página principal el país el mundo dinero columnas
gente águila y sol medios ciberia
ensayo mañana tianguis libros
cultura espectáculos etcétera
ensayo

uno

dos

tres

cuatro

 

 

 

 

 

4

La verdad acerca de Rigoberta Menchú

Peter Canby

Cuando estuve en Guatemala, a pesar de que le solicité en repetidas ocasiones que me concediera una entrevista, Rigoberta se negó a hablar conmigo. Sin embargo, después de que el libro de David Stoll apareció en la primera plana de The New York Times, Rigoberta dio conferencias de prensa, primero en la ciudad de México y luego en Nueva York, en donde habló de varios asuntos mencionados por Stoll. En enero, en la ciudad de México, explicó que su madre le había contado la historia de la muerte de Petrocinio que había incluido en su libro. Ignorando las pruebas de los testigos de Stoll, dijo que si tenía que escoger entre aceptar la historia de Stoll y la de su madre, escogía la versión de su madre. Rigoberta también dijo que había estado en el Colegio Belga bajo un acuerdo especial en donde, a cambio de cuatro horas de enseñanza por semana (lo llamó "alfabetización") trabajaba limpiando los dormitorios y los salones de clase. En parte con el fin de proteger a las monjas en una época en que era buscada por la policía, dijo que había usado esa experiencia como base para su capítulo en donde dice haber trabajado como sirvienta. Rigoberta también insistió en que tuvo un hermano que había muerto de desnutrición en una finca costera; era una coincidencia que se llamara igual que el hermano sobreviviente con quien Stoll había hablado. En este caso, mostró el certificado de nacimiento del hermano muerto, aunque resultó ser diez años mayor que ella y no menor.

A mediados de febrero, en Nueva York, asistí a la conferencia de prensa que Rigoberta ofreció en la torre de oficinas de las Naciones Unidas. Es tan bajita que, cuando se sentó en la silla, sus pies apenas tocaban el suelo. El efecto combinado de su cabeza grande y del traje típico que vestía le daba el desconcertante aspecto de una muñeca. Parecía incontrolablemente locuaz y curiosa acerca de su auditorio y, también, en vista de su difícil situación, sorprendentemente despreocupada por los detalles. Dijo que la campaña contra su libro era una campaña para "descontextualizarlo" de la historia de Guatemala. Dijo que cuando lo escribió, había estado completamente sola -una sobreviviente que intentaba convencer al mundo de que prestara atención a las atrocidades que ella y los demás mayas habían sufrido-. Ahora, su testimonio se había fusionado con el de miles de otras personas que habían contado historias igualmente horribles a los integrantes de Remhi y que ella buscaba centrar la atención del público en donde debía estar, en la guerra sucia que había tenido lugar en Guatemala.

Detrás de Rigoberta estaba sentado un hombre alto con una barba oscura, un traje oscuro y una camisa de color azul marino. Era Gustavo Meoño, un antiguo radical cristiano, el antiguo jefe de las "organizaciones masivas" del EGP, el grupo guerrillero al que Rigoberta se había afiliado y del que Meoño salió en 1993; éste era ahora el director de la Fundación Rigoberta Menchú. Mientras Rigoberta contestaba a las preguntas y a veces se equivocaba con los detalles, Meoño la corregía en voz baja. "No -decía-, el hermano que murió en la finca costera nació en 1949, no en 1959" o "no, a Rigoberta le pagaban 20 quetzales al mes, no diario, cuando trabajó como sirvienta en el Colegio Belga". Mientras la corregía, Rigoberta explicó con una sonrisa que su fundación estaba investigando las afirmaciones de Stoll y que los reporteros debían hablar con Meoño acerca de los detalles. Pero muchos de los hallazgos de Stoll no han sido refutados.

En la Ciudad de Guatemala, varias personas me dijeron que si me interesaban las controversias que giraban alrededor del libro de Rigoberta, debía hablar con Arturo Taracena, un historiador guatemalteco que había participado en la publicación del mismo. En 1981, Taracena había sido estudiante de doctorado en la Ecole des Hautes Etudes en Sciences Sociales en París y también había sido el director del EGP en Europa. Gustavo Meoño, su viejo amigo y colega del EGP, se puso en contacto con él y le habló de una refugiada maya llamada Rigoberta Menchú que había huido de Guatemala y a quien Meoño había conocido cuando ella estuvo en el estado mexicano de Chiapas. En ese entonces, ella se había hospedado con Samuel Ruiz García, el obispo de la Diócesis de San Cristóbal de las Casas y defensor de la teología de la liberación.

