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Traumas bélicos
El hombre de la guerra interminable

José Luis Durán King

La isla perdida de Guam, en el Pacífico sur, donde Shoichi Yokoi vivió casi 27 años, fue destruida por un tifón. La réplica que tomó el lugar de la porción destruida es tan inhóspita que es difícil imaginar que alguien hubiera sobrevivido en ella. Sin embargo, en enero de 1972, a los 56 años de edad, el sargento Yokoi, del ejército imperial japonés, abandonó para siempre la jungla después de haber sido visto por dos personas y de que los espíritus de sus camaradas muertos lo convencieron para que dejara su escondite.

El oficial fue trasladado a un hospital, donde los doctores lo acomodaron en el aparato de rayos X. Al no reconocer el equipo médico moderno, el sargento dijo a los galenos: "Si quieren matarme, háganlo rápidamente". Los profesionales tranquilizaron al fósil viviente, quien supo adaptarse a las difíciles condiciones de la jungla, vivir de frutas y verduras, de peces y roedores, así como de ranas ricas en proteínas. Cuando su uniforme oficial pasó a mejor vida, Yokoi elaboró sus propias prendas de vestir utilizando cortezas finas de árbol, para lo que resultó de gran ayuda el oficio de sastre que aprendió durante su vida civil.

Shoichi Yokoi regresó a Japón 31 años después de haber salido de aquel país; fue recibido con bombos y platillos, un homenaje que en opinión del sargento era inmerecido. "Yo tenía en mi poder un arma del emperador y debía traerla de regreso", dijo el modesto y apesadumbrado guerrero. Asimismo, ofreció disculpas por no haber cumplido plenamente sus deberes, aduciendo sentir vergüenza "por haber regresado vivo a casa".

Los expertos en traumas de guerra han denominado al sentimiento de Yokoi "la culpa del sobreviviente". De los 22 mil soldados que defendieron Guam, alrededor de 19 mil murieron cuando las tropas estadounidenses conquistaron la isla en 1944, y dos mil sobrevivientes huyeron a la jungla. De estos últimos, la mayoría depuso las armas cuando Japón se rindió en 1945, pero el sargento Yokoi, junto con un puñado de soldados más, no lo hizo, aparentemente por ignorancia de que la guerra había terminado. Otros dos colegas del sargento murieron en 1964, dejando al peculiar gladiador sumido en la soledad de la selva.

Aunque Shoichi Yokoi captó la atención mundial al sobrevivir como una especie de Robinson Crusoe en un hábitat completamente hostil, las generaciones japonesas de la postguerra no comprendieron del todo que un soldado mantuviera una lealtad inquebrantable a su ejército y a su emperador: Hirohito. Entre los japoneses viejos quizá hubo lugar para la nostalgia, no así para una juventud que vio con indiferencia el ascenso, en 1990, de Akihito al trono de crisantemos, luego de que Hirohito, emperador de emperadores, falleciera.

No obstante, para los contemporáneos y colegas de Yokoi su vida giraba en torno al emperador, descendiente directo de la diosa Sol, quien disponía deberes religiosos para ser cumplidos lo mismo en las tareas cotidianas que en el noble arte de la guerra. Y así como los musulmanes rezan inclinándose hacia la Meca, durante el mandato del emperador Hirohito los niños de las escuelas de Japón volteaban en dirección de Tokio antes de tomar asiento. La de Hirohito fue también la época de los pilotos kamikaze, quienes dirigían sus naves cargadas de bombas contra los objetivos enemigos, en verdaderas misiones suicidas. Sólo después de la guerra, cuando los mandos estadounidenses concluyeron que la reverencia popular hacia el emperador podía obrar en su favor, obligaron a que Hirohito renunciara a su categoría divina, redactando así su "Declaración de humanidad", documento que cayó como balde de agua fría en la entereza espiritual del pueblo japonés.

Aunque el sargento Yokoi fue el más famoso de los viejos guerreros que regresaron de la jungla, hubo otros que rechazaron la idea de que Japón pudiera haber sido vencido. Dos años después del regreso de Yokoi, Hiroo Onoda, un teniente, fue descubierto en Filipinas por algunas personas del lugar. Su rifle (contrariamente al de Yokoi) todavía funcionaba, y la fuerza de su compromiso hacia el emperador y su patria era incluso más sólido que el del sargento Yokoi. Sólo cuando su antiguo comandante lo contactó en Filipinas, el teniente Onoda aceptó rendirse.

Pese al tiempo perdido, Yokoi se adaptó increíblemente rápido a la vida japonesa moderna. Nueve meses después de su retorno se casó. Más adelante se convirtió en un activo pacifista, escribió dos libros y trabajó como comentarista de televisión en un programa de tácticas de supervivencia. No obstante, mostraba desacuerdos con el Japón que encontró tras su prolongado regreso. Su país experimentaba un impetuoso crecimiento económico. ¿Qué había sucedido con las cualidades antiguas de elegancia, armonía y simplicidad? "Los cursos de golf ahora se imparten en lo que fueron campos de frijoles", escribió en su momento. Los japoneses deben vivir de manera simple, frugalmente y sin dispendio.

En 1974, Yokoi compitió por un escaño para la Cámara alta del Parlamento japonés. La leyenda de su campaña fue "una perdurable vida crítica". Sus puntos de vista condensaban mucho del puritanismo de los tiempos de guerra: "No coman excesivamente. No gasten mucho. No sean vanos, utilicen su cerebro". Por supuesto, perdió en las elecciones; de manera soterrada, continuaba rindiendo honores a las virtudes de la autarquía.

En sus últimos años se alejó de la vida pública. Compró una granja, donde sembraba vegetales y desencantos por la vida japonesa moderna: "No estoy contento con el actual sistema educativo, con la política, la religión, casi con todo". El 22 de septiembre de 1997 falleció a causa de un ataque cardiaco. Su muerte quizá fue sólo un regreso a la profundidad de una jungla cuyo orden dependía de la naturaleza, no de leyes emanadas de hombres que han olvidado sus vínculos divinos.

José Luis Durán King es autor del libro de cuentos Tabula Rasa.

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