra, En cada cicatriz cabe la vida, México, Juan Pablos, 1999.

*Es poeta y editor. Autor de la plaquette 13 contra el polvo.

principal | correo | publicidad | búsqueda | suscripciones | anteriores