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conversación "La vida me enseñó a cantar"
Xavier Quirarte
El éxito del disco Buena Vista Social Club (World Circuit/Corasón, 1997) -que ha superado el millón de copias vendidas- ha permitido reparar una larga injusticia. Luego de bregar durante seis décadas en diversas agrupaciones, a los 72 años Ibrahím Ferrer ha grabado el primer disco con su nombre. "Estoy viviendo el sueño de mi juventud en el cuerpo de un viejo", dice el cantante quien, junto con Rubén González, Cachaíto y Omara Portuondo, fungirá como invitado de la orquesta Afrocuban All Stars en una gira que abarcará el Auditorio Nacional (30 de septiembre), el Festival Internacional Cervantino (1 de octubre) y el Teatro Aguascalientes (2 de octubre). De niño, "Bibim" quería ser doctor o nada. Otras profesiones no le llamaban la atención, sólo la medicina. Pero, ya se sabe, el destino es el destino. A los 12 años "Bibim" perdió a sus padres y tuvo que ganarse la vida con la única herramienta con la cual contaba: la voz. Cantando ha llegado a los 72 años con el reconocimiento mundial a sus espaldas. Si algo conserva Ibrahím Ferrer de "Bibim" es esa alma de niño, contagiosa desde sus primeras palabras: "Allá en Cuba se usaban como tradición los sobrenombres. Mi nombre es Ibrahím, pero como es muy largo, mi mamá lo achicó, como de cariño, y `Bibim` me quedó". Sentado en la cama de su hotel, a media luz, con los pies descalzos sobre la colcha, Ibrahim sonríe ante los recuerdos. "¡Uuf!, la medicina era lo mío. Cuando era niño, jugábamos a que uno era el barbero, el otro el bodeguero, otro el esposo. Lo mío era ser médico; si no era médico no jugaba con nadie. Cuando era tiempo de los Reyes Magos, unos niños pedían un revólver, otros un bate, pero yo no, yo quería un maletín de médico. Tenía tres jueguitos de medicina. Si al lado de mi casa se le partía la pata a un pollito yo se la `empataba`. A mi papá le pedía que me dejara las hojas de afeitar; agarraba insectos grandes, los mataba y les hacía la autopsia". No todo fue júbilo en esos días, pues un accidente lo llevó al hospital, aunque en calidad de paciente. "Estoy un poco sordo de un oído. Muy pequeño, con un alambre de un gancho de ropa hice como un estetoscopio, pero un alambrito se me pegó en el oído y tuvieron que llevarme al hospital de emergencia. Me operaron para sacarme el alambre y quedé medio sordo; oigo pero siempre he tenido problemas con el oído". Esto no le impidió desarrollar un talento natural por la música. "La vida me enseñó a cantar -dice reflexionando sobre la pregunta-. Nunca tuve maestros. Vaya, no recuerdo a nadie que me haya dicho: `Mira, Ibrahím, coge esto aquí`. Nada, nada. Estar en la música se lo debo a mi madre, porque casi nací en un baile. En mi casa se hacían muchas fiestas porque a mi mamá le gustaban mucho. Y mi papá fue trovador, pero yo no estuve cerca de él; fui hijo natural. Papá nada más hizo `eso` con mi mamá y ya -agrega riendo-. A mi mamá no le cuadró y lo apartó. Pero, por lo menos, nazco de un trovador". Con una niñez marcada por carencias y tragedias familiares, encontró en la música un camino. "Siempre me gustó cantar, desde muy pequeño. La prueba está que después de la muerte de mi madre y de mi padre me quedé solo y tuve que empezar a trabajar, a buscarme la vida. Tuve que dejar la escuela porque no encontré quién me cuidara y me apoyara para continuar mis estudios. Entonces tenía que levantarme temprano para irme a trabajar. Como a mí me gustaba siempre la música llegaba a la casa y me ponía a cantar con un amigo. Nos decían el Dúo Perfecto. Cantábamos siempre a capella, pero muy fuerte. Cantábamos boleros, canciones de Agustín Lara, tangos. En la hora de la cena nos buscábamos la