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¿Dónde está Rufino Tamayo?
Miriam Mabel Martínez

Bajo el cielo de Tamayo
Daniel Rodríguez Barrón

 

 

 

 

 

Tamayo frente al hombre
Sensibilidad puesta en la línea

Miriam Mabel Martínez

En 1953 Rufino Tamayo resumió en un mural su idea del hombre. Pintó la relación entre el infinito y él, entre el color y el movimiento, la intimidad del ser ante las emociones, el cielo, los temores, ensimismado en su primitivismo y la capacidad intelectual y creadora inmersas en el infinito donde El hombre podía reconocerse nada y a la vez experimentar el todo: la ansiedad del hombre por abarcar ese infinito tan lejano y dejar pasar el infinito próximo al cuerpo y a los ojos, en un intento por plantar los pies en la tierra y que éstos sean raíces para conocer también lo que está debajo sin dejar de mirar al cielo en la lucha perpetua por la libertad y aceptando las limitaciones de su misma condición de hombre.

Mientras que Rufino Tamayo exploraba los rincones plásticos del espíritu humano en esa batalla por desprenderse de la tierra y dirigirse al infinito de las estrellas, Arthur Miller publicaba Las brujas de Salem, los científicos Crick Watson y Wilkins descubrían la estructura del ADN, los periódicos del mundo anunciaban la muerte de José Stalin y Pablo Picasso causaba controversia con su "Retrato de Stalin". Y qué mejor momento para tratar de desenmarañar la angustia del hombre que en la obra de Tamayo está integrado al cosmos y parece tocar la cauda del cometa, a sus pies un perro alcanza un hueso. Los tonos oscuros se confunden y la geometría de los trazos definen a los personajes y hacen posible la comunión entre el cielo y la tierra: el puente es ese hombre. Al contemplar el mural se escucha la voz de su creador diciendo: "Lo fundamental es que soy un hombre igual a los otros hombres". Los astros blancos contrastan con el azul intenso del cielo y la silueta humana roja palpita en armonía con su alrededor.

Y ese Hombre regresa a México después de 46 años de permanecer en el Dallas Museum of Fine Arts. Estará ahora presente en la celebración del centenario del nacimiento de su creador en el Museo Rufino Tamayo, cada espectador podrá verse en el espejo mural.

"El arte, por sus rutas peculiares, recuerda constantemente al hombre su grandeza y su fragilidad; se la recuerda sobre todo al ofrecerle el espectáculo de la imaginación sin trabas, de la búsqueda sin límites, de la creación sin normas ajenas", afirmaba Tamayo, pintor y humanista, coleccionista, grabador, dibujante, hombre contemporáneo que se preocupó por entender y observar en su tiempo a su tiempo, además de revisar al hombre en su pasado e imaginarlo en su porvenir.

Gran parte de la obra de Tamayo es la búsqueda de esa esencia humana; una y otra vez plasmó su idea del hombre, a quien convirtió en metáfora plástica, en experimentación formal, en tema e investigación.

Artista disciplinado y comprometido, estudió las múltiples expresiones artísticas del siglo XX; sabía que conocer qué y cómo ayuda a descubrir posibilidades y el camino hacia la originalidad. Ver el mundo y trabajarlo en distintas técnicas, en blanco y negro, a color, en pequeño y grande, acercarse a los detalles, contemplar en la distancia para reproducir la deformación que la realidad sufre con el paso del tiempo. Y el reloj anunciando el día e invitando a Tamayo a crear inmerso en la luz natural que es la única capaz de otorgarles a los colores "su justo valor".

Rufino Tamayo nació el 26 de agosto de 1899 en la ciudad de Oaxaca; en 1907, al quedar huérfano, se muda a la ciudad de México a vivir con unos tíos vendedores de frutas; en 1917 se inscribe en la Escuela Nacional de Bellas Artes; en 1921 es nombrado por José Vasconcelos jefe del Departamento de Dibujo Etnográfico del Museo Nacional de Arqueología; en 1926 exhibe por primera vez en México y en Nueva York. Ahí empieza la historia.

Creció a la par del siglo. Conoció los cambios sociales, culturales y artísticos. Vivió al hombre frente a la tecnología y en la guerra. Hurgó en la línea y en el color una identidad plástica. Experimentó el caballete, el muralismo, el dibujo y el grabado. Se relacionó con los artistas de su época y coleccionó su obra, así como piezas prehispánicas: juntó su memoria mesoamericana y su presente cosmopolita. No tuvo miedo a abrir los ojos e involucrarse con su historia y su aquí y ahora.

Como pintor de caballete construyó sólidas formas colorísticas en las cuales predominaron las naturalezas muertas, los retratos, siluetas femeninas y escenas costumbristas envueltas de velos oníricos. En su primera época trabaja en la consecuencia del cubismo. Después pasó por una etapa de síntesis formal y exaltación del carácter bidimensional de la pintura, es entonces cuando aparecen los animales y el color como personaje. Volúmenes y colores que unen e integran formas y cuyos personajes poco a poco pierden rigidez y su capacidad escultórica (esto se observa en su dibujo y que sin embargo no trabajó, sólo creó unas cuantas esculturas aunque se percibía en su obra) abarcaron el universo, la soledad y el hombre.

La influencia de la ciencia en el quehacer cotidiano y la deshumanización también se reflejó en su obra, tal como lo dijera Luis Cardoza y Aragón: "En algunos de estos cuadros ha desmantelado la realidad". En su búsqueda se acercó a la geometría, a la abstracción y, sobre todo, hurgó en lo figurativo.

El trazo, el color y la textura se refinaron en pos de la animación de la vida interior de protagonistas y elementos que dan composición a su obra. Sus figuras intimaron fundiéndose en los tonos y en los fondos. Construyó una visión propia de la universalidad mexicana.

Como muralista negó la tendencia de propaganda política: "Para mí se trata fundamentalmente de obtener los valores colorísticos justos de los distintos planos arquitectónicos. De establecer la relación del edificio con el medio donde se levantan o con los otros edificios que lo rodean (...). No sacrificar la arquitectura al exhibicionismo de los murales". Sólo los murales "El canto y la música" (1933) y "Revolución" (1938), y el vitral "El Universo" (1982) fueron realizados directamente sobre el muro, el resto son cuadros transportables. La obra gráfica de Rufino Tamayo es resultado de la experimentación de materiales, colores y técnicas: serigrafía, mixografía, aguafuerte (Hombre contemplando la luna), litografía, cromolitografía (Coyote en la noche y Hombre y dos mujeres).

Comprendió el dibujo como una expresión lineal, más allá del parecido con la realidad, lo importante era la sensibilidad puesta en la línea. Su trabajo es una puerta a la imaginación, premoniciones de cuadros y murales. El esqueleto de su creación.

La consecuencia de su afán coleccionista son dos museos: Museo de Arte Prehispánico Rufino Tamayo en la ciudad de Oaxaca (1974), y el Museo de Arte Contemporáneo Internacional Rufino Tamayo (1981) en el DF, al que donó 174 piezas de sus contemporáneos.

Rufino Tamayo, hombre y artista preocupado por el hombre, murió el 24 de junio de 1991. Ahora celebramos su centenario. Ahora lo volvemos a ver en la ciudad. Ahora regresa su Hombre y su concepción plástica.

Una vez más nos acercamos al artista y su obra y, como escribiera Octavio Paz, a su "pintura como una operación devastadora de la realidad y, asimismo, como su metamorfosis"

Miriam Mabel Martínez es becaria del Centro Mexicano de Escritores.

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