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80 años de ostracismo
J. D. Salinger, prisionero de su propio enigma

José Luis Durán King

En la transición de 1998 a 1999, J. D. Salinger cumplió 80 años, un aniversario que posiblemente fue celebrado por partida doble en la fría ciudad de Cornish, New Hampshire. También es probable que no haya habido fiesta alguna, sólo un poco de yoga, meditación zen, lectura de autores favoritos como Franz Kafka y Leon Tolstoi, y quizá algunas horas de escribir cuartillas que con toda seguridad nunca serán publicadas.

En un sillón cerca de la chimenea, Salinger (alto, de cabello blanco y sordo de un oído) y su tercera esposa probablemente vieron una película de los años 40, después de una cena frugal producto más de un régimen dietético severo que de cualquier prescripción médica. Aunque, por haber sido su cumpleaños, quizá Salinger dejó a un lado su alimento sano y comió sus amadas donas -de las cuales tiene reputación de ser un consumidor voraz- mientras disfrutaba de algún programa de televisión. Se sabe que Jerry Salinger siempre admiró a Jerry Seinfeld, un colega judío de Nueva York parecido al autor de El guardián en el centeno cuando éste era treintón. Aunque el parecido no es sólo físico: Seinfeld era un entusiasta de las mujeres jóvenes y poseía un punto de vista sumamente mordaz acerca de la humanidad.

Lo que también vincula a Seinfeld y Salinger es que ambos decidieron bajarse de sus respectivos escenarios en el momento preciso, diferenciándose del resto de los escritores de los 50 que sucumbió bajo el peso de su propia trayectoria y fue incapaz de adaptarse al frenesí de la década siguiente. Así, Ralph Ellison fracasó cuando intentó completar una secuela del Hombre invisible (1952). To Kill A Mockingbird continúa como la única novela de Harper Lee. A Harold Brodkey llevó 32 años culminar The Runaway Soul. Así como los escritores mencionados trataron infructuosamente de regresar a sus propios orígenes, Salinger, en contraste, puso a su obra un alto formidable y ningún libro de ficción de su autoría ha aparecido desde Hapworth Camp, publicado en 1965.

Además de su renuncia a publicar, Salinger pertenece a un grupo de escritores -Thomas Pynchon, Cormac McCarthy y, recientemente, Don DeLillo- que ha insistido ferozmente en que sea respetada su privacía, no apareciendo en público y evitando a toda costa biógrafos y periodistas. La última entrevista que Salinger concedió fue la que acompañó al lanzamiento de El guardián en el centeno, en 1951. Como su obra disminuyó justo en el momento cuando las historias de Thomas Pynchon comenzaron a aparecer, corrió la versión en el mundo de las letras de que Pynchon era en realidad un seudónimo de Salinger. La huida de Pynchon hacia el anonimato sólo sirvió para que la prensa repitiera un patrón de conducta familiar en el caso de Salinger: ir tras los autores como si se tratara de presas de caza. Pynchon huyó a México cuando su novela debut, V, apareció en 1963, azuzando a las revistas Time y Newsweek a que enviaran equipos de investigadores tras él.

Hechizado por el ejemplo de Salinger, Pynchon creó a Richard Wharfinger, su alter ego, el paranoico dramaturgo jacobino que fascina a la heroína de su segunda novela, The Crying of Lot 49. Es como si Pynchon hubiera previsto, a los 29 años de edad, que sería objeto del mismo acoso biográfico que ha sufrido Salinger, de las mismas traiciones de los ex amigos, de las mismas fotografías prohibidas; la única imagen que existe de él en los últimos 40 años fue tomada en 1997, en Nueva York.

Por otra parte, al ver la célebre foto de Salinger captada en 1988 -donde aparece golpeando el parabrisas del auto de un fotógrafo indiscreto (Paul Adao)-, Don DeLillo se inspiró para escribir Mao II, en la que el héroe de la novela, Bill Gray, es un autor famoso recluido que ha pasado muchos años reescribiendo el mismo libro. Y fue el impasse de Salinger el que condujo a DeLillo a abrazar la misma hermandad del silencio. Después de rehuir durante buena parte de su vida al proceso mercadotécnico ("Te conviertes en algo consumible, absorbible. Todo al final se vuelve un comercial de televisión, todo se usa"), DeLillo asombró al mundo cuando decidió llevar a cabo una gira convencional para promover su obra más reciente: Underworld.

