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Por una izquierda racional
Rolando Cordera Campos
A contracorriente, el libro rojo de Gilberto Rincón Gallardo, como lo llama cariñosamente su diseñador Rafael López Castro, es una invitación a leer y compartir una búsqueda y una decisión indeclinable de hacer política; a participar en una experiencia comprometida con la construcción de una izquierda para nuestro tiempo, que pueda afrontar con éxito las pruebas implacables de una época que resume no sólo el fin de un milenio y un siglo crucial para la existencia humana, sino también el fin de un ciclo que llevó la ilusión en el cambio hasta el paroxismo de la autodestrucción social y la depredación sin remedio de la naturaleza. Frente a los extremos revolucionarios que han ofrecido sucesivamente el comunismo y el neoliberalismo, Rincón propone una izquierda racional que no concede pero está dispuesta a ceder, que no renuncia nunca a la negociación pero se rehusa a simular conciertos sin sentido ni fundamento, siempre dispuesta a actuar y a ser juzgada con los criterios exigentes del método democrático y el compromiso con la elaboración de alternativas. Es posible y realista, propone Rincón Gallardo, ir contra la corriente sin perder la calma ni el respeto, por uno mismo y por los demás; ir contra corriente y aumentar la reserva de prudencia en el juicio y la acción; ir contra la corriente en fin, y no desesperar ante el exceso, el abandono, la frivolidad de la tribu, y concluir no con una rendición sino con una convocatoria y un proyecto realizables, para hacer de la izquierda una fuerza productiva para la democracia, pero también una iniciativa eficiente desde el punto de vista histórico. Es decir: recuperar para la izquierda su vocación original de ser una parte y nunca el todo de la política y la acción social, así como su aspiración, también fundacional, de cambiar la historia mediante el uso de la razón ilustrada y mejorar de modo sustantivo la existencia cotidiana de todos los hombres gracias a la acción concertada, democrática, de todos ellos. El libro se divide en tres secciones. La primera es una atinada selección de artículos periodísticos que dan cuenta de la pretensión, casi siempre lograda, de su autor por estar en el día sin perder de vista el conjunto, de involucrarse en la disputa política del momento sin sacrificar el rigor ni la necesidad de ofrecer una perspectiva histórica en movimiento. Rincón escribe para el público, imaginado como conjunto ciudadano en formación, pero sobre todo para la política y los políticos: a estos últimos, quiere ofrecerles coordenadas para una acción que construya y no destruya, y a la izquierda en particular, abrirle caminos para encontrar unas señas de identidad que ha perdido, así como visiones históricas que en el transcurso del cambio tumultuoso de estos años ha abandonado sin aviso ni reflexión, y sin sucedáneos valederos. La segunda parte es una espléndida conversación con Jesús Izquierdo, en la que vemos a Gilberto jugarse a fondo. Con él mismo, con su trayectoria y sus decisiones políticas fundamentales, pero también con la saga azarosa y dolorosa de una izquierda que pierde el rumbo sin darse cuenta y que hoy todavía se niega a hacer las cuentas de fondo con un pasado que quedó atrás, salvo en las inercias, reflejos y tentaciones que la mantienen prisionera de la política del encantamiento y la ilusión, que en la práctica se vuelve fatuidad y ocurrencia sin freno. Nuestro autor repasa sin reparos ni cautelas calculadas, conductas y visiones políticas que, en su combinación, han determinado un desgaste y una indeterminación políticos altamente corrosivos: de la transición no pactada, a la democracia decretada siempre inconclusa, estancada y convertida en un insufrible desacuerdo sistemático que se vuelve no problema sino la forma principal de hacer política. Rincón Gallardo evalúa con rigor momentos decisivos en los que le tocó ser actor principal: la candidatura presidencial de Heberto Castillo por el Partido Mexicano Socialista y su posterior declinación en favor de Cuauhtémoc Cárdenas; la casi crisis constitucional de los meses que siguieron a la elección de 1988; la desaparición del PMS y la formación del Partido