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freakziones La muerte ultimada
Patricia Peñaloza
Piernas, pasos, carreras, arriba... La mujer se maquilla las pestañas, se acomoda la media, lleva un tubo en el fleco. Bisuterías para ahuyentar lo más pronto posible la lejana e imposible idea del más que probable esqueleto. Vienen. Van. Todos. Ninguno. Aquí en el subsuelo respiramos inertes, con la mirada en blanco cual sepultados, fingiendo la esperanza de estar vivos, mientras en otro continente se alza gran revuelo tan sólo porque una esfera negra cubre al astro rey unos segundos. Muchos. Unos minutos. Varios. Y nosotros somos muchos y somos varios, o somos más bien menos-infinito para los unos cuantos riendo a nuestras costillas. En estos días de fin del mundo hay tiempo para pensar en todo, hasta en la frivolidad de la muerte por eclipse. Mas no está permitido ocupar tiempo para pensar en la muerte caminante, la que nos deja azorados por convertir a un país entero en ruina entera, entre incólumes mezquitas. No nos está permitido el tiempo para la mezquita... pero héla erguida por sobre los engreídos minutos, erguidos artificiosamente a distancia sobre las almas. Relojotes soberanos. Diseños de exteriores para nunca reparar en el final. Para nunca recordar que no nace al final la muerte, sino a la par del alumbramiento de la persona, y camina como sombra bajo el sol constante de quienes gustan mantener encendido el wattaje de cada privado astro. Sin embargo, la mayoría inclinamos la cabeza ante los estímulos que nos opacan el día que habría de darnos esa sombra compañera. Ahí andamos pisando noche continua para no conocer a nuestra aliada, que es igual a nosotros pero en espejo, en negativo, nuestro yo cadáver, incansable en conciencia e inconciencia, fiel revés revela certezas, leal desenmascaradora personal. Una sola en cada quien, como uno solo cada cual somos. No mucho sobraría si de vez en vez pensáramos a Nivel Muerte; para nuestros momentos de estupidez y ojetismo, bien nos vendría preguntar: "Si en este momento yo muriese_ ¿de qué me serviría tanto orgullo? ¿Realmente valgo tanto como para creerme tanto? ¿No soy acaso tan sólo un montón de futuro alimento de gusano?". Y entonces no hay publicidad para la muerte. Todo diseñado para prescindir de ella. Luzca bella hasta la eternidad. Destroce su salud, su cordura, su energía, tire su vida al basurero, con tal de adquirir el coche más hermoso. Compre esta lavadora, y más fácil se petateará usted que ella. ¿Tiempo para ir a velar a su difuntito? Sólo un ratito, González, que acá lo necesito_ ¿Rosarios en familia? ¿Está usted loco? ¿Quiere que lo corra o qué? No, pus tiene razón el jefe, la verdá es que o rezo, o como, y ya bien dicen que primero comer que ser cristiano_ Pero pos mínimo quería yo cumplir mi duelo... En estos días de fin del mundo, en que no se acaba el mundo sino la muerte, y por ende ésta nos sorprende, y hasta creemos que es fea, y hasta nos duele como idiotas, y hasta preferimos no pensar nunca en ella, en efecto cayeron sobre la Tierra infortunios olor a sangre Kosovar, olor a sangre Turca -acaso como en todos los tiempos ha ocurrido en todos lados, a diferencia de la visión que hacia la calaca tenemos-. En estos días en que se acaba la muerte como entidad vital presente, no macabra, en que el ritual y el respeto por ella como carnalita pareja, son sólo para "mochos" o "bárbaros", la misma pelona comadre se venga y se nos presenta ostentosa, radiante de orgullo, para recordarnos lo que verdaderamente somos y tanto nos jactamos de contradecir. En estos días en que a la muerte se le ha querido declarar su muerte, es cuando más verdaderamente somos muertos respirantes. Nunca tan inerte puede ser la vida, como cuando se le desaparece la muerte, cuando ésta, subrayo, no es un final sino el origen, cual la vida el comienzo de una muerte velada: "Todo lo que vuela o nada, todo,/ se encoge en un crujir de mariposas,/ regresa a sus orígenes,/ hasta que su eco mismo se reinstala/ en el primer silencio" -Muerte sin fin, de José Gorostiza. Mi abuelo murió el pasado día 19 entre inesperados y terribles dolores, angustiosa mudez -lo que hayas que decir, no tardes en decirlo; lo que quieras escuchar, no tardes en preguntarlo-, 9 hijos, 24 nietos, 17 bisnietos, y olor a ángel. Murió siendo un alma excesivamente hermosa. Sé que él y los que lo queremos, intuíamos cercano su momento desde hace tiempo, aunque ninguno sabíamos cómo habría de ser. Adivino también que por eso mismo, en sus últimos años se desbordó de humor y alegría sobre todos nosotros: con la música de sus bromas, de sus historias en blanco y negro, con la música de su violín, o de su guitarra. Entonces, así como la vitalidad se retroalimenta con la muerte-compañera en vida, creo que a la muerte podemos retroalimentarla con vida. Por eso, con torrentes vitales he correspondido, componiéndole un bello bolero en Re mayor_ aunque me salió tan cuarentero, que comienzo a sospechar que haya sido él quien me guió las manos... Patricia Peñaloza es periodista, escritora y cantante. Correo: futuram@yahoo.com |
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