Lo que resalta la potencia simbólica de Salinger y lo diferencia de Pynchon y DeLillo, es que estos últimos son novelistas literarios de tiempo completo, que siguen las mismas tácticas de otros gigantes del modernismo (por ejemplo, el silencio y exilio de James Joyce) para prevenir estructuras opacas, simplificadas por paralelos biográficos espesos de sus propios intentos torpes por explicarse a sí mismos. En lo que corresponde a Salinger, es un autor cuya gran ficción es accesible al instante y requiere poca desenvoltura crítica. En El guardián en el centeno, Holden Caulfield huye de la escuela y se va a Nueva York, donde encuentra a todas las personas falsas, excepto a su hermana Phoebe. En Franny y Zooey, la estudiante de actuación Franny Glass rompe con todo -al encontrar que toda la gente es falsa, excepto su familia- y abandona el colegio para irse a Nueva York, donde su hermano le enseña a apreciar la actuación como un acto religioso. Los diálogos en estas historias no tienen parangón y millones de lectores jóvenes alrededor del mundo se han visto reflejados en las novelas desde la década de los 50.

Desde el principio de su carrera, Salinger se caracterizó por ser una verdadera pesadilla para sus editores, oponiéndose a que se distribuyeran pruebas y copias de El guardián en el centeno, a que su foto apareciera en la contraportada del libro, irritándose cuando su editor filtró a la prensa londinense un mínimo de publicidad acerca de su obra maestra.

A la lista de enconos en la que había anotado a publicistas y agentes literarios, más tarde añadió a reseñistas, académicos, periodistas y, por supuesto, biógrafos, llegando al extremo de su cruzada personal en 1986, cuando afinó sus baterías contra la biografía escrita por Ian Hamilton, In Search of JD Salinger, pleito que culminó en las cortes. Más recientemente, su agente en Estados Unidos prohibió los websites que se refieren al autor, clausurando sitios donde sus fans analizaban pasajes completos de El guardián en el centeno.

Irónicamente, el efecto de ese control obsesivo creó una atmósfera de desafío, alentando a que su antigua amante, Joyce Maynard, escribiera sus experiencias con Salinger en el libro At Home in the World, obra que se convirtió en un éxito literario y cuya historia no pudo ser refutada por el viejo ermitaño.

Bombardeada por las cartas de Salinger en la primavera de 1972, después de que el artista leyera un reportaje escrito por ella en The New York Times Magazine (que incluía una foto pequeña de la autora), Joyce Maynard terminó por irse a vivir con Salinger a su casa de New Hampshire; el autor pagó los estudios de su amante en Yale y la introdujo a un estilo de vida centrado en la escritura, la meditación, la homeopatía, las dietas idiosincráticas y, cuando el tiempo lo permitía, en una hora de televisión al día. Sin embargo, la tutoría de Salinger abrumó a Maynard, cuyos trabajos periodísticos pasaban por la revisión estricta del escritor. A la tensión causada por esta auscultación constante se sumaron los problemas sexuales, lógicos en una pareja en la que existía una gran diferencia de edades. Después de casi un año de vivir juntos, el maestro y la aprendiz decidieron separarse.

Motivos sexuales aparte, Salinger se vio a sí mismo actuando como el guardián en el centeno, salvando a su niña de "ir más allá de la cima". Para él, la virginal Maynard, entonces de 18 años, era una Franny Glass de carne y hueso: guapa, problemática, todavía inocente y lo suficientemente maleable para ser rescatada de la superficialidad.

A casi medio siglo de que el mundo conociera El guardián en el centeno, el universo de ficción propuesto por Salinger nunca ha parecido más contemporáneo que ahora, sobre todo en lo que concierne a la crisis moral de los jóvenes educados en ambientes exquisitos. Compartan o consuman drogas, los colegiales tipo The Secret History, de Donna Tartt o los de Less Than Zero, de Bret Easton Ellis disfrutan un estilo de vida que poco ha cambiado respecto de los neuróticos preparatorianos que Salinger dibujó en el periodo inmediato a la postguerra. Esa adolescencia precoz, que se niega ferozmente a ser asimilada por el aburrido mundo de los adultos, que está en contra de sacrificar inocencia e idealismo, es la parte real que acrisola con singular maestría la pluma del escritor más enigmático de la literatura universal contemporánea

José Luis Durán King es autor del libro de cuentos Tabula Rasa.

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