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Abanico el santo oficio
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El Japón de Occidente Carlos Azar M.
El primer centenario del cine nos trajo una intensa pregunta: ¿quién va a reemplazar a los grandes directores de este siglo? Y la respuesta no aparece por ningún lado. Antes surgían figuras que ocupaban el lugar de los anteriores, pero ahora no. Desgraciadamente el cine se encuentra en un puente largo y no vemos el otro lado. Por lo tanto, nos resulta aún más dramática la pérdida de los grandes directores de mediados de siglo. Ya se fueron Fellini, Buñuel, Visconti, Ford, Malle, Truffaut y Kurosawa, quien el próximo 6 de septiembre cumple un año de muerto. Quien fuera, como dice la crítica cinematográfica, el director japonés más occidental dijo que gracias a la cultura de su padre, él pudo conocer la cultura occidental y así ampliar su visión del mundo. A pesar de haber nacido en la época de mayor raigambre nipona, Akira Kurosawa estudió en una escuela alemana y tuvo la facilidad de acceder al cine, pues su padre lo consideraba con un alto valor estético y educativo. En aquellas décadas del 10 y del 20 Kurosawa pudo ver las obras maestras de Griffith, de Jean Renoir y de René Clair, así como las de Fritz Lang y las de Murnau. Kurosawa llegó a afirmar que ese momento y esas grandes influencias las logró plasmar en su cinematografía. Así fue toda su vida, Occidente influyóprofundamente en él, y así pudimos ver cómo Macbeth y El rey Lear, las dos obras maestras de Shakespeare, pasaban a formar parte del Japón feudal en Trono de sangre y Ran, respectivamente; cómo Los bajos fondos, de Gorky, se convertían en Danzoko; cómo El idiota, de Dostoievsky, pasaba a ser Hakuchi, y así varias. A pesar de lo que se puede llegar a creer, Kurosawa no separó su visión de su Japón natal y muchas de sus grandes películas se basan directamente en obras japonesas, sólo es necesario recordar su adaptación del cuento En el bosque del gran escritor japonés, Ryunosuke Akutagawa, quien se suicidara en 1929. La vida de Kurosawa no fue sencilla. Las múltiples incomprensiones de las que fue presa, principalmente dentro de Japón, aunque también fuera, como aquella ocasión cuando fue acusado de promover la expansión colonialista de Occidente, hicieron de él un hombre dispuesto a luchar y a conservar su poderío creativo, sus propuestas y sus ideas artísticas. El fue uno de los directores puntales para la defensa de los estudios de la Toho cuando la policía entró para destruirlos. Kurosawa siempre peleó contra las desgracias, tanto dentro de su país como fuera, no olvidemos cómo envolvió a Richard Gere, en Rapsodia en agosto, para que pidiera perdón por el holocausto atómico de 1945. Tampoco debemos olvidar su crítica a la rancia burocracia japonesa que se deshumaniza ante la tragedia humana en Vivir; cómo en El ángel ebrio acusa la neurosis colectiva que asoló a los japoneses luego de las bombas atómicas, entre otros muchos ejemplos. Kurosawa fue un activista, un hombre que luchó por lo que quería y por lo que creía justo. No olvidemos esa frase de Brecht que dice: "En los tiempos difíciles, cualquier acto de belleza es un acto revolucionario". Y así es, el artista tiene la palabra para acusar, para alzar la mano cuando las cosas no andan bien. Kurosawa es simplemente un ejemplo más contra lo que estamos viviendo en México. Artísticamente, Kurosawa es un poeta, filosóficamente es un humanista. Nunca olvidaremos tantas imágenes bellas que nos dejaron sus películas. Nunca dejaremos aun lado la intensidad de su búsqueda humana en cada relato, ya sea ubicado en el Japón feudal como en el moderno, gendai-geki y jidai-geki, como ellos mismos lo llaman. La ética mezclada con la estética para lograr una de las grandes obras en conjunto del siglo; la esencia de la lucha y de la belleza con el toro agarrado por los cuernos. El Hombre es la materia prima del cine de Kurosawa. Un Hombre que llora, que siente, que se pelea, que vive en sociedad; el Hombre desde sus vísceras hasta sus pensamientos más profundos; el Hombre base de la poesía y de la filosofía; el kabuki y el no, como dos contradicciones apuradas por la mano del director. Carlos Azar M., escritor, es profesor de Historia del Cine en CADAC. |
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