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puros cuentos

La incógnita perpetua

Juan Carlos Quezadas

Las noches de Ana vienen siendo, a juzgar por la voz de sus pupilas, campo de contradicciones, aguacero de ideas malpagadas. Los rieles de su fantasía están atorados, detenidos por el fango de su insomnio. Y Ana llega a su cama y se tiende a pensar, a mirar con ojos cerrados una vida que no le pertenece, una existencia que pretende perfecta: la de X y Ye, fervorosos inquilinos de su luz apagada. Oscuridad que es, a fin de cuentas, el color de la traición o un tobogán por el que las horas no resbalan de la mejor manera.

X, la mujer, inflexible. Dejando a la suerte todo su futuro.

Ye, el hombre, invulnerablemente absorto.

Se habían conocido una tarde azul en la Rivera de Madero. Genuinamente se amaban. Aunque, a decir verdad, el amor que Ye conocía era para X una mezcla de placer y melancolía; el juego de azar preferido de un par de dioses abandonados.

Ana, desde afuera, es un ser normal. Si usted la observa caminando por un parque, o incluso si ella, en una hipotética licencia de esta ficción, le invitara un café para contarle su vida, usted seguramente llegaría a su casa con una impresión feliz de su nueva amiga Ana. Pero el problema, como ya se ha anunciado, se presenta por las noches, porque ella vive sus sueños -o mejor dicho, padece sus sueños- despierta. No quiero decir con esto que una vez dormida no surja del fondo de su inconsciente el tradicional fantasma, la cabeza sin cuerpo o el vuelo entre árboles y padres culpables; esas imágenes, guiones perfectos para un mundo sin gravedad, lugar común de nuestras madrugadas, también la agobian. Sus plumas, sin embargo, pertenecen a otro almohadón. Los sueños que yo cuento son distintos, precisos entramados de razón, A + B = C, azul y amarillo dan verde. Por ejemplo, la triste interpretación que del amor hace X, no es fruto de una reacción visceral o momentánea, no proviene de antier o de una semana atrás; se ha venido construyendo por orgullos, contradicciones, instantes de bondad, alguna fantasía incumplida y una serie más de circunstancias que no pretendo seguir enumerando.

X es feliz (pero de ello Ye no es responsable). Su niñez, arroyo circular, viajó impasible entre un sendero de negaciones continuas y un absurdo campo de olvidos sin respuesta. Nunca conoció lo suficiente de cualquier cosa: padre ausente, madre enterrada en las primeras vueltas de su eterna noche, un amor a la baja y un destino más cierto que cualquiera. Ye no sufre tanto, las historias que escribe le han permitido sacar provecho de sus temores. Cada palabra pretende ser una posibilidad auténtica de cambiar su mundo, una falsa pista, el supremo ejercer de su verdad. Residentes de un universo vacío, olvidado planeta para dos. X y Ye y a su lado las Sombras. La Sombra que riega las plantas, la Sombra que sirve el café, la Sombra protectora, la Sombra decimal, la Sombra que conoce cada una de las curvas de la tarde, la enésima Sombra del mal. Los cientos de Sombras que Ana se inventa cada noche, oscuros ayudantes sin nombre, ajenos de cara, diminutos engranes de futuro. No podía ser de otra manera, X y Ye rodeados tan sólo de siluetas. Imposible misión sería para Ana unir los destinos de tantos espíritus, convertir el territorio de sus ideas en la nación de los soñados.

-¿No resultaría más fácil que tu conciencia borrara de golpe toda la mierda que rodea a tus personajes?

-No son personajes.

-Invéntales para la próxima noche un viaje a las Bahamas o un abrigo de visón.

-Todo lo ves muy fácil. Hace más de dos años que Ye no consigue trabajo.

-Consíguele algo.

-En México no se lee.

-No están en México.

-...

-Suéñales la lotería.

-No va con su persona. Ye no se sabe arriesgar.

-No sufras entonces, deja que se arreglen solos. ¿Por qué no X...? Ella puede...

-Tú no entiendes.

-No, Ana, no te entiendo.

-Tú y yo no llegamos a donde estamos gracias a la casualidad, se fueron dando muchas cosas.

-Sí, la caída de Iván, por ejemplo...

-Eso fue una desgracia.

-En efecto, una desgracia que nos hizo despegar en el momento justo.

-No lo planeamos así.

-Pero fue. Las cosas son y se hacen...

-Sin darte cuenta.

-Como tú y yo...

-Deja de molestar, mejor sal a la calle y te inventas una noche ideal. Por ahí te encuentras una maleta repleta de dólares, te vas con alguien al club y de regreso me compras un anillo de brillantes.

-Acompáñame.

-No, imposible, tengo que alimentar algunas Sombras.

