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textos Una política responsable
Gilberto Rincón Gallardo
La vinculación entre el debate de ideas y la acción política es uno de los pilares culturales que introduce sensatez, altura de miras y racionalidad en la vida de las democracias desarrolladas de nuestra época. Una democracia de calidad, un Estado de derecho sólido y eficaz y una distribución equitativa de la riqueza nacional no son metas que se puedan establecer y alcanzar mediante el voluntarismo y las presiones emocionales. Este modelo de sociedad exige un compromiso con el ejercicio de la inteligencia y la reflexión. Las metas de una sociedad justa y equitativa no están dadas de manera espontánea, sino que su definición exige el concurso del trabajo intelectual y el pensamiento sistemático. Históricamente, las mejores expresiones del trabajo intelectual han estado vinculadas a posiciones políticas progresistas e incluyentes. Los grandes momentos y argumentos del pensamiento político han sido un estímulo para los movimientos que luchan por esquemas sociales más justos y menos autoritarios. En las tradiciones de izquierda, en particular, siempre ha sido una necesidad contar con un discurso intelectual capaz de darle sentido y racionalidad a la accion política transformadora. Democracia Social es un partido que, desde sus primeros pasos, ha estado comprometido con una visión compleja y no esquemática de la sociedad que pretende transformar. Es un partido que ha renunciado a dogmas de la izquierda como el vanguardismo o la revolución que son incompatibles con una racionalidad democrática moderna. A diferencia de lo que ha sucedido en la izquierda populista y maximalista de nuestro país, no estamos definidos por una actitud antiintelectualista ni por una visión instrumentalista de la reflexión política. Uno de los grandes lastres en la izquierda mexicana ha sido generado, precisamente, por las recurrentes actitudes de menosprecio o de soberbia ante las aportaciones ideológicas o ante las consideraciones críticas de nuestros intelectuales. Ahora es una obligación moral y política restituir el espacio y la importancia que el pensamiento crítico debe tener en los proyectos de reforma de la sociedad desde una postura política de izquierda. De ninguna manera creemos que los intelectuales tengan que ser orgánicos en el sentido de estar subordinados a las directrices de una dirigencia política. Si pudiera dársele un contenido distinto a esta idea de intelectual orgánico, tendríamos que decir que su organicidad consistiría en la cualidad de nutrir su reflexión política en los procesos mismos de la sociedad, en vincular, sin presiones, un compromiso político de izquierda con el cultivo de una inteligencia crítica y antidogmática. No es gratuito que los grandes partidos socialdemócratas hayan alentado la formación de fundaciones en las que lo prioritario no son los avatares de la política cotidiana, sino el debate de los grandes problemas sociales y la formulación de programas políticos de largo aliento. La Fundación Friedrich Ebert del Partido Socialdemócrata Alemán y la Fundación Pablo Iglesias del Partido Socialista Obrero Español son claros ejemplos de esta tradición. Sumándose a esta tradición de respeto y promoción del intelecto crítico de la sociedad, Democracia Social promueve y celebra el establecimiento de la Fundación Carlos Pereyra, cuya necesidad para nuestra sociedad se hace más evidente conforme constatamos el empobrecimiento del debate público y la práctica difuminación de los proyectos de país que deberían ahora mismo estar siendo puestos a consideración de los ciudadanos. La elección del nombre de Carlos Pereyra para nuestra fundación nos impone un enorme compromiso. Si buscamos en la historia intelectual del México contemporáneo al pensador que mejor representa el proyecto de una izquierda moderna, democrática e inteligente, al que conjuga la acción política con el rigor irrenunciable de la teoría, al que promueve y practica el encuentro entre filosofía académica y comentario político, al que, en fin, cumple a cabalidad con el ideal siempre esquivo de combinar teoría y pasión política, difícilmente podríamos hallar a alguien más representativo que Carlos Pereyra. Las ideas de Carlos Pereyra constituyen, hoy por hoy, el paradigma que debería modelar cualquier proyecto socialdemócrata responsable y convincente en nuestro país. Su negativa a comulgar con los mitos y dogmas de la izquierda revolucionaria nunca le llevó a abandonar la esperanza de promover un socialismo democrático capaz de generar libertades políticas y verdadera justicia social. A Pereyra nadie le exigía la renuncia a la identidad marxista y revolucionaria que cobijó sus primeros años de formación y expresión