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Tamayo frente al hombre ¿Dónde está Rufino Tamayo?
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Bajo el cielo de Tamayo
Daniel Rodríguez Barrón
El 26 de agosto se cumplen 100 años del nacimiento de Rufino Tamayo, y con ellos la oportunidad de ver su obra con ojos frescos. Esta nota no será sino un rápido recorrido a manera de homenaje al artista que abrió para nosotros las puertas de la modernidad. La primera época en la plástica de Tamayo es un movimiento de escisión con los muralistas que lo lleva a intentar aprehender la otra realidad, no el "realismo socialista", sino la realidad sin más en su desnudez esencial: teléfonos y bombillas -donde hace homenaje a la novedad técnica, convirtiéndola en objetos entrañables-; desnudos femeninos y hombres trabajando -que ya exhiben esa solidez escultórica levemente cubista; según sus propias palabras, por entonces, entre 1925 y 1935, era admirador de Braque-, y naturalezas muertas. En todas estas obras la intención primordial es la composición: hacer del espacio un color que vibra bajo reglas estrictas. Tamayo da forma a sus temas con rigor, que a veces se convierte en rigidez repleta de aristas y contrapesos, y descubre su capacidad como colorista, transformando lo pintado en color. En sus siguientes años la consigna será la exploración del color: el color como creador de forma y de espacio. El reconocido colorista partía del gris para crear un gama que va de los tonos más apagados hasta los rojos más ruidosos. Buscaba en su paleta no sólo los contrastes y los contrapuntos colorísticos, sino los acordes de un mismo color a través de transparencias, de diversas degradaciones, de un movimiento de avance y retroceso; aseguraba que "a mayor limitación de los colores, mayor posibilidad de riqueza", observación que no podría sostener sino Tamayo. En cuanto a la exploración de la forma, Tamayo encontró un medio eficaz: la mixografía; con el invento del arquitecto Luis Remba, Tamayo pudo dar un volumen y una textura que no partían necesariamente del color sino de los materiales empleados que podían ir desde el cartón hasta la tela, desde la arena hasta fragmentos metálicos. Con la mixografía Tamayo consiguió no sólo muchas de sus grandes obras como Galaxia y Dos personajes atacados por perros, sino también creó un nuevo espacio para el ejercicio de las artes plásticas de la misma forma en que, por ejemplo, Picasso con ayuda del forjador Julio González, rescató el hierro para construir esculturas. Muchos críticos aseguran que su primer periodo es mejor porque el maestro aún no se sentía tan inclinado a los "preciosismos" como las constelaciones, las aves, los cielos estrellados y los desnudos descarnados -casi siempre muestran también parte del esqueleto, los dientes, las costillas, los huesos de las manos-; a decir verdad no se trató de un cambio en los motivos de su pintura sino de una evolución, sus figuras, una vez tensas, comenzaron a danzar, fue el paso entre el rigor constructivista de sus primeros años a la certeza de quien tiene el don de ver mejor que los demás y, encima, puede representar aquello que ve. Octavio Paz -preocupado por otorgar a las visiones de Tamayo coordenadas históricas y llevarlo al frente de un proceso de modernización; es probable que en aquella famosa frase, "somos contemporáneos de todos los hombres", Paz no estuviera pensando en sí mismo, aún era muy joven, pensaba en el único mexicano para quien las puertas de la capital del arte, Nueva York, se habían abierto: Tamayo, quien, por cierto, nunca se dio por aludido y más de una vez aseguró no entender los textos que Paz tan afanosamente le dedicaba y donde buscaba emparejarse con él en el hecho de haber sido los primeros en poner en tela de jucio el trabajo de los muralistas y partir en busca de nuevos medios de expresión, es decir, insistía más en su importancia histórica y menos en la plástica- en uno de los tres largos textos dedicados a Tamayo escribió: "Algunos artistas aspiran a ver lo nunca visto; otros, a ver como nunca se ha visto. Tamayo pertenece a la segunda raza. Ver el mundo con otros ojos, en su caso quiere decir: verlo como si su mirada fuese la primera mirada. (...) Ver sin intermediarios". Esa primera mirada no podía basarse en presupuestos personales, quien ve por primera vez el mundo se coloca, sin saberlo y acaso ni desearlo, en el lugar de una conciencia colectiva cuyo principal objetivo es trasladar lo visto y sentido a la representación plástica, el resultado es un símbolo. Paul Westheim escribió sobre los murales de Tamayo comparándolos con aquellos creados por los artistas teotihuacanos: "Se representa lo que todos conocen, lo que todos han conocido siempre. Lo que importa no es el fenómeno sino el significado del fenómeno". En sus constelaciones, en sus aves, en sus frutas, más que en sus teléfonos y bombillas, Tamayo nos ofrece la visión de un hombre muy antiguo, que ha abandonado las prácticas antiguas como la magia o la religión que le permitían desviar o conjurar sus miedos, para enfrentarse a solas con sus conflictos y tensiones, con sus preguntas sin posibilidad de respuesta, y con su ansia por comprender lo inefable; lo trágico en la visión que Tamayo tenía del hombre contemporáneo es que busca las constelaciones sin las coordenadas de dioses o eventos cósmicos que lo guíen. Aunque sepa mirarlas. Hace unas semanas, el curador del Museo Internacional Rufino Tamayo, el maestro Juan Carlos Pereda, respondió con las siguientes palabras a mi última pregunta: ¿qué buscamos en un cuadro de Tamayo?: "El maestro decía que su cuadro estaba terminado cuando lo veía un nuevo espectador. Entonces, virtualmente sus cuadros nunca están terminados porque siempre va a haber alguien que los vea. En un cuadro de Tamayo lo que encuentras es el sentido poético, esa libertad que te plantea Tamayo de ver, probablemente no está ocurriendo nada, no es algo que haya pasado, o sugiriendo que vaya a pasar, sin embargo, está para inspirarte algo, tal vez a partir del color, quizá a partir de las texturas, de la atmósfera, de la temperatura que puede emanar el cuadro. Nada está dicho. Tú eres quien tiene que decirlo frente al cuadro, y lo tienes que decir en el momento que el cuadro te llegue o te signifique algo". Intentar un balance general de la obra tamayana a 100 años de su nacimiento sería presuntuoso, los conocedores de su obra aún ni siquiera pueden completar, después de casi siete años de intentos, el catálogo razonado; esta nota no desea sino llevar a un nuevo espectador a seguir completando la obra de Tamayo. El buen espectador siempre se quedará a solas en su propia recreación imaginativa con una o dos piezas, no tienen que ser necesariamente las "mejores" -¿quién podría decirlo?- basta con que fijen en el observador un signo cuya presencia se volverá obsesiva y que, con suerte, un día le hablará Daniel Rodríguez Barrón, ensayista, publica en nexos, "El Semanario" de Novedades y Viceversa. |
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