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¿Un nuevo PRI?

Adrián Acosta Silva

Como sucede con todo partido político dominante, gran parte de las facturas de la transición política mexicana han sido endosadas al PRI. Pérdida de votos e influencia política, de militantes, dirigentes y recursos de negociación, han sido parte de las cuantiosas pérdidas que el PRI ha tenido que pagar a lo largo de la última década, fortaleciendo así a partidos como el PRD y el PAN. Pero las pérdidas relativas del PRI han sido ganancias netas de la democratización del régimen político mexicano, que explican en gran medida el tránsito de un régimen semiautoritario y monocolor basado en el hiperpresidencialismo, a uno crecientemente plural y competitivo, operando sobre la base de un presidencialismo crecientemente acotado. Ello llevó a los dirigentes del PRI y al propio Presidente de la República a emprender, desde fines del año pasado, una transformación de la regla de oro del régimen político surgido de la revolución mexicana: la selección del candidato a la Presidencia. Del dedazo a la competencia abierta, aunque regulada, ha sido, hasta ahora, una hipótesis política de cambio en el corazón mismo del hiperpresidencialismo y en los mecanismos centrales de ejercicio de la autoridad y el poder en el PRI.

En ese contexto surgió el proceso de elección de candidatos a la Presidencia que hoy se despliega ante nuestros ojos. Cuatro figuras representan, o intentan hacerlo, un proceso de renovación interna del PRI que, sin embargo, y por lo menos hasta ahora, está teniendo pérdidas y augura riesgos y fracturas que amenazan con "balcanizar" al PRI. En un partido sin tradiciones de competencia y debate público, las campañas preelectorales en curso se han convertido en una feria de frivolidades y en una hoguera de las vanidades políticas de los protagonistas. Ni la respetable figura de don Fernando Gutiérrez Barrios ni la comisión que encabeza han logrado impedir que las precampañas se conviertan en una furiosa guerra verbal entre los contendientes que, al calor de la ocurrencia, se resuelven en descalificaciones y descontones mutuos. Trepados en el ringside preleectoral, los contendientes no parecen advertir que los riesgos del enfrentamiento abierto pueden traducirse en una fractura de enormes proporciones para el PRI durante el proceso electoral federal del año que viene.

El cálculo político de procesar un cambio en el modo político de producción del candidato presidencial en ese partido, se fincó en la necesidad no sólo de recuperar la credibilidad y confianza de muchas franjas ciudadanas, sino también de cohesionar internamente a un partido que en los años precedentes convirtió a las fugas de militantes y dirigentes en costosas derrotas electorales. En alguna medida, esa fue una decisión inteligente, que tenía como riesgo principal convertir las campañas de los precandidatos en fuente potencial de rupturas al final del proceso. La cuestión es si, con el tono y los contenidos observados hasta ahora, será posible cohesionar a los candidatos que resulten perdedores en los comicios internos.

La imagen renovadora que originó el proceso electoral interno parece estar convirtiendo a las campañas de Bartlett, Labastida, Madrazo y Villanueva, en una imagen de desprestigio del PRI. Jugando al juego en que todos pierden, las corrientes internas que confluyen en el proceso que culminará en noviembre no parecen reparar en que también toda la casa pierde. Y de ello no lo pueden salvar sólo la buena voluntad o los afanes regulatorios de los máximos dirigentes priistas, sino la construcción de nuevas reglas políticas contigentes -es decir, no previstas al inicio del proceso-, que estimulen el intercambio de ideas y propuestas por sobre las descalificaciones y los reclamospersonalesy que aseguren para los perdedores beneficios políticos internos y externos.

A final de cuentas, es preciso no perder de vista que la larga transición política mexicana ha apostado a la constitución de partidos políticos fuertes y competitivos, capaces de representar la pluralidad política e ideológica realmente existente en la sociedad mexicana pre y postransicional, y en el conjunto de los partidos el PRI es un actor central e indispensable para consolidar exitosamente la joven democracia mexicana

Adrián Acosta Silva es sociólogo. Doctor en Ciencias Sociales. Profesor-investigador de la Universidad de Guadalajara.

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