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textos Candilejas Adrián Acosta Silva
Es posible suponer que el debate entre los precandidatos a la presidencia del PRI sea, a estas alturas, una oportunidad de recomposición del tono y el contenido de las cuatro campañas individuales en las cuales ese partido basa buena parte de sus expectativas de renovación y búsqueda de credibilidad entre los ciudadanos. Sin embargo, es posible que, dado el bajo perfil exhibido hasta ahora por los precandidatos, el flamante debate televisivo sea en realidad una confirmación de los lugares comunes que Bartlett, Labastida, Madrazo y Roque han machacado desde hace meses en los medios y en sus recorridos en diversos estados de la República. Cabalgando en el vistoso caballo del marketing político electoral, los precandidatos se han descalificado, calificado, denostado y minimizado entre sí, y poco han reparado en el terreno de las ideas, las propuestas, las estrategias, que pueden proponer no sólo a una sociedad incrédula y desconfiada luego de largos años de promesas incumplidas, sino que persuadan a los propios militantes, dirigentes y simpatizantes priistas de que son ellos y el PRI alternativas viables para mantener el dominio político en un país que ya no es el mismo desde hace varios años. Centrados en la disputa de los medios, los precandidatos han privilegiado claramente a la televisión como el instrumento de difusión de su imagen y sus lemas de campaña. Algunos de ellos, incluso, ya aparecieron no sólo en mini-entrevistas con los noticiarios de las dos grandes televisoras privadas del país, sino que accedieron a aparecer en un programa cómico, bromeando y albureando con su conductor. Uno sospecharía que el más beneficiado con el rating de esos programas fue el conductor, no los precandidatos, pero eso parece tenerles sin cuidado. Vender imagen renovada, estilo jovial y alegre, derrochando antisolemnidad, parece haber sido el propósito de los precandidatos. Pero quién sabe si eso vaya a resultar. En cualquier caso, los precandidatos llegaron al debate con una imagen de encono y descalificación mutua (principalmente entre Madrazo y Labastida) que no sólo los afectan en singular sino que han deteriorado la imagen del PRI como organización política. La delgada línea que, en nuestro contexto, separa el debate del pleito, ha sido invisible a lo largo de estos meses, y resulta asombroso que Roque Villanueva, el candidato afamado por la pose que hizo cuando era diputado, cuyo perfil bravucón y ocurrente le caracterizó cuando era dirigente del PRI, sea el precandidato que más insistentemente reclama elevar el nivel de la discusión política centrándola en la discusión de ideas. Es innegable que la televisión ocupa hoy el centro de la atención pública y política, y sería una necedad no aprovechar sus espacios para promover las campañas. Eso lo saben los precandidatos de todos los partidos. Pero hasta ahora hemos visto una utilización muy poco imaginativa de ese espacio de discusión pública. Si la política es una vieja herramienta que permite razonar y argumentar ciertos temas que se consideran de interés público, los políticos pueden ayudar a construir una agenda de discusión política que es urgente aquí y ahora. El maquillaje, las cámaras y los reflectores son solamente los modernos accesorios que permiten ampliar, reducir y renovar constantemente la esfera pública. Pero, por lo que se ve, la búsqueda de las modernas candilejas se ha convertido en un fin en sí mismo de las campañas. Adrián Acosta Silva es sociólogo. Doctor en Ciencias Sociales. Profesor-investigador de la Universidad de Guadalajara. |
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