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UNAM y Amador Hernández
Julián Andrade Jardí
La UNAM está en una espiral de descomposición inquietante. La participación del EZLN y el reclutamiento de jóvenes "para impedir la construcción de una carretera" en Chiapas no auguran nada bueno. Javier Elorriaga le dijo al reportero de Crónica, Francisco Mejía, que de lo que se trata es de impedir el levantamiento del camino en San Quintín, en el ejido de Amador Hernández. Amador Hernández, por cierto, es el ejemplo de cómo se pueden escalar los conflictos, radicalizando las diferencias en las comunidades indígenas y escandalizándose, después, con el estallido de la violencia. Pero al mismo tiempo, clarifica el poder de la histeria de la "sociedad civil" y de los medios de comunicación que la acompañan. Lo que se pudo resolver por medio de la negociación ya se convirtió en un problema nacional de incalculables consecuencias. Las pesadillas del radical chic, en aquella región, se pueden volver una triste realidad de la que todo el mundo se arrepentirá. Recordemos lo que ocurría en la zona norte de Chiapas y remitámonos al expediente de Acteal, para observar la forma como se construyen esta clase de enredos. Ahora a esa mezcla explosiva sólo le falta la participación de los ultras de la UNAM, porque ahí ya radican los de la ENAH. Mientras tanto, la violencia campea por las instalaciones universitarias y el enfrentamiento entre huelguistas y antiparistas puede tener consecuencias fatales en cualquier momento. La ausencia del Estado de derecho en el campus y la imposibilidad de aplicar la ley por cuestiones electorales y por el comprensible trauma del 68, hacen que la idea de perder a la UNAM ya no parezca una locura contundente, sino sólo una más de las variables que conforman el problema. ¿Por qué ligar a Chiapas con la UNAM? Porque se parecen y porque miembros del CGH decidieron participar en aquella problemática. Ya decenas de ultras viven allá y regresaron con el crecimiento del movimiento huelguista. Cuando el conflicto universitario termine, nos encontraremos con la triste realidad de cientos de jóvenes ligados al EPR y a otras organizaciones clandestinas. La violencia verbal hasta el momento en el CGH es un indicador de hasta dónde llegarán las cosas. El rector, por lo pronto, está empeñado en una política de desgaste y pretende que las propias diferencias en el CGH logren el levantamiento de la huelga. Ojalá esté en el camino correcto, pues de otra forma el tiempo perdido sería irrecuperable. La propuesta de los maestros eméritos tendrá la misma suerte que todas las iniciativas que tienen por objeto el fin de la huelga, ya que los grupos que controlan el CGH no tienen en su agenda el empeño de un acuerdo ni de nada que se le parezca. Es increíble que al final de los años 90 reviva la peor cultura de los años 70, con su carga de violencia y con el desperdicio de vidas y talentos que implica. Quizá sea una exageración, pero creo que en estas cosas conviene más pecar de escandaloso que dejar pasar una sombra que ya conocemos y cuyas heridas aún están frescas en los sótanos de nuestra vida pública Julián Andrade Jardí es subdirector de Información del periódico Crónica. |
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