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difusiones Simpáticos
Francisco Báez Rodríguez
La americanización de la política mexicana avanza con pasos firmes. Prueba de ello no son solamente los anuncios en los medios electrónicos; también la creciente presencia de aspirantes a puestos de elección popular en programas exclusivamente de entretenimiento. El proceso de transculturación política ocurre por dos caminos. Uno es la búsqueda del voto menos politizado de la población. En una entrevista de noticiero, el candidato llega al público más informado, el que se interesa en las cuestiones públicas; participando en las emisiones de entretenimiento alcanza y se posiciona incluso en sectores que suelen huirle a las noticias y a la política. Otro camino es la presentación de los aspectos personales, humanos, como un activo (o un pasivo) político, bajo la premisa -finalmente discutible- de que un político simpático, con sentido del humor, es automáticamente un buen político. En días pasados, tres precandidatos priistas, Roberto Madrazo, Humberto Roque y Manuel Bartlett visitaron a Adal Ramones en Otro rollo y el panista Vicente Fox hizo lo propio en Derbez en cuando. Cada uno intentó ser agradable a su manera. Obviamente, Madrazo tuvo que jugar con su nombre y con el anuncio que no dice la palabra "güevos"; Roque tuvo que explicar todo lo que a usted no le interesaba saber acerca de su famosa señal, y Bartlett comentar acerca de sus novias de juventud y la caída del sistema. Fox se fue por el camino del guión preestablecido y actuó como patiño de lujo del profesor Armando Hoyos, que interpreta Derbez. Todos consiguieron buenos índices de audiencia, aunque ninguno fue capaz de emular a Bill Clinton, quien se hizo de una imagen cool cuando tocó el saxofón en el talk show de Arsenio Hall. En ninguno de los casos los políticos avanzan idea alguna acerca del proyecto de país que se plantean, pero en todos dejan impresiones, percepciones, acerca de quiénes son personalmente. De eso precisamente se trata, de fijar imágenes en el imaginario colectivo, no de discutir ideas. Por esa razón es complicado establecer cuánto gana en popularidad un político al aparecer en este tipo de emisiones, si es que lo hace. Lo más probable es que sea muy poco, algo quizá imperceptible. Por ejemplo, de nada le sirvió en 1997 al panista Carlos Castillo Peraza presentarse varias veces en el programa de Víctor Trujillo y demostrar su humor y su capacidad para devolver albures. Fue derrotado por el contendiente más hierático de la boleta. Ese contendiente, Cuauhtémoc Cárdenas, y el otro precandidato priista, Francisco Labastida, no habían aparecido en los programas ligeros a la hora de la entrega de estas difusiones. Labastida utilizó como pretexto que el día posterior a la emisión sería el V Informe del presidente Zedillo y no quería hacerle sombra. Bartlett no tuvo ese prurito y asistió. Y está claro que a Carlos Medina Plascencia no le importó hacerle sombra al Presidente con independencia de la programación televisiva del día anterior. En Estados Unidos, tras el affaire Lewinsky, la ciudadanía y los medios están emprendiendo el largo camino de regreso del marketing (infra) político a una política en la que cuenta más el discurso y los logros. Lo más probable es que se queden a la mitad del camino. En México aunque tenemos la oportunidad de quemar etapas, luego de vernos en el espejo del vecino del norte, todo indica que al menos en las próximas elecciones federales no lo haremos. En ellas, por lo visto, lo importante no será convencer sino seducir. Francisco Báez Rodríguez es subdirector general del periódico Crónica. |
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