La visión de Ana, que un ojo superficial juzgaría como un canto al egoísmo no podía, sin embargo, resultar más ecuánime, era el cálculo integral de la razón. Ella sólo era un medio. Es cierto que sus ideaciones no movían un dedo sin su mandato, pero ese dedo, esa hojita que caía del árbol, el mesero que tardaba con el filete, eran el reflejo de una realidad a la que Ana no tenía acceso. Explico: para que X y Ye se conocieran una mentolada tarde en la Rivera de Madero, fue necesario primero (aunque, evidentemente, entiendo que el Principio no es éste), que algún arquitecto diseñara el exacto cafecito, que decenas de albañiles construyeran el lugar, que la tarde de la inauguración un corto circuito asesinara la fiesta y así en sucesión infinita, hasta llegar a la famosa tarde en que los pasos de Ye y los segundos de X se ahogaran en la misma taza de café. Y todo esto que en la vida real queda fuera de nuestra incumbencia, porque necio sería aquel que afirmara conocer los motivos del taxista que lo lleva directo al trabajo o el que diga que puede diseñar una suculenta partida de póker o acaso un buen mes, esa madeja de posibilidades, eran para Ana motivo de desvelo. Por eso tenía que delegar responsabilidades, acudir a las Sombras, y en ese paño el azar escondía todas las cartas. Sin embargo, no siempre fue así. Los juegos de Ana comenzaron siendo un reflejo, la exacta medicina para los deseos insatisfechos. X espejo y su figura perfecta, atrevida. X y el vestido que Ana jamás podría utilizar. X una válvula, comportándose como cualquier espíritu suele comportarse. X y la discreción. Elegante espectro que un día tuvo que abarcar un espacio más grande, aniquilar la austeridad de personajes, transformarse en el eje, girar; y allí nacieron las Sombras, rostros sin sentido: la modista, el fotógrafo, la delgada multitud que aplaudía tras los pasos de la bellísima incógnita. Y a pesar de todo, X estaba sola, sola desde niña.

-¿Bailamos señorita?

-...

(Inútil contestarle a la nada)

Fue justo aquí, en la época de las palabras invisibles, cuando Ana le regaló un pasado y un futuro a la señorita de sus noches; una madre escondida en la pequeña foto de su bolso y un amante esperándola en la Rivera (con el libro cerrado y la pluma vacía pero mal afeitado y con lagañas); los primeros rostros, ojos y bocas que lograron evaporar la soledad de X, porque a fin de cuentas, ¿qué es lo que encierra una cara conocida? Un solo, me refiero en este caso a alguien que no conoce absolutamente a nadie, es precisamente un solo porque no puede ver en una nariz o en unos labios cualquiera el fin de su abandono. Quien en su propia realidad haya conversado con una frente amiga, o incluso haya tenido una dificultad con un par de orejas rencorosas, puede sentirse acompañado, mal acompañado si se quiere, pero no solo. El reconocer es un alivio, es el probable final del peor de los silencios.

-¿Me permite acompañarla?

-Siéntese, por favor.

Así fue el primer diálogo, y aunque la escena se repitió más de diez veces, Ana jamás pudo mejorarlo. Intentó con un "¿me permite?", que no decía nada; "buenas tardes, mi nombre es Ye", resultaba muy audaz; "¿puedo sentarme?", por su parte era muy obvio, muy tonto, X podría contestar con alguna impertinencia: "sentarse cualquiera puede, sólo basta tener en dónde". La mejor siempre fue la fórmula del principio:

-¿Me permite acompañarla?

-Siéntese, por favor.

Nacían así las nuevas noches de Ana, con todos sus recovecos de situación y causa. Alguna vez, lo recuerda ella con cierto horror, tuvo que matar a cincuenta sombras para que X llegara a tiempo a una cita. El camión destruido y los cuerpos apagados fueron una culpa de la que aún, la inventora de estos sueños, no ha podido liberarse, como tampoco podía hacerlo de la compasión que sentía cada vez que las editoriales rechazaban los trabajos de Ye, pero las negativas eran necesarias: el éxito podría alejarlo de su razón de ser: caras nuevas no cabían entre las sábanas de Ana.

Y así llegamos, con pasos cada vez más vacilantes, hasta estos últimos tiempos en los que la historia ya no da más y, aunque mi parecer indica que X y Ye están hartos de sí mismos, Ana, en un intento por salvar la situación, sigue inundando las horas nocturnas con frasesitas amorosas, besos a la distancia y una desesperada cena para dos con velas, violines y una chimenea construida al vapor, la cual, hay que decirlo, le regala un toque diferente a la rutinaria sala de las caricias y los besos. X es la organizadora de la noche, celebran cualquier cosa: el cuarto aniversario del octavo mes cuando pasaron más de quince días juntos. Ana ha rociado todo con su acostumbrado perfume de perfección, pero a pesar del esfuerzo, sus pulidas ensoñaciones han resultado inútiles, es demasiado tarde para cualquier cosa. Ye no llegó a la cita, solamente acudió una nota escrita con oficio, aunque, tal vez, ligeramente cruda tratándose del mensaje del que se trata, y como no pretendo transcribirla por completo, me limitaré a señalar el momento de papel que juzgo más importante:

"... cayendo en un ridículo general. Tú y yo y nuestro destino, diseñado por un dios estúpido y cruel. Mejor dejémosle al azar un poco de la culpa..."

Eso es todo, lo demás un futuro de cartón blanco, letras impresas en la razón de Ana que no deja de llorar. Lágrimas como el final resultante en una ecuación que se le escapa. X y Ye, la historia de una incógnita perpetua.

Juan Carlos Quezadas estudió en la Sogem.

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