vida. Cuando me acostaba y escuchaba, supongamos, una serenata, enseguida me levantaba y me iba a escucharla. Pero cuando llegaba, los músicos ya estaban recogiendo sus instrumentos, así que me iba con ellos". Uno de sus tíos le decía a la abuela de Ibrahím: "Espera, tú sabes, a éste se le va a quitar esa cosa de andar cantando". Tal profecía estaba lejos de cumplirse. El niño estaba siempre listo para cantar y con su primo Pineo formó el grupo Los jóvenes del son. De allí pasó al Conjunto Wilson, el Conjunto Sorpresa, Maravilla Beltrán y el grupo de Chepín. Un sabor agridulce se percibe cuando Ibrahím habla de Los Bojucos, de Pacho Alonso, a pesar de su larga relación. "Con ellos trabajé desde 1953 hasta hace tres años, cuando me jubilé. La orquesta sigue, pero de Los Bojucos originales sólo queda el director; algunos cuantos han muerto y otros tuvieron que dejar el grupo. Yo lo dejé porque ya no me convenía; no veía futuro. El futuro que había previsto se evaporó. Pudiéndose hacer realidad, no quisieron que así fuera. Yo siempre quería que mi nombre saliera aunque fuera en un disco, y aunque grabé una cantidad enorme, nunca lo hicieron. Siempre ponían: director fulano de tal; arreglista, fulano de tal; números de fulano de tal, pero nada para el cantante. Nada más decía Los Bojucos y no se mencionaba mi nombre. Los que me conocían, decían: `Ese es Ibrahím`, pero el resto no lo sabían". La vehemencia se instala en sus palabras: "¡Chico, yo no digo que la vida fue injusta conmigo! ¡Los injustos fueron aquellos que podían ayudarme y no lo hicieron, porque se prefirieron ellos mismos! Supongamos: yo me llamo Manuel, tú te llamas Antonio y trabajas conmigo, y realizas bien tu trabajo. Pero también trabajo con José, y siempre digo: José y Manuel, pero nunca sale el nombre de Antonio. ¡Por favor! Entonces, el culpable, soy yo, porque no permito que salga tu nombre". La injusticia ha terminado, ahora todos conocen su nombre, sobre todo desde la aparición de Ibrahím Ferrer (World Circuit/Discos Corasón, 1999). "Ahí está, ¿por qué? Porque me dieron esta oportunidad. Grabé un disco y mi nombre salió. Es una de las aspiraciones que tiene un artista, un músico. Eso era lo que yo quería y mi nombre salió en el disco", dice con evidente satisfacción. Antes de grabar Buena Vista Social Club, Ibrahím Ferrer vivía retirado de la música, así que no esperaba mucho de la grabación. "Te hablo con honestidad: hice el disco por complacer a Juan de Marcos González y porque, como decía el difunto Modesto, me hacía falta la complacencia -se ríe ante la ocurrencia-. Y, mira, fue el fenómeno. ¡Sabe Dios! Cuando me dijeron: `Compadre, nos vamos para Europa o algo así`, yo pensaba que era mentira. Pero ahora veo la foto grande que tengo allí en la casa y sé que es verdad. En la calle la gente me dice: `Ibrahím, eres grande`. Eso para mí vale mucho". No han faltado quienes buscan aprovecharse del éxito del cantante. "Bueno, chico, a mí me gusta cantar el son y los boleros, pero antes no me dejaban cantar boleros. Y ahora que salió Ibrahím a relucir_ -dice con una sonrisa maliciosa mientras arquea las cejas-. Cuando llegué a Cuba el mes pasado mi señora me dijo: `Tienes una sorpresa`, y me enseñó un cd que hicieron en Egrem y que se llama Ibrahím Ferrer con Los Bojucos. ¡Y eso, qué es! Hay una foto vieja en la que estoy con el director y aparezco con esta camisa, la cual compré hace poco en Chile. No sé cómo le hicieron para poner la camisa, debe haber sido algún truco. Ahora salen discos como Ibrahím Ferrer con su orquesta, Ibrahím con Los Bojucos_ Luego mi mujer me dijo: `Te están buscando para firmar un contrato`, pero yo me niego a hacerlo. Los mando con Juan de Marcos o con la empresa con la que firmé. No me interesa". Ibrahím