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cuentas claras
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La fuerza del neoliberalismo Ricardo Becerra
Comencemos con una constatación: el mundo económico, lo mismo el material que el de las ideas, durante las últimas dos décadas ha sido dominado por el "espíritu neoliberal". No hay duda: se trata de una doctrina coherente, autoconsistente, militante, decidida a cambiar el mundo a su imagen y semejanza. Por su vigor, su ambición estructural y su extensión internacional puede compararse con el marxismo y, más tímidamente, con el keynesianismo de postguerra. ¿A qué se debe su hegemonía?, ¿es un triunfo teórico?, ¿es que los economistas y filósofos neoliberales son definitivamente más competentes, diestros y realistas?, ¿es una victoria intelectual?, ¿o es que su fuerza hay que hallarla en la realidad misma de la economía? La respuesta es inequívoca: la realidad material obligó al pensamiento económico a ajustarse, a reinterpretar el mundo que se transformaba vertiginosamente en sus narices. Unos cuerpos teóricos estaban mejor capacitados para asimilar y apoyar ese cambio, otros se resquebrajaron, el pensamiento revolucionario nunca pudo aceptarlo y asumió el papel de Magdalena teórica, y otros planteamientos entraron a una difícil revisión y reconstrucción de sí mismos (como la CEPAL o la socialdemocracia europea). Dos cosas decisivas cambiaron la manera de funcionar de la economía planetaria: la liberalización de los capitales financieros y la expansión y multiplicación del comercio mundial. El control de la economía se volvió cada vez más difícil porque muchas de las decisiones económicas más importantes ya no se tomaron dentro de las naciones, sino en una multitud de centros financieros, empresas y Estados distintos y lejanos. Y resulta que quienes toman esas decisiones (alzas o bajas en las tasas de interés, destino y oportunidad de las inversiones, tamaño de la exportación de capitales, préstamos) más allá de los Estados y las naciones creen en el esquema neoliberal. La fuerza del neoliberalismo no es teórica, sus manuales y supuestos no son más refinados y verificables que otros. Lo que ocurre es que los inversionistas institucionales, esos que ponen en marcha miles de millones de dólares todos los días y en todas partes, toman sus decisiones apoyados en la ortodoxia neoliberal, o sea, mueven el capital hacia economías que cumplen los requisitos de sus mismas recetas: que guarden celosamente los equilibrios macroeconómicos, con Estados que no gastan demasiado, que controlan su inflación y mantienen una deuda razonable. El problema es que ningún poder mundial puede sustraerse a las consecuencias de esas decisiones y ellas se fundamentan precisamente en el rosario neoliberal. Su ventaja tajante es que les proporciona buenas herramientas para predecir cómo se comportarán los mercados, esencialmente los financieros. Ese escenario impone límites muy reales y dolorosos a la acción de los gobiernos. Antes de la globalización financiera, una sociedad podía salir de las crisis recurriendo al déficit público o aumentando el gasto para recuperar el consumo de la sociedad. Así operó la economía mundial con un impresionante éxito durante 30 años. Pero ahora no podríamos regresar a esas propuestas de política económica porque los que deciden el destino de los grandes flujos financieros castigarían esas recetas, "descalificarían" al país en cuestión y en una fuga o estampida financiera, probablemente moverían sus capitales hacia otras partes del mundo consideradas seguras y prudentes. El neoliberalismo no ha propiciado un mundo más próspero ni más estable, como lo veremos en la siguiente entrega. Al contrario, ha creado un mundo sumamente peligroso porque le ha quitado a los Estados, a la política, a la voluntad colectiva, capacidades para gobernar la economía. Las crisis financieras globales, amenazantes, extraordinariamente caras y destructivas, son los modernos monstruos de la razón neoliberal Ricardo Becerra estudió Economía en la UNAM. |
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