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Descomposición social
La extrema pobreza es vergüenza y también peligro

Renward García Medrano

Buenos señores, cuan encarecidamente puedo os suplico que no interrumpáis un razonamiento que quiero haceros, hasta que veáis que os disgusta y enfada...

Admito, doctor, que la economía de México no tiene más remedio que abrir sus fronteras, propiciar el desarrollo del mercado y redefinir la conducción del Estado. Acepto que aquí, como en el resto del mundo, el paternalismo degeneró en corrupción e inhibió la iniciativa individual, y que el proteccionismo impidió el desarrollo tecnológico y la productividad de las empresas.

Tiene usted razón. Y me cuesta reconocerlo porque fui formado en la escuela pública desde la primaria hasta la profesional, y el clima general del país de mi juventud (pronto cumpliré 60 años), así como las enseñanzas de mis maestros de economía, me troquelaron con una visión del país, del mundo y de la vida que no corresponde a la realidad actual.

Aprendí y creí, por ejemplo, que las inversiones extranjeras eran un veneno para la economía y la so-beranía nacional; que el Estado debía manejar los sectores estratégicos de la economía; que el tipo de cambio estable favorecía la estabilidad de precios y tasas de interés. Que el subdesarrollo era hijo del colonialismo y que la prosperidad y libertad del país dependían de su independencia económica y política.

Pero bueno, no me queda sino reconocer que nada de eso es verdad -por ahora- y que los sesentones fuimos formados para un mundo que ya no es y quizá nunca fue como creímos. Que la emoción que vivíamos y vivimos al escuchar el himno nacional, al ver a la bandera o al Señor Presidente de la República, así, con mayúsculas, no es sino una inútil y hasta ridícula descarga de adrenalina.

Con todo, doctor, puedo admitir y admito que la viabilidad económica de nuestro país, el suyo que es también mío, depende de nuestra eficiencia para adoptar el libre mercado, insertarnos en la globalidad, mantener libres y abiertos los mercados financieros, propiciar el ahorro interno, sostener la estricta disciplina fiscal, utilizar la política monetaria para contener las tendencias inflacionarias.

Faltan muchos cabos por atar, como la eficiencia del sistema bancario para que las tasas de interés no saquen de la competencia a nuestra agricultura e industria; la despetrolización de las finanzas públicas; la privatización de la petroquímica dizque secundaria y de las empresas eléctricas. También falta, convendrá usted conmigo, promover una política industrial en torno al sector exportador, emprender una revolución tecnológica y de recursos humanos_ Y faltan recursos financieros.

Pero el rumbo de la economía es correcto aunque no me guste, y tenga usted la seguridad de que si de mí dependiera -Dios no lo quiera, como diría Madrazo- seguiría en lo fundamental el cambio de estructura para la viabilidad del país. Lo haría, aunque usted y yo sabemos que el futuro de nuestra economía está atado a lo que ocurra en el ámbito internacional, y allí reinan la especulación y la incertidumbre y es quizá imposible acotar siquiera el flujo de capitales.

Tiene usted razón, sin embargo, en que si existe una posibilidad de supervivencia y crecimiento de nuestra economía, es al lado y no en contra de las corrientes mundiales de cambio.

Pero, ¿sabe qué? Que la sociedad se nos está descomponiendo, no por el nuevo rumbo de la economía, pero estamos muy mal. La extrema pobreza no sólo es una vergüenza sino un peligro, pues crea un ambiente social propicio a todas las formas de degradación, desde la mendicidad y la prostitución hasta la violencia criminal y política. Un ambiente que hizo posible al tal Marcos, a los ultras que tienen secuestrada a la universidad, al EPR, al ERPI, a la delincuencia organizada y desorganizada, pero temible.

Pasó que el viejo sistema de escalamiento social se fue estrechando hasta dejar en el margen a millones de personas, y en la periferia de las ciudades a niños que nacieron en medio de la basura, crecieron en cloacas y estaciones del Metro y están muy lejos de entender los valores cívicos y morales que le dan cohesión a la sociedad, como el respeto a la vida, al honor de las personas y a la ley.

Así se formaron ellos, como yo me formé en las viejas escuelas públicas del México que ya no es. Pero mientras yo y los de mi edad intentamos entender un mundo y unas reglas de juego contrarias a las que aprendimos; mientras lo peor que podemos hacer es sufrir el desencanto por la realidad, los hombres y mujeres que provienen de la marginación están llenos de resentimiento y nos ven a todos los demás, a usted, a mí, a nuestros hijos y seres queridos, como los enemigos no a vencer sino a lastimar, a humillar, a matar. Y eso es extremadamente grave porque no tiene remedio fácil ni rápido, doctor.

Por eso, creo que habría que corregir la descomposición social con la misma determinación y sentido de urgencia con que se detuvo la descomposición de la economía y la política del populismo, el paternalismo y el proteccionismo

Renward García Medrano es periodista.

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