Meoño había conocido antes al padre de Rigoberta. De hecho, en Ciudad de Guatemala me dijeron que él había llevado en auto al padre de Rigoberta y a otros manifestantes a la embajada de España, la cual ocuparon antes de morir quemados. Meoño había quedado muy impresionado por la asombrosa capacidad de Rigoberta de pararse frente a una muchedumbre y describir de manera gráfica la violencia perpetrada contra los indios de Guatemala. Lo dispuso todo para que Rigoberta participara en una gira por Europa para difundir su sufrimiento y le preguntó a Taracena si podía hospedar a Rigoberta durante su estancia en París.

Gracias a sus contactos académicos, Arturo Taracena conocía a una candidata doctoral, una antropóloga venezolana llamada Elisabeth Burgos, quien estaba interesada en escribir una historia para una revista acerca de la violencia contra los mayas de Guatemala. Burgos es la antigua esposa de Régis Debray, el periodista francés que fue capturado y encarcelado en Bolivia algunos años antes, cuando trataba de llevar un mensaje del grupo del Che Guevara que pronto sería exterminado. Burgos, quien había sido la compañera de Debray durante varios años y recibió entrenamiento militar con él en Cuba, se casó con él mientras estaba en la cárcel y dirigió una exitosa campaña internacional para obtener su liberación. Además, en Cuba Burgos hizo amistad con Ricardo Ramírez, un exiliado guatemalteco y amigo del Che Guevara, quien fundó el EGP. Pronto, Burgos quedó fascinada con Guatemala, aunque nunca había ido allá, como me contó durante una entrevista telefónica. A Taracena le pareció que Burgos era la persona ideal para escribir sobre Rigoberta.

Taracena dice que, poco después de que Rigoberta llegó a París, él y una psiquiatra canadiense llamada Cécile Rousseau (Rousseau también era una simpatizante de los guerrilleros y usaba el nombre de Marie Tremblay) llevaron a Rigoberta al apartamento de Burgos y hablaron sobre cómo podían ayudarla. Sin embargo, en el relato que Burgos hace de su primer encuentro con Rigoberta, publicado en la introducción de I, Rigoberta, no menciona ni a Taracena ni a Rousseau y simplemente describe que Rigoberta llamó a la puerta de su casa una tarde fría de enero, vestida con el traje típico de Guatemala. Burgos reconoció que Rousseau sí acompañó a Rigoberta en su primera visita, pero afirma que Taracena no se apareció sino hasta que Rigoberta fue a verla por segunda vez. "El estaba muy preocupado con su tesis -me dijo-. Además, su familia corría peligro en Guatemala. No quería aparecerse por aquí. No quería quemarse".

Sin importar quién hubiera presentado en realidad a Rigoberta y Burgos, las dos simpatizaron de inmediato y Rigoberta se mudó al apartamento de Burgos mientras ésta llevaba a cabo las entrevistas. Rigoberta se quedó durante una semana y grabó 18 horas de conversación.

Según el relato de Burgos, sólo hablaron ellas dos -nadie más participó en ello-. Todos los días empezaban cuando Rigoberta hacía tortillas a mano, lo cual le recordaba a Burgos haber visto cómo se preparaban las arepas de su juventud en Venezuela. Después, Rigoberta le narraba la destrucción de su pueblo y de su familia. Al igual que casi todo el mundo, ella le pareció fascinante a Burgos. Esta escribió en su introducción a I, Rigoberta que, al escuchar a Rigoberta, "cada gesto tiene un propósito preestablecido y... todo tiene un significado... Mientras escuchamos su voz, tenemos que mirar en lo profundo de nuestra alma pues despierta sentimientos y sensaciones que nosotros, atrapados como estamos en un mundo inhumano y artificial, creíamos haber perdido para siempre".

Después de que Rigoberta Menchú se fue de París para irse de gira, Burgos tomó las cintas de Rigoberta y las convirtió en un libro del que ella fue la autora y, así, la poseedora de los derechos del mismo. Durante años, le envió las regalías a Rigoberta pero, cuando ésta comenzó su campaña por el Nobel, le pidió a Burgos no sólo que quitara su nombre del libro y lo sustituyera con el suyo, sino que también la dejara firmar nuevos contratos para escribir otros libros. Burgos se negó. Las dos dejaron de hablarse y, en 1993, Burgos dejó de enviarle regalías a Rigoberta. Esta, cuando empezaron a aparecer las primeras declaraciones de Stoll, acusó a Burgos de haber inventado los pasajes que Stoll ponía en tela de juicio, una acusación que Burgos rechaza. Stoll, por su parte, dijo que viajó a Madrid (en donde Burgos vivía en ese entonces) y escuchó las dos primeras horas de las cintas de Burgos; en su opinión, eso bastó para convencerlo de que el libro era un reflejo fidedigno de lo que Rigoberta le había contado a Burgos.

