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La pieza y el objeto

Daniel Rodríguez B.

En la espléndida Galería OMR se exhiben fotografías de Mauricio Alejo (México, 1969) bajo el nombre de Objetos ajenos, dándole a la obra de este joven fotógrafo la importancia y el espacio que merecen. La exhibición parece dividida en dos formas distintas de presentar los objetos. Una primera parte, la que quizá tenga más arraigo en la obra de Mauricio Alejo, es presentar apenas el filo de un objeto: sacapuntas, saleros, exprimidores, tenedores, todos utensilios comunes que apenas y alcanzan a mostrarse fuera de una oscuridad total -donde Alejo puede explorar los claroscuros, las distancias, las texturas- y el centro, el foco, alcanza sólo un detalle. Los objetos de esta parte de la exhibición siempre son metálicos y su presentación está en un blanco y negro que los aisla, y los suspende en un momento que podría llamarse de vejez del objeto: las abolladuras son arrugas, llevan como las personas las huellas de quienes los han usado o acariciado, y esperan una muerte que nunca ha de llegarles por completo, sólo será otro roce, otro golpe.

La segunda forma de representación trata con objetos de plástico, regularmente botellas de refresco, que utiliza para atravesarlos de luz, es decir, también podemos atravesarlos con la mirada; el proceso técnico le permite mostrar algo así como la radiografía del objeto; aquí Alejo busca mostrar no tanto el objeto en sí mismo sino sus entrañas.

Para Alejo, los objetos industriales, fabricados en serie, obtienen cierta distancia, ganan dignidad gracias, precisamente, al proceso de su degradación. Sin embargo, la degradación de los objetos no necesariamente expresa nostalgia, puede ser al mismo tiempo la imagen de su porvenir. Alejo se enfrenta a las cosas terminadas señalando la manera como ese deterioro las convierte en el objeto: gracias a ella pierde su inocencia serial, de masa, para hacer incluso de su marca, ahora deslavada, casi invisible, una seña propia.

Pero, ¿por qué objetos viejos? El título de su exhibición subraya el curioso encuentro con los objetos retratados; Alejo se pasea por la ciudad y las casas de sus amigos como por un inmenso almacén donde se hace pasar por el trapero-alquimista que espera paciente el encuentro con el objeto ajeno que le permita la transmutación de la mercancía en pieza: de objeto indiferente y ajeno a entrañable y propio, ese paso necesita tiempo.

El tiempo es la impronta que otorga a los objetos "singularidad"; esta deformación, la vejez del objeto, no tiene mejor motivo que el de convertir objetos utilitarios en objetos sin uso, y a su vez la imagen de esa inutilidad resulta ser aquello que los convierte en arte. Su invalidez, es decir, dejar de ser aquello para lo que habían sido fabricados, los eleva de su condición anónima y nos permite reparar en ellos. Las fotos de Alejo son la celebración de las diferencias entre objetos idénticos; un jabón, por ejemplo, no es nada hasta que un cuerpo lo desgasta en forma tan específica, una botella de plástico de un litro y medio de refresco es igual a las otras, pero una vez desechadas parecen llevar algo de sus dueños; las fotos dan permanencia a objetos que no la tienen; también cierto canon moderno gusta ver a las personas a través de sus objetos, y acaso no sea sino una forma imaginaria de matizar la excesiva frialdad del arte contemporáneo donde los objetos parecen decirnos más de nosotros mismos que un retrato. En cualquier caso, en la visión del objeto Alejo consigue lo que acaso sea el mayor de sus logros: convertir una imagen gratuita -por su irrelevancia- en signo inequívoco del mundo contemporáneo, vacuo, pero prolijo, donde las imágenes se presentan en su estado indiferenciado y ambiguo. Mauricio Alejo tiene el poder de transfomar lo obvio en un enigma.

Daniel Rodríguez B. es ensayista. Colabora en nexos y Viceversa.

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