de la Revolución Democrática; el Congreso de Oaxtepec y la culminación de la intransigencia en un maximalismo un tanto vergonzante. La incapacidad del PRD para asimilar fórmulas de gran aliento político que él mismo había construido y adoptado democráticamente, en debate abierto y legítimo. En fin, su sobria y ejemplar renuncia. Se trata de un relato que no soslaya sino precisa; de una reflexión que no teme el reconocimiento de méritos de sus propios adversarios, y que en ningún momento desabarra en el personalismo, la truculencia interpretativa o el juicio sumario. Aquí, al optar por una retórica de la responsabilidad, transparente y rigurosa, Rincón sí que está a contracorriente (vid. 215 y ss.). Después de todo lo ganado en 1996 y 1997, advierte Gilberto, el sistema emergente y plural se montó en el valor de la ruptura. Como una epidemia, el usufructo de la ruptura, como chantaje o presión, como conjetura incongruente, como bravata o simulación (el menú parece interminable) se ha impuesto como táctica y conducta preferida de todos los actores y aplasta la imaginación que se requiere para avanzar. Nadie se salva, estrellas de la nueva constelación del poder y comparsas que buscan dirigir el coro. Hoy, bajo el cobijo de esta ilusa y destructiva visión de la política democrática se nos ofrecen la polarización y la confusión como el cielo. La tierra prometida de la democracia minada de principio a fin por la discordia y el encono. Ocurrencia y buena foto. La sospecha se ha vuelto industria dominante de las relaciones políticas y se prefiere entender la negociación como cohecho. No hay manera, dice Rincón, de abandonar este sendero alucinado de la corrosión política más que mediante la recuperación y dignificación del sentido preciso y amplio del diálogo democrático. Este diálogo, por exigencias de la lógica y no tanto de la ética, tiene que ser intercambio y conversación con el propósito de acordar. Al adversario, insiste, se le derrota en las urnas y no en la mesa de la negociación colectiva que es la savia del gobierno democrático. Pero el abandono ocasional de la mesa no puede justificar la reedición de una "montonera" con el pretexto de salvar a México. La fórmula del gobierno de salvación nacional que el PRD rechazó mayoritariamente en su Congreso de Oaxtepec se impuso sigilosa y sibilinamente en la práctica dominante de ese partido y se ha probado desastrosa. Entre otras razones porque le ha impedido a ese partido crecer como tal y dejar atrás la tentación del movimiento sin fin. Habría que tomar nota: nadie salva al país si no es con la construcción de una democracia que, por definición vital, no admite salvadores providenciales ni soluciones sumarias. La democracia no resiste una reducción extrema de la pluralidad como la que parece proponerse, así sea bajo el expediente de una supuesta emergencia transitoria. La suspensión de la pluralidad política que emerge en México, en aras de supuestos fines superiores, no suspende la diversidad social que está debajo del reclamo democrático. No hay giro táctico que pueda congelar la realidad profunda de una sociedad compleja como ya es la nuestra; esta realidad que no admite exorcismos, es precisamente la de lo plural y lo diverso y es eso lo que hay que encauzar y buscar que despliegue toda su potencialidad y riqueza. Sin embargo, y esto reclama hoy la atención y la angustia del amigo Gilberto, la sola intención de imponerle a esa diversidad un formato político reductivo puede distorsionar la dinámica y la calidad mismas de la diversidad. Del universo discursivo que busca en la deliberación democrática momentos de síntesis y cohesión constructiva, una pluralidad constreñida por designios utilitarios de corto plazo puede devenir negociación burda de intereses y disputa descarnada del poder, sin restricciones éticas o estratégicas que valgan. "La personalización de la política, más en las rupturas políticas, no acierta, pues es incapaz de aclarar las razones de fondo" (217). "El triunfo del maximalismo, la pérdida de la idea democrática de negociación_ la renuncia a un papel de convocatoria, de consenso, de equilibrio, de aceptación de la pluralidad, de reconocimiento de valores ajenos; todas estas ideas quedaron derrotadas -concluye Rincón-. Avanzó la idea del triunfo a toda costa, de ganar la presidencia por encima de cualquier meta de carácter nacional, de ganar el tiempo electoral". He aquí, en unas frases, las razones de Gilberto Rincón Gallardo para abandonar el partido que contribuyó a formar; pero es más que eso: es el itinerario actual de una auténtica construcción democrática de México. Se trata de un mandato para una izquierda que quiera vivir después del derrumbe y sobre las ruinas, pero también de una agenda obligada para todos aquellos que han hecho de la democracia la linguae franca de la política moderna y de su compromiso público. Razones y lecciones_ evaluación angustiada pero serena de una trayectoria, a la vez que invitación renovada y pertinente, legítima y actual, para la acción y el compromiso políticos. Rincón evalúa y se evalúa pero sobre todo convoca. A todo lo largo del texto y de modo explícito en su tercera parte, Gilberto empeña todo en favor de una política para una izquierda racional, como diría Eric Hobsbawn. Esta podría ser, también en una nuez, una de las claves maestras de su llamado y de su esfuerzo incansable. ¿Qué izquierda entonces? Una que asuma con claridad que el compromiso democrático es de partida y de llegada. Y que para ello, lo dice una y otra vez, no hay atajos. Una izquierda institucionalista, propone, porque ve en la protección y en la innovación del tejido social, en la búsqueda seria del consenso, la esencia de su propuesta y su apuesta histórica. Solidarizar lo diverso, postula Rincón, y por esa vertiente avanzar en el propósito igualitario, de justicia social, que la distingue de otras opciones históricas de la política. Convertir la solidaridad en valor central y moderno de la sociedad democrática, para volver a esta sociedad una fábrica permanente de visiones de progreso, de utopías realistas que incluyen a todos y no expulsan a nadie: estas son, en fin, las lecciones y las razones del político que piensa que la política es más que la obsesión miope con el día después que se ha apoderado de las mentalidades de muchos. ¿Qué izquierda? Una izquierda laica, sin doctrina pero con pensamiento; sin teoría única pero siempre dispuesta aprender e innovar, a partir de su historia y de la historia, de su experiencia y de la sociedad toda. Una izquierda que retoma su compromiso con la igualdad y el rechazo al privilegio, la explotación, el abuso y la opresión social y política, pero al mismo tiempo sometida sin remilgos al mandato del método y los criterios del orden democrático. En fin, una izquierda cosmopolita que no reniega ni renuncia a las lecciones de historia patria, ni desconoce la profunda raigambre histórica y cultural de los sentimientos de la nación. Rincón ha ido contra la corriente y convoca a ponerse no entre sino frente a los extremos. Ante ellos, sostiene, se imponen la construcción y la invención permanentes de espacios públicos y acciones colectivas, que encuentran en la deliberación la oportunidad de recrear y corregir, de producir normatividades que auspicien desarrollos mejores e iniciativas de transformación concretas, evaluables y creíbles para todos. Gilberto Rincón Gallardo salió del PRD por la "puerta ancha" del respeto personal, sin calumnias y denuestos, que él reclamó con todo derecho en su renuncia. Pudo entonces, nos dice: "Sentir satisfacción con la renuncia. Poder volver a la congruencia, a luchar con la convicción de lo que uno quiere perseguir, a decir las cosas como se creen para sentirse más libre". Digamos ahora, ante sus convocatorias y proyectos plasmados en la parte final de su libro y en la realidad viva de su partido de la Democracia Social, que Gilberto entra de nuevo y con pie firme, por la puerta mayor, a la militancia por una política de la dignidad, que siempre mantuvo como divisa fundamental de su acción y su pensamiento. Es esto y más, lo que ha hecho de Gilberto Rincón Gallardo un político ejemplar y, también y sobre todo, un compañero y un amigo entrañable. Gilberto Rincón Gallardo, A contracorriente, México, Centro de Estudios para la Reforma del Estado A.C., 1999. *Es profesor titular C de tiempo completo en la Facultad de Economía de la UNAM. |
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