Conocí a Taracena una mañana en ACIES, un centro de estudios ubicado en los elegantes suburbios de la Ciudad de Guatemala. Taracena me dijo que se había salido del EGP en 1993 debido en parte a "ciertas diferencias" (no quiso dar mayores explicaciones, salvo que él y el EGP no concordaban del todo a nivel ideológico) pero, sobre todo, porque quería reanudar su vida como historiador. Me llevó a la biblioteca del ACIES y me mostró con orgullo un libro que acababa de publicar acerca de una región montañosa alrededor de Quetzaltenango que, durante el siglo XIX, estableció brevemente su propia república independiente. "Uno de mis ancestros paternos fue jefe de Estado", me dijo.

Taracena y yo fuimos a desayunar a un restaurante cercano. Parecía nervioso, formal, profesoral. Recordé haber escuchado que él provenía de una familia próspera pero que había sido desheredado al unirse a los guerrilleros.

"Mire -me dijo en cuanto tomamos asiento-, me he quedado callado durante 16 años, pero todo tiene sus límites. Cécile Rousseau y yo le presentamos a Rigoberta a Burgos. En ese momento, Burgos no sabía nada sobre Guatemala. Planeamos la agenda junto con ella y participamos en los dos primeros días de las entrevistas. Nos marchamos el tercer día sólo porque pudimos darnos cuenta de que todo iba muy bien. Al final de la semana, regresé al apartamento de Burgos y recogí a Rigoberta. Más tarde, cuando el manuscrito estuvo listo, lo edité, uní los temas e hice algunos cambios en los hechos y en la gramática. Hice un glosario de palabras guatemaltecas y sugerencias para los cortes de los capítulos."

Taracena me dijo que, después de editar el manuscrito, se fue a Nicaragua. A su regreso, se enteró de que Burgos había mandado traducir el libro al francés y había firmado un contrato con Gallimard en donde ella, y no Rigoberta, aparecía como la autora. Después de que apareció la edición de Gallimard, Taracena descubrió que no había un reconocimiento para él ni para las demás personas que participaron en el proyecto. "Ella quiso -me explicó- borrar toda huella de cualquiera que la hubiera ayudado con el libro". Taracena dijo que tuvo una "gran polémica" con Burgos y, como resultado de ello, su nombre, así como el de Rousseau y el de varias personas más, se añadió a los agradecimientos de la edición española cuando ésta se publicó a finales de ese mismo año.

Por su parte, Burgos afirma que Taracena estuvo presente sólo al final de varias de las entrevistas y que él leyó el manuscrito y preparó el glosario y no hizo gran cosa más. También afirma que Gallimard omitió los agradecimientos del manuscrito original en español sin consultarla. (Gallimard publicó una edición de libro de bolsillo este invierno en donde, a petición de Burgos, incluyó dichos agradecimientos por primera vez.) Por motivos desconocidos, los agradecimientos no aparecieron en las ediciones al inglés ni al alemán ni en la mayor parte de las demás lenguas a las que el libro fue traducido.

En opinión de Taracena, Burgos y Stoll tenían intereses convergentes. "Ella estaba en el proceso de romper con la izquierda latinoamericana y él quería demostrar su tesis a cualquier precio -que Rigoberta mintió y que detrás de ella existía una conspiración comunista-. Ella era una mujer india manipulada por fuerzas comunistas y, en este caso, el político comunista soy yo". Se señaló el pecho con el dedo. "Uno no ve a nadie más atacar una autobiografía de este modo; existe un racismo oculto. Si Stoll es un antropólogo y no sabe que los indios hablan de manera colectiva, que ella expresó la voz de la conciencia colectiva, entonces no sé qué sabe él. Si tiene un punto de vista sobre Guatemala, debería escribirlo".

Su comentario sobre la conciencia colectiva suscitó una pregunta evidente: "¿Quiere usted decir que las afirmaciones que Stoll hizo acerca de que Rigoberta no vivió en carne propia todo lo que afirma haber vivido son ciertas?".

"Por supuesto", dijo. Hizo un ademán restando importancia al asunto. "Ella fue a Europa, sola, cuando tenía 22 años. La magia de su libro es la narrativa en primera persona. Hay cosas que ella oyó de boca de otros militantes, cosas que no vio, cosas que expresó con su propia voz. Lo que ella narró -me dijo- fue la vida de los mayas".

Notas

1. Para mayor información sobre la investigación del asesinato del obispo, ver Francisco Goldman, "Murder comes for the bishop", The New Yorker, 15 de marzo de 1999.

2. Susanne Jonas, The battle for Guatemala: Rebels, death squads, and US power, Westview, 1991.

Peter Canby, jefe del Departamento de Verificación de Hechos de The New Yorker, es autor del libro The Heart of the Sky: Travels Among the Maya.

Este texto apareció en "The New York Review of Books". vol.XLVI, núm. 6, abril de 1999.©NYREV, Inc

La edición en español, Me llamo Rigoberta Menchú y así me nació la conciencia, fue publicada en México por la editorial siglo XXI, 1985.

principal | correo | publicidad | búsqueda | suscripciones | anteriores