![]() |
el país | el mundo | dinero | columnas |
| águila y sol | gente | medios | ciberia | |
| ensayos | mañana | tianguis | libros | |
| cultura | espectáculos | |||
columnas |
||
|
por los caminos de sancho nostalgia embarcadero textos textos bahías textos espejos
|
Eso que no fue
Patricia Peñaloza
Para la muerte sí me pongo cursi, Carlitos, y me vas a perdonar. -¿A qué te refieres? Pues es que camina a la par nuestra. Bueno, no, no a la par, sino a la vez, que no es lo mismo. Para variar, Carlos no dejó de reír de mí abiertamente. -A ver, explícame. Pues que vida y muerte son lo mismo_ -¡¡¡El hilo negro!!! No te burles de mí, Carlitos, ¿no ves que no es lo mismo teorizarlo que sentirlo? Dime si no. Eso de ver conexiones y más conexiones, y saber que de los largos minutos del día, la mayoría de ellos transcurrirán entre el turu-ru-ru-ru de una computadora vigía, y entre los pasos desconocidos de alguna enfermera afanadora, o algún doctorcito joven, ansioso por_ ¿por qué? -¡No sé! ¡Es tu historia! Bueno, era retórica, ¿sale? Decía entonces que_ ¿es que hasta dónde es ético? Aunque, ¿cómo reglamentar algo así, verdad? Es casi imposible. Cada caso es único. Pero es como si se apoderaran de su vida, de sus últimas palabras_ -Bueno, piensa que ni siquiera pensarías en su imposibilidad para decir sus "últimas palabras", porque ya estaría muerto de no estar conectado a una sonda para que respire_ ¡¡¡Ay, pinche Carlitos!!! -Bueno, sólo trato de ser realista_ Ya llevábamos varias_ más que varias cervezas. Vimos cómo las ventanas fueron pasando de claras a nocturnas, y cómo la plaza se fue vaciando. Coyoacán. Lugar que aborrezco, pero que de niña disfrutaba, cuando aún los prejuicios no me hacían mella_ no, más bien, cuando aún los jipis no hacían mella de la plaza_ Mentira. Bueno, ni sé desde cuándo se convirtió en algo tan posado. -Pero aún es bonito per se; el lugar, las casas. Oh, sí, pero hay que aguantar toda una jungla de chamacos babosos_ -Ya estás hablando como tía_ Y es que todo empezó porque fui a buscar a un carnalito que nunca apareció. Mas en su lugar, no por casualidad, sino por alevosía de la vida, apareció Carlillos. Yo estaba apesadumbrada porque mi abuelito estaba en el hospital, ya muy mal, y no había respuestas más que, según el doctor, la de que "el pronóstico era malo", pues aunque le inyectaban dopamina y demás minas para estimular su órgano cardiaco, de modo natural ya no estaba respondiendo tan bien como acaso y lo haría un corazón más joven. Y es que eso de tener 82 ya no es cualquier cosa. Para ponerme más cursi aún, le dije al Carlucho que prefería pensar que su corazón estaba malito, a razón de que lo había usado demasiado_ es decir, porque lo había dado ya casi todo. Carlos es un megaposmoincógnito, de modo que no pudo evitar echar carcajada de algo que me parecía tan serio. Sin embargo, estar con Carlitos es siempre un placer, porque normalmente procura regresar hacia la tierra a quien lo acompañe. Creo que sería capaz de desilusionar al mismísimo Marcos si se lo propusiera. Claro que a Carlos le daría un ataque de güeva antes de siquiera saludar a Rafita Guillén. Ya más arrellanados, y al fin que Carlitos pagaba, recordé que una vez, hacía como cuatro años, ya nos habíamos topado en ese lugar_ no, no es cierto, no nos topamos, él me invitó directamente. Ese día chupamos mucho más de lo que ahora bebíamos. Eran días en que me fascinaba derrochar los minutos cual champaña en cambio de milenio. Días en que aprendía a ejercer el papel de reina que ahora creo ostentar sin pensarlo siquiera. Me mataba que me invitaran, me chulearan, o que al menos hicieran como si se la pasaran muy bien conmigo. Obviamente, llegó un momento en el que me aburrí_ o acaso me sentí lo suficientemente graduada como para dejar