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¿Es adecuada la flexibilidad cambiaria?

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No. Hay que dolarizar la economía
Alberto Fernández Garza

 

 

 

 

 

Por ahora, está bien

Eduardo Torreblanca

En el centro de la atención está la relación entre el peso y el dólar. Puede usted encontrar tantas versiones como economistas conozca. La mayoría de ellos coinciden en que un dólar a 9.60 pesos es una mercancía barata, lo que acepta la idea de la sobrevaluación de la moneda mexicana y presume el ajuste antes de que las elecciones federales tengan lugar.

¿Cuándo tendrá lugar el ajuste? Pocos pueden anticiparlo. No juega en el escenario una sola ficha. La economía mexicana, en su innegable proceso de globalización, es ahora presa de muchas variables exógenas que podrían conducir a un ajuste violento de la paridad cambiara. Argentina es una ficha, Brasil otra, las elecciones priistas, una más, la idea de la violencia que nadie desea, la más dañina. Incluso Rusia y Japón tienen un sitio en la compleja gama de escenarios que podrían afectar a la economía nacional.

¿Nos asusta la idea de un dólar más caro, digamos a 10.60 pesos para finales del año? Para muchos el deslizamiento de nuestra moneda respecto de la divisa estadounidense parece ser no sólo razonable sino necesaria. La paridad actual no refleja el diferencial inflacionario entre México y su principal socio comercial, con el que desarrolla más de 85% del intercambio de bienes y servicios. ¿Es el gobierno mexicano el responsable de una paridad incorrecta? No. Es el mercado.

Un golpe severo a los aficionados al "libre mercado" representa la idea de que, en su funcionamiento global, la función de regular con certeza la paridad entre las dos monedas ha resultado imperfecta. Las fuerzas (libres) del mercado, pues, han carecido de la sabiduría necesaria para reflejar en el mercado cambiario las diferencias innegables entre la economía de México y la de Estados Unidos.

Surgiría quizá la tentación de aplicar en México una política cambiaria distinta a la que hoy se ejerce y se vigila celosamente desde la oficina principal del Banco de México. Cambiar la política de libre flotación se antoja un suicidio tomando en cuenta las abundantes experiencias internacionales que demuestran que cualquier intento por mantener políticas rígidas en políticas cambiarias exige el pago, tarde o temprano, de facturaciones muy altas.

México se distingue hoy por ser una de las naciones con mayor apertura en sus fronteras comerciales. Por lo tanto, en la determinación del nivel real, adecuado, que debe existir entre el peso y el dólar juegan innumerables factores. A la luz de la razón se antoja que el dólar se encarezca en la medida en que la inflación de Estados Unidos y la de México se distancien. Así lo exigen los empresarios y sobre todo los particulares y empresas que concurren con insistencia a los mercados internacionales y que, conforme se mantiene casi estática la paridad, pierden competitividad en su ejercicio de negocios.

Si la transición política que se avecina se desarrolla sin convulsiones notorias, el próximo gobierno tendrá necesariamente que diversificar nuestro comercio internacional, fomentar el ahorro interno y fortalecer el mercado doméstico. No hacerlo de esta manera implicaría garantizar sacudidas macroeconómicas imposibles de costearse nuevamente. En estas sacudidas la relación peso-dólar será el indicador más confiable de la salud de nuestra economía y, por ende, un eslabón frágil si no fincamos la viabilidad de un país sólido en nuestras propias fuerzas económicas.

En tanto se define el escenario político, las quinielas se multiplican entre quienes creen que un mayor desliz de la moneda respecto del dólar no sólo es aconsejable, sino necesario y quienes apuestan a que la fortaleza de la economía de EU evitará nuevas sacudidas devaluatorias.

Mientras llega el momento no sabemos si la transición democrática va a doler y, lamentablemente, tampoco si implicará liquidar una cuantiosa factura en poco cómodas anualidades

Eduardo Torreblanca es director de Información Financiera de los noticieros de Televisa.

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