Ferrer, producido por Ry Cooder, es un deleite, lo mismo para el escucha que para los músicos que en él participaron. El álbum incluye canciones como: "Qué bueno baila usted", de Benny Moré; "Bruca Manigu" y "Mami, me gustó", de Arsenio Rodríguez; "Silencio", de Rafael Hernández; "Aquellos ojos verdes", de Nilo Menéndez y Adolfo Ureta, y "Cómo fue", de Ernesto Duarte. "Es mi primera grabación con una orquesta grande, cuartetos, conjuntos_ Siento una gran satisfacción y una alegría, ¡pero no alegría de atarme! Por primera vez sale mi nombre. Empecé a los 12 años y al cabo de 60 años va a salir por primera vez el nombre de Ibrahím Ferrer. Eso es algo muy lindo para mí, muy grande. No sé explicarme". Si tuviera que escoger la última canción a interpretar antes de morir, Ibrahím Ferrer estaría en un serio predicamento. "Bueno, chico, eso no puedo decírtelo, porque no sería una sola. En mi mente tengo dos canciones, cuyo autor murió, Juan Arrondo. Uno se llama `Fatal sentencia` y la otra `Extraña ausencia`. Tengo otra de Chepín, también fallecido, `Murmullo`. Y tengo otra que, en la primera oportunidad que tenga la voy a grabar_ Bueno_ no me recuerdo, pero la tarareo mucho. Y como ésas, tengo muchas otras. No tengo una sola". En su repertorio predominan canciones de los grandes compositores y no de los nuevos. "A las nuevas canciones les faltara esto y esto -dice tocándose el corazón y el cerebro-. Hay compositores y son buenos, pero no como los de antes. Antes un autor sabía en qué se inspiraba. Sobre todo tenía que inspirarse, si no, no estaba haciendo nada. Si la inspiración venía de la bombilla -se queda viendo el foco como si buscara a las musas-, el compositor escribía algo sobre ella. Concebía una canción sobre la bombilla: letra y melodía, acordes una con la otra. Ahora hay quien escribe una canción sobre un par de zapatos y un televisor pero, ¿qué relación hay entre los dos? ¿Mucha, porque te pones los zapatos para ir a ver el televisor? ¡No, pues sí! Eso es lo que yo pienso: hoy no hay compositores como los de antes. Mira: Agustín Lara, Benny Moré, Arsenio Rodríguez, Armando Manzanero, ¡qué compositores!". El reconocimiento que a Ibrahím le llevó 60 años de carrera, hay quienes lo logran automáticamente. Al respecto, el cantante es claro. "Antes eran pocos los autores que se convertían en cantantes. Hoy los autores son los propios cantantes y hay otros que son su propia orquesta. Ahí está El Médico de la Salsa, autor de la canción `Tengo ganas`, que grabó solito en un estudio, usando sintetizadores y todas esas cosas. Pero yo no soy médico de salsa -agrega con malicia-. El, en cuatro días, se volvió millonario, ¡en cuatro días! Ahí sí se puede decir que es el factor suerte, porque es un hombre que no sabe nada_". La música es la vida para Ibrahím Ferrer. "Yo no puedo vivir sin cantar. Cuando me jubilé ya no quería cantar porque estaba decepcionado, y todo eso que ya te platiqué", explica con una leve sombra en el rostro. Esos días han pasado y ahora "Bibim", aunque sin estetoscopio, hace gala del poder curativo de la música. "Sí que sí -afirma mientras la luz vuelve a su expresión-. Yo veo que el público me atiende y coopera conmigo, principalmente. Lo digo porque en La Habana, dondequiera que voy todo mundo me saluda. Ibrahím por aquí, Ibrahím por allá". Mientras se acaricia los pies, Ibrahím Ferrer accede a responder la última pregunta. ¿El éxito del que está gozando es como volver a nacer? "Sí señor. Es como si estuviera volviendo a nacer, así mismo, compadre. Quiero seguir viviendo, quiero vivir un poco más porque estoy muy sorprendido". Xavier Quirarte es periodista. Su libro más reciente es Ritmos de la eternidad (CNCA, 1999). |
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