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Gallos que no se venden

Carlos Castillo López

El cambio inaceptable

Un objeto cualquiera -un lápiz, una foto, un verso e incluso un animal- puede convertirse en pieza clave de un recuerdo. Hay lugares, situaciones, momentos, memorias, mil y una cosas más (mil y una en el sentido borgeano de que agregar el número uno al mil le da a la frase un sentido de más que eternidad) que nos traen a la mente el pasado. Esas son las cosas que no se compran ni se venden; son las que hacen que el presente esté siempre abierto a lo que fue, a lo que ya nunca será.

Este es quizá el tema central de la novela de Gabriel García Márquez, El coronel no tiene quien le escriba (Diana, 1998), el deseo de no perder lo único con lo que un hombre llena el vacío de un hijo que ya no está, de un ser querido que ha muerto. Y sí: el coronel sufre hambre, tiene problemas conyugales por la carencia económica y vende todo lo que adorna las paredes y los rincones de su hogar. Sin embargo, se niega a deshacerse -por más ganancias que esto le promete- del único objeto que, por haber pertenecido a su vástago fallecido, le trae a la memoria los días cuando aquél vivía.

Sobra decir que al coronel nadie le escribe porque la carta que espera es aquella que debe darle la noticia de la pensión que desde hace 15 años añora recibir; también está de más decir que en alguna ocasión el autor de la novela mencionó que la obra era la introducción más larga que se había hecho para la palabra "mierda". En lo que sí vale la pena profundizar es en la decisión del personaje principal de no deshacerse de su gallo, pese a que ello aliviaría de inmediato sus penurias económicas, dado que el animal estaba considerado como la mejor ave de pelea del pueblo.

Pero, ¿por qué a pesar de sus carencias y sus conflictos el coronel se niega a vender al gallo? Ahí se teje la trama del libro. La obra es la historia de la insistencia en conservar lo único que le queda a un padre de su hijo; ese recuerdo que no tiene precio y que no cambiaría ni por todo el oro del mundo. Es cierto: ¿de qué le serviría el dinero si a cambio tiene que sacrificar el objeto que con su proximidad le conserva los recuerdos?

Tal vez por necesidad, sed o hambre alguien daría lo que fuera; o quien entregaría lo inimaginable por "un puñado de monedas de plata" o por un plato de comida caliente. Sin embargo, también hay quienes, fieles a sus convicciones, no cambiarían ni un segundo de su memoria por nada, pues, en la carencia absoluta lo único que no se pierde es el pasado, los momentos de felicidad que no se repiten.

 

Pedazos de tiempo perdido

Hay algo en el mes de octubre que, a través de la historia, ha hecho de esos 31 días el tema de muchos autores. Una frase popular dicta que las lunas de octubre son las más hermosas. Quizá porque en octubre el otoño aparece con mayor intensidad: caen las hojas de los árboles (en algunos países las calles se tapizan de color ocre), el frío comienza a sentirse de una forma especial y caminar solo por la noche deja en el alma una sensación incomparable.

En El coronel no tiene quien le escriba, octubre es un tiempo de penurias, dolores y malestares. Este décimo mes del año es, en la obra de García Márquez, tiempo de muerte, de enfermedades extrañas que llegan al empezar el mes y terminan con éste. El autor nos presenta la vida al revés: cuando todo debiera ser tranquilo y placentero, los personajes sufren las desgracias de enfermedades como el asma, que suele presentarse en las noches frías y húmedas.

En resumen, octubre es un lapso perdido de la historia que no tiene más alegría que la soledad, el hambre y el dolor (tanto físico como moral); es la pena de la muerte, la de la tristeza y es, más que nada, las necesidades que se vuelven mayores.

La solución está a la mano, sencilla al parecer. Sólo habría que vender al gallo. Sin embargo, en el fondo esto equivaldría a perder lo único valioso que el coronel conserva. Su espera es (y tal vez será) eterna: una carta que nunca llegará; su esposa se convierte en un obstáculo que supera en una frase, después de 75 años_ Pero el viejo soldado guarda consigo lo más preciado de su existir; conserva entre sus pocos haberes ese gallo del cual hubiese podido deshacerse para conseguir dinero o hacer de él una comida.

El gallo se queda donde siempre fue su hogar: la casa del coronel; permanece vivo y a su lado a pesar de que sería la solución de sus problemas. Una solución que quizá, con el paso de los años, se hubiese convertido en el peor de sus males: el de olvidar lo poco de su pasado que sería digno de ser futuro

Carlos Castillo López (1978) es analista político en Humanismo, Desarrollo y Democracia, A. C.

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