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Fedro Carlos Guillén

 

 

 

 

 

Mamá soy Paquito

Fedro Carlos Guillén

Los expedientes de parricidas -supongo- están llenos de gente resentida porque algún día sus señores padres los disfrazaron de abejita en contra de su voluntad o de otros que fueron arrastrados al piano u (¡horror!) a un órgano melódico con el fin de hacer una interpretación para las visitas que, invariablemente, sonreían mientras para sus adentros seguramente reflexionaban bajo qué circunstancias la vida los había puesto en ese trance.

Las expectativas parentales sobre los infantes son siempre desmedidas; todos queremos encontrar en un garabato espantoso el inicio de una carrera triunfal, todos también buscamos pistas tempranas para vivir con la esperanza de que nuestros retoños serán grandes hombres y no pelagatos. Para cumplir este noble fin se ha recurrido a estrategias escalofriantes que consisten de manera elemental en arrullar a los críos con Mahler (que sólo me arrulla a mí), presentarles el teorema de Pitágoras a los cuatro años o brincar de orgullo porque Juanito -de dos años- sabe decir quesadilla en alemán. Estas extravagancias se basan en la extendida percepción de que la ciencia ha demostrado que la estimulación temprana es una fuente inequívoca de genialidad. Sin embargo, recientes reflexiones sugieren cautela y parecen decir: ma non tanto.

Los hechos son los siguientes: los estudios acerca de estas capacidades tempranas se hacen siempre con adolescentes y normalmente nunca involucran estudios cerebrales, sólo conductuales. En su libro El mito de los tres años, el doctor John Bruer apunta que las distorsiones acerca de lo que saben los científicos cerebrales determinan sobreinterpretaciones sociales y son una fuente de conductas paternas y de políticas públicas (en Florida es obligatorio escuchar música clásica en la escuela) sin fundamento. El doctor Bruer ha aseverado que los estudios en materia cerebral de ninguna manera soportan la idea popular que tenemos acerca de que a los tres años se ha formado de manera indeleble la aptitud futura de un niño y se expresa en la frase que hay que decir durante fiestas infantiles con gente a la que uno no tiene el gusto: "Es que los niños son una esponja".

Es cierto -dice Bruer- que en esa edad sí hay periodos críticos, pero éstos se relacionan con cuestiones fisiológicas específicas, como el desarrollo de la vista o el lenguaje. Aparentemente, el cerebro posee una gran plasticidad y es capaz de modificar sus capacidades a lo largo de toda la vida y no solamente durante un periodo específico.

Evidentemente esta posición iconoclasta ha generado reacciones inmediatas; muchos de los que defienden la idea original rebaten vehementemente la posición de Bruer; existe -dicen- mucha evidencia psicológica que fundamenta la importancia de poner música o leerle a los niños a edades tempranas. La réplica es implacable: ello no constituye ninguna evidencia neurológica.

Bruer habla de los excesos que se cometen frecuentemente al sacar de contexto trabajos científicos con poderes explicativos limitados que se pretenden extender en toda la población con el fin de que se vuelvan interesantes y digeribles (esta sección estará atenta a no caer en tales tentaciones) y pone una buena cuota de responsabilidad en los medios de comunicación. El doctor Francis Rauscher, autor de un trabajo clásico sobre el tema conocido como "efecto Mozart", ha dicho que no está satisfecho con la forma como sus resultados fueron explicados a la población y no está de acuerdo con la medida que generaron, pues el gobernador de Georgia ha ofrecido regalar un disco compacto de música clásica a cada madre que dé a luz en su estado. "Hay mejores formas de gastar el dinero", dice, y si éste es su punto de vista, bien valdría reflexionar sobre nuestros bienintencionados esfuerzos paternos que a veces someten a los niños a experiencias dignas del doctor I.Q. o de plano al ridículo -y que se revierten en la forma de un hachazo o, por lo menos, en una buena dosis de psicoanálisis-

Fedro Carlos Guillén es biólogo, con doctorado en Ciencias por la UNAM.

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