intelectual. Parecía incluso llamado a convertirse en el teórico marxista que la izquierda mexicana, ávida de ideas frescas, estaba esperando. Pero él se había hecho a sí mismo una exigencia mayor: la de la congruencia con la realidad social que tanto le preocupaba. Su renuncia al marxismo y su reconocimiento del valor de la democracia en un momento en que muchos de nosotros vivíamos en una confusión discursiva donde se había convertido en un lugar común asumirnos como revolucionarios sin mayor discusión, no sólo fueron expresión de una admirable lucidez intelectual, sino también de una gran entereza personal. Carlos Pereyra fue un adelantado. Y lo seguiría siendo si no nos hubiera sido arrebatado de manera tan prematura y tan dolorosa. Ahora, a 11 años de haberlo perdido, queremos seguir construyendo sobre las bases intelectuales y políticas que él estableció. Queremos rescatar la dignidad del reformismo democrático que él concibió como la única vía razonable para el cambio social. Porque Carlos Pereyra no sólo es el gran exponente contemporáneo de una necesaria ética reformista, sino también de una verdadera épica reformista. Y esta diferencia, pequeña en el papel, es crucial para el futuro de la izquierda y la democracia en México, porque las ideas de Carlos Pereyra lograron que la izquierda reformista ya no apareciera más como una izquierda lastimera, como una izquierda claudicante, triunfalista y sin voluntad de buscar los caminos certeros del verdadero cambio social. Al rescatar la gran estatura política del reformismo, al instalarlo como una épica que no pasa por el uso demagógico de la violencia ni por el fomento de las exclusiones, la única épica moralmente defendible para los socialistas de una democracia, Pereyra trazó la ruta por la que ahora tratamos de construir un nuevo modelo de instituciones públicas y, con ello, una sociedad más justa. Queremos también rescatar su sentido de la política responsable, su crítica de los inmediatismos y oportunismos de toda laya. Queremos combatir lo que él, con dureza pero con ingenio, llamó la política del agandalle, esta política del abuso y de la violación de reglas, de la ausencia de autocontención y de la proclividad a los acuerdos corruptos, a las presiones ilegales e ilegítimas y de la avidez por las ganancias pecuniarias. Contra la política del agandalle, que no es otra cosa que la perversión y el envilecimiento de la política democrática, proponemos construir una política sensata, responsable y guiada por un compromiso ético de luchar contra las desigualdades y las injusticias que traspasan cada poro de nuestra nación. Ofrecemos, porque esa fue también la oferta de Carlos Pereyra, una política de izquierda democrática, combativa y esforzada, capaz de proporcionar a la sociedad mexicana las respuestas que tanto necesita y que tanto le han sido escatimadas y postergadas. Ofrecemos un reformismo con iniciativa y capaz de ejercer un liderazgo político. Un reformismo a la ofensiva, orgulloso de su vocación legal y pacífica y radical en sus demandas sociales. Pero no queremos que este reconocimiento de la figura de Carlos Pereyra se quede en un acto protocolario o en la mera instalación de un membrete sin sustancia. Queremos que la fundación que lleva su nombre esté a la altura de su herencia política e intelectual y a la altura, por supuesto, de los graves problemas del país. Por ello, no podemos sino celebrar que la presidencia de nuestra naciente fundación quede depositada en Rolando Cordera, a quien nadie podría escatimarle ser uno de los intelectuales más lúcidos y congruentes con que cuenta nuestra nación. Al saber que Rolando Cordera queda al frente de la fundación, en una elección por unanimidad de la dirección de Democracia Social, sabemos también que la conducirá con la independencia intelectual y el talento que lo caracterizan. No sólo será un presidente con prestigio y capacidad de convocatoria, también será un factor de enorme avance en el proyecto de un socialismo democrático para nuestro país. Ese socialismo tolerante, honrado e inteligente, de talante humano, por el que luchó Carlos Pereyra. Finalmente, quisiera decir, aunque suene paradójico, que la Fundación Carlos Pereyra, promovida y alentada por Democracia Social, no es patrimonio de este partido. Es un lugar de encuentro de la política y la inteligencia democráticas, y éstas no pueden ser propiedad de nadie. La Fundación Carlos Pereyra nace, por ello, como patrimonio de toda la sociedad mexicana, como patrimonio de su democratización. Gilberto Rincón Gallardo es presidente del Partido Democracia Social. Este es el texto que el autor leyó en la presentación de la Fundación Carlos Pereyra el 27 de agosto de 1999. |
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