las prácticas escolares y reservarme mis conocimientos de coqueteo para momentos clave, y en aras también, por supuesto, de no volverlo una rutina. Ah_ Pero en esos días_ pues no sé, pero ni con Carlitos resistí jugar al coqueteo. Y la verdad me la estaba pasando muy bien. Era irresistible que se la pasara contradiciéndome, rociándome de argumentos más pesados que los míos como para clavarme espinotas perdurables. Fue él quien me habló por vez primera de Isaiah Berlin, autor que me cimbra más ahora que entonces (esos días no entendí nada). Su elocuencia y brillantez (aunque si ahora se lo dijera se sonrojaría) hacían risotear a mis neuronas, y eso sí que es un privilegio pocas veces presente en la vida. En aquel momento no lo supe, pero siempre recordé después a modo semiconsciente, esa charla con mucha simpatía, pues me sembró dudas bastante saludables, que de vez en vez van brotando sin que nadie las llame. Pinche Carlitos_ Cuando casi nos corrieron del establecimiento, la plaza de Coyoacán estaba desierta. Era ya tarde y casi no pasaban taxis, cuantimenos microbuses. Carlitos y yo estábamos deliciosamente ebrios y yo estaba extasiada con sus arrebatos. Recuerdo bien que la charla continuó a la orilla de la calle, como si esperáramos a que algo ocurriera, a que alguno decidiera hacia dónde se movería. Era, sin duda, una cita seudoaccidental, pero las cosas habían mutado curiosamente. Entre risas y nervios, titubeos y choros, sé muy bien que intercambiamos una mirada harto misteriosa. Algo más iba a pasar cuando, de súbito, de entre el oscuro paisaje apareció un fantasma desnutrido, jorobado, bigotón, y algo amarguetas_ mejor conocido como uno de los Grandes Periodistas Indeseables. Fue como si nos hubiera estado siguiendo, pero nada que ver. Ocurre que ese periodista frecuenta bastante ese bar. Y desgraciadamente, como la mayoría de los veintes que me estuvo arrojando a la tatema este muchacho que todo lo ha leído, todavía tardarían varios años en caer; y como yo en también oscuros pasados había tenido lindas amistades con el indeseable periodista, hube de acceder primero a su interrupción y, acto seguido, a su ofrecimiento de aventón una vez comprendidas las circunstancias, dejando en la banqueta al noble Carlitos. 1999. El tiempo era más corto ahora, y hube de despedirme intempestivamente de Carlitos. Ni por asomo hice alusión a aquella tarde de bar en ese mismo lugar_ mucho menos de lo bien que me había hecho esa plática. ¿Por qué es uno así de tarado? Me sentí Kevin Arnold en Los años maravillosos_ Tal vez creí que no vendría más al caso_ Tal vez creí que el tiempo había mermado cualquier posibilidad nunca consumada, ni siquiera insinuada, ni siquiera_ Cuando venía de regreso a mi casa, recordé de nuevo ese Coyoacán de noche de hacía cinco años. Traje a mente, con extraño apego, el rostro curioso de Carlos bajo la noche. Y fue como si se me hubiera metido el aguijón que provoca saber que uno debió haber hecho y no lo hizo. Qué absurdo, ¿por qué algo tan nimio me provocaba esta comezón? Esa noche, Carlitos y yo habíamos estado a punto de besarnos. El lo sabe. Yo lo sé. Ahora veo muy claro que en realidad, lo que tuve fue miedo a enfrentarme a un tipo que me provocaba sentirme menos, no porque él lo propiciara, sino por la inseguridad macabra que entonces me asolaba. Cierro mis ojitos, y me dan ganas de haber completado ese encuentro de boquitas_ pero nunca ocurrió y nunca comentamos nada, y par de tímidos mensos, le echamos paja encima. Y la nada. Ah, pero sé bien, Carlitos, que estás leyendo esto, así que sólo me resta agradecerte tantos aguijones, tantas dudas_ Aunque no sé que agregar_ o comentar sobre ese beso_ que pos nomás ni fue Patricia Peñaloza es periodista, escritora y cantante. Correo: futuram@yahoo.com |
|
|
|
|