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el revés de la trama El ritual
Edgardo Bermejo Mora
A principios del sexenio se reconoció como un gesto positivo que el presidente Zedillo modificara algunos aspectos flemáticos y suntuosos del viejo ritual republicano del Informe. Era necesario cambiar la función de opereta en que lo habían convertido las décadas del presidencialismo imperial. Por principio de cuentas se deshizo del militar con rostro afectado que cubría las espaldas de los presidentes, escoltándolos hasta el exceso como si alguien pudiera atentar contra su jefe en el territorio enemigo del Poder Legislativo, o en todo caso para ostentar sin elegancia la presencia de las fuerzas armadas en nuestra vida republicana. El señor en traje de gala que hacía las veces de estatua sin mover un dedo mientras el Presidente hablaba sin parar, sólo deteniéndose para recibir conmovido el aplauso torrencial de sus admiradores, salió de cuadro gracias a Dios. Se acabó también la salutación, ese desfile pintoresco que retrataba como ningún otro nuestro régimen vertical basado en la abyección generalizada al Tlatoani de la banda tricolor al pecho. El sobrenombre que se puso a esta parte de la función, el "besamanos", describe por sí solo los alcances de la ignominia en el país de un solo hombre. Por fortuna Ernesto Zedillo canceló también la peor parte del numerito: el desfile faraónico en la república del confeti. Se acabó el recorrido triunfal de resonancias épicas en donde el pueblo entero salía a las calles para agradecerle al señor Presidente las buenas nuevas entre vítores y matracas, mientras los comentaristas en cadena nacional anunciaban la llegada inminente de un reino de felicidad, orden y progreso. Nada más ridículo que contemplar la resistencia atlética de los guaruras en traje de terlenka y gafas, que debían correr a la par de la limusina para proteger al Presidente, quien era escoltado, además, por cadetes a caballo del Colegio Militar y un escuadrón de motociclistas panzones. Al frente, trepados en un camión de redilas, una turba de periodistas que tomaban hasta el cansancio fotos del mismo instante: la conversión del político en caudillo en su recorrido de San Lázaro al Palacio Nacional. Se podían adivinar las primeras planas de los diarios del día siguiente: "La Revolución Avanza" -dos puntos y tres letras con las siglas del momento-. Al centro de la plana, el retrato sonriente del jefe del Ejecutivo que extiende las manos al cielo para saludar a la gente que se empuja en las aceras y lo mira pasar. Con Ernesto Zedillo se puso fin a estos aspectos grotescos del ritual, pero le faltó modificar la parte principal: el Informe mismo. Lo que vimos el miércoles pasado es sólo una consecuencia más de un régimen que debe pagar el costo de no llevar las reformas que impulsa hasta sus últimas consecuencias. Que privilegia la forma, pero descuida el contenido. No bastaba con despojar al ritual de su escenografía bufa. Más allá de cancelar los aspectos barrocos de la ceremonia, era necesario replantearlo en el entendido de que se busca una nueva relación entre los dos poderes ahí reunidos. La nueva composición del Congreso, dividido en tres grandes fracciones, con presencia mayoritaria de la oposición, obligaba a pensar en una nueva fórmula para el Informe. En este aspecto faltó la iniciativa del Ejecutivo, pero sobre todo la de los legisladores que pudieron cambiar las reglas del ritual y no lo han hecho. Hemos dejado atrás la pésima costumbre de hacer del 1 de septiembre el día de los anuncios espectaculares y las decisiones atrabancadas; tampoco se ha usado la tribuna para desplantes histriónicos a la López Portillo, o manotazos autoritarios al estilo de Díaz Ordaz. Se dejaron también atrás los informes maratónicos de Miguel de la Madrid -cuyas intenciones oscuras, al parecer, eran vencer por fatiga al enemigo que seis horas después de escuchar la misma voz no tendría fuerzas ni ganas para replicar-; así como los arranques triunfalistas y egomaniacos del salinismo. Zedillo, hay que reconocerlo, optó por una fórmula más cercana a la nueva realidad: un mensaje relativamente breve contenido político, y no ya una retahíla delirante de cifras y porcentajes. Un balance general del estado que guarda la administración y nada más. ¿Por qué no, entonces, regresar a su asiento para escuchar una ronda de comentarios a su mensaje en voz de todas las fracciones? ¿Por qué no, incluso, ofrecer una contrarréplica, todavía más breve, tras oír las opiniones y objeciones de un diputado de cada fracción? Se ganaría en efectividad y decoro, sin tener que llegar al desplante desesperado de un solo diputado, Carlos Medina Plascencia, que quiso vengar en tres minutos un siglo de vejaciones al Poder Legislativo. Atrás quedó la vieja comedieta presidencialista, pero lo que vemos ahora no es más edificante. Edgardo Bermejo Mora es escritor y periodista. Correo: edbeme@prodigy.net.mx |
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