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puros cuentos Fábula de dos amantes y una muerte Armando Vega-Gil
Magdalena tiró con furia del cable, aunque tal vez la furia velara con su máscara inequívoca la marejada de horror y divinidad que la ahogaba desde un punto incrustado en alguna parte de su cuerpo, zona desconocida e intocada que la cubría con un abrazo denso, delirante por tanta lucidez, un lugar del corazón que no lograba entender y que, por tanto, decidió darle por nombre alma. Magdalena tiró con furia del cable, con amor, por lo menos, y Ezequiel, a partir de entonces, no fue otra cosa que un largo quejido, carne-huesos de aullido, tromba de imágenes y un rezo condensados en ay de filos, ay de espadas que se hundió en ella (su profundo espejo, ella) por debajo del vientre, muy dentro, más allá de los abismos que la habitaban. Magdalena tiró con furia del cable y desbordó su vida en un arco de luz nunca antes posible, porque a partir de ahora la vida no era si no la confirmación de su contrario. O quizá no, la muerte no. ¿Por qué, pensaba ella, la muerte había de ser el lado oscuro de la vida, su negación tajante, si la vida era apenas tan momentánea, tan nada? ¿Por qué, pensaba él, si la muerte es al contrario eterna, inabarcable? ¿Dónde, pues, estaba aquella parte inmortal de la vida, ese infinito anhelado? ¿Dónde la memoria, la idea que nos vuelve inmortales en la remembranza y el sueño? ¿Dónde si la muerte se lleva todo, y todo se hace amnesia, vestigio incompleto? Y aun así Magdalena se desbordó a la vida en un arco de luz, surtidero de océanos, carne, dioses sin nombre. Ezequiel cruzó con ella una última mirada, una última que, sin embargo, sería la primera, la única, la verdadera, porque en ella, tiempo presente, al fin se reconocían imagen uno del otro, porque sus ojos ahora eran el cielo y el infierno, Dios y el Mal, principio del fin, fin de lo que nunca termina por nacer. Tiempo pasado. Cruzaron una última mirada, la fundamental quizá, y ambos supieron que esta historia hecha de martirios jamás se repetiría, por lo menos entre ellos, que ahora ellos eran los únicos seres de la vida. El supo que moría, y esta certeza prosaica cubrió de excremento su arrobo divino, lo volvió de pronto carroña, templo de larvas, nunca más vuelta al dolor. Ezequiel supo que moría por esta suspensión de la ansiedad, por el paréntesis tan blanco, tan vacío, abierto entre su dolor y el de ella, y no quiso morir, él no lo quiso. Aunque quizá no el sufrimiento, tal vez su ausencia, porque la memoria sólo florece en la carencia de lo que recordamos, porque aquel que recuerda es un mutilado, y la memoria es el pasado vuelto presente, pero presente vacío, sin esa sustancia que nos vuelve plenos, por esa plenitud que nos hace temer tanto a la muerte y oculta nuestro terror con el frágil velo de la irresponsable liviandad, con el consuelo de creernos eternos para entonces mañana acudir al recuerdo como el rengo a la muleta, como el ciego a la limosna de la lástima que es el miedo. Pero el acto mismo de morir no era perpetuo, era finito como la propia vida, y el dolor no podía prolongarse más allá del cuerpo, a pesar del infinito que habitaba en ese instante a Ezequiel. Y quiso él pedir a Magdalena que no tirase más con furia del cable que envolvía su cuello como el musgo envuelve las quimeras de la noche; pero ahora mismo Magdalena lo echaba ya de menos, y Ezequiel era al fin suplicio, era el castigo a ninguna otra falta más que la vida, la vida en sí, por sí, sin ellos, que el dolor era un camino, la puerta, el saber absoluto. Ezequiel vertió entonces un generoso mar de semen y la muerte lo volvió recuerdo, lo hizo templo de larvas, carroña, justo cuando ella (espejo ya jamás de nadie) alzó la mirada y le mostró las manos bañadas en esa última sangre que ambos compartieran de aquí a la eternidad, porque lo eterno es la muerte, y porque ambos supieron en ese instante fugaz que la vida tampoco tiene fin, aunque no esta vida prosaica que le había arrebatado Magdalena a Ezequiel, sino esa otra vida abstracta, la inalcanzable, la que no requiere de ellos ni de nadie para existir, la que renacería de la carroña y el templo de larvas erigido en Ezequiel, que él era tierra en la tierra. Magdalena quedó entonces aterrada ante el abismo inabarcable de la vida. Armando Vega-Gil es antropólogo social, fue miembro del grupo Botellita de Jerez. Ha publicado libros de poesía, cuento y sátira, y asegura que en sus ratos libres corre maratones, bucea y escala montañas. |
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