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Educación sexual
Rafael Cordera Campos
Resulta preocupante y a la vez penoso que cuando desde el ámbito de las políticas públicas se promueven programas y campañas para informar y formar en los ámbitos de la educación sexual, de la lucha contra el Sida y las adicciones, las opiniones en contra nunca presentan o proponen alternativas particularmente viables. Tanto en nuestro país como en prácticamente todo el planeta, se requiere de impulsos importantes y decididos para informar y educar en esas materias. En unos casos, por el peligro de enfermedades, en otros, por avanzar en la prevención y, en general, para hacer frente y aprovechar o contrarrestar impulsos de diverso carácter que circulan rápidamente por la vía de los medios de comunicación de todo tipo. Existen instituciones y organizaciones sociales que, por su acendrado conservadurismo, rechazan posiciones científicas y bien respaldadas. Prefieren mantenerse en su radicalismo sin bases reales y sólidas, antes que aceptar, por ejemplo, la pandemia del Sida o el trauma juvenil de los embarazos no deseados. Dichas posturas no aceptan la promoción del uso del condón y más bien son partidarias de la abstinencia sexual. O esto o nada parecen decir los representantes de Pro Vida y anexas. No les importan las cifras de jóvenes y adultos afectados por diversas enfermedades ni tampoco que puedan llegar a conclusiones sólidas para su vida aprovechando la información científica y los instrumentos pedagógicos. Particularmente por ese tipo de oposición al desarrollo educativo y al conocimiento científico es necesario expresar el apoyo a los órganos públicos que tienen la responsabilidad de avanzar en esos temas. Tanto la Secretaría de Educación Pública como la de Salud cumplen funciones que hay que reconocer como de suma importancia. Por supuesto que el apoyo que éstas han recibido de organizaciones de ciudadanos merece mención especial. Las oposiciones a tales iniciativas deben, en todo momento, encontrar respuesta puntual, tanto desde la llamada opinión pública como desde las organizaciones sociales que miran con preocupación dichos problemas y, de manera más que solidaria, actúan en favor de estas luchas para el beneficio social. La educación sexual puede encontrar en el mundo escolar verdaderas potencialidades. La escuela, sus maestros y alumnos son verdaderos multiplicadores de opiniones y conocimientos. En el plano juvenil, las instituciones educativas son los ámbitos que imprimen y garantizan mayor nivel de organización de sus comunidades y, por ello mismo, son entes con mayor capacidad para informar y transmitir conocimientos más allá de sí mismas. La educación escolar llega al hogar, al barrio, a los centros de trabajo, a la calle. Por eso es que en lo que corresponde a la educación sexual es muy importante la concurrencia de entidades públicas e iniciativas civiles o ciudadanas y si -como debería ser en una sociedad más coherente que la nuestra- todo eso adquiriera multiplicación y velocidad en y por los medios de comunicación, entonces esas verdaderas batallas por el futuro tendrían posibilidades de avance significativo. Por lo pronto, debemos reconocer esas iniciativas gubernamentales, pero no dejamos de subrayar que el conservadurismo es duro de convencer y vencer. Las definiciones de esas políticas deben también encontrar el apoyo de la sociedad y, en ese sentido, no podemos menos que subrayarlo y proponerlo Rafael Cordera Campos es profesor en la Facultad de Economía de la UNAM. |
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