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"Le tenía miedo a la soledad"
Su sirvienta de toda la vida retrata la intimidad de Borges

Olga Wornat entrevista a
Epifanía Ubeda de Robledo

Borges era ateo y usted lo rodea con imágenes religiosas. ¿Por qué?

(Sonríe.) Bueno, eso decía él. Pero cada vez que se iba a dormir se arrodillaba y rezaba al lado de la cama. Y cada vez que íbamos a visitar la tumba de su madre en la Recoleta, se persignaba. En público él decía que no sabía rezar, pero ahí en el cementerio rezaba siempre. Y también lloraba... ¡Pobre Borges, cómo lloraba!

Había tenido una relación muy fuerte con la madre...

Era muy pegado con ella, no hacía nada que a ella le pudiera molestar. Yo la cuidé a doña Leonor hasta que murió. Nunca había visto muertos, imagínese el susto que tenía. La noche que ella se murió estaban sus amigas; yo le serví la sopa, le di de comer en la boca y la acosté. Entonces empezó a roncar. La hija, Norah, dijo: "Vamos, porque mamá ya está durmiendo". A la una yo me fui a dormir y ella seguía con el ronquido. Pensé que dormía. A las cuatro me desperté y dije: "Ay, la señora". Fui corriendo y seguía con ronquidos. La senté en la cama porque pensé que se estaba ahogando, y su cuerpo hizo un ruido terrible. Después los médicos me explicaron que al morir se le despegó el organismo. Le avisé al señor, que estaba en su cuarto. El la tomó de los tobillos y se puso a sacudirla, pero ella ya estaba muerta. Fue el día de mayor sufrimiento de su vida. Lloraba agarrado a los barrotes de la cama y decía: "Madre, acá estoy, ya volví". Entre los dos le preparamos la mortaja, le pusimos monedas en los ojos para que no los abriera y un pañuelito atado a la cara. Los primeros que vinieron fueron Adolfito (Bioy Casares) y la señora Silvina (Ocampo). En el cementerio el señor lloraba abrazado al almirante Rojas. No tenía consuelo.

¿Bioy Casares lo ayudó mucho en esa época?

Eran como hermanos. Casi todas las noches lo venía a buscar para comer. Pero cuando volvía, él se iba al dormitorio de doña Leonor, se sentaba en la cama y hablaba con ella. Un día, antes de irse a Ginebra definitivamente, entré al cuarto y lo encontré acostado, con la mirada perdida en el techo. Horas y horas. Era muy triste verlo así, bueno, ahora estarán juntos...

¿Cómo era la relación de Borges con Kodama?

Ella primero venía y se quedaba dos horas. Después empezó a tener cada vez más poder sobre él. Le hablaba mal de sus amigos, de su familia, de mí; le decía que eran todos unos delincuentes que le querían sacar la plata. El señor siempre me contaba lo que María le decía: "Fanny, ¿usted qué piensa?", me preguntaba mientras yo lo vestía. María usaba una cadenita con una calavera colgada del cuello; Borges me decía que a ella le gustaban las brujerías. "¡Ay, Fanny, si supiera los lugares adonde me lleva María! Hay gente tan rara...". Qué sé yo. Me fue tan bien y tan mal al lado de Borges que...

Sólo le quedaron los recuerdos...

Y, sí. Recuerdo que el día que estaba por salir a Suiza con la Kodama, yo lo acompañé al señor hasta el hotel Dorá, enfrente de la casa. Siempre iba a comer ahí. Los mozos me llamaron para que lo fuera a buscar, porque estaba comiendo con la hermana y se descompuso. Ya estaba muy mal, apenas podía caminar. Cuando volvió, yo le saqué la ropa y se acostó. Lo desperté a las cinco. Me acuerdo que se levantó y se agarró de la cama de fierro –hermosa cama– y me dijo: "Fanny, yo no quiero ir. Si voy, me voy a morir lejos". Y lloraba, el pobrecillo.

¿Borges era depresivo?

A veces se deprimía. No le gustaba estar solo, no aguantaba. Una vez, en un viaje a Madrid, se quemó el pie derecho. Estuvo 20 días sin salir del hotel, en reposo, sin poder ponerse medias ni zapatos. Lo cuidó un amigo. Cuando volvió, le pregunté por qué había hecho eso. "Porque María me dejó solo. Estaba tan solo, Fanny, que lo único que quería era suicidarme". "¿Y qué pensaba hacer?", le pregunté. "Llené la bañera con agua bien caliente para meterme y ahogarme, pero soy un cobarde y no aguanté". Borges era así, como un chico que reconocía que se portaba mal. Otra vez me dijo que un día, cuando era joven, se fue a las vías del tren en Adrogué, para matarse, porque una novia lo había abandonado. El tren venía y le tocaba bocina. De repente vio que su perrito lo había seguido y estaba acostado sobre las vías. "Me dio mucha lástima y me fui. Soy un cobarde, Fanny".

¿Cómo era el Borges de todos los días?

Tenía sentido del humor, aunque muchas veces se ponía triste. Cuando estaba con Adolfito, se reía todo el tiempo. Después se separaron porque María le tenía prohibido que lo visitara.

¿Le gustaba comer?

Más o menos. No comía mucho. Yo le hacía ravioles, arroz con pollo, churrasco, pero tenía que cortarle chiquitito. "Fanny, parece que yo soy un gato", me decía. Cuando no quería comer, yo le decía: "Bueno, entonces no hay premio". El premio era un kilo de uva. ¡Cómo le gustaba la uva a Borges! Y le gustaba mucho el café con leche.

¿Tomaba alcohol?

Nunca. Me contó que cuando era joven tomaba vino, y un día llegó al club de Adrogué y escuchó que alguien dijo: "Ahí viene el borracho Borges". Se puso tan mal que nunca más tomó una gota de alcohol.

¿Dormía bien o tenía pesadillas?

No, sufría de insomnio. Pero también era mañoso. Cuando llegaba la noche, yo le ponía el pijama, le abría la cama y empapaba un pañuelo con colonia que le colocaba sobre la almohada. El se sentaba y me extendía la mano abierta. Yo le ponía dos caramelos y le daba la pastilla para dormir. Un día el señor estaba ansioso por que le llevara el Rohypnol y yo me di cuenta de que se me había terminado. Entonces, agarré una aspirina y se la di. Al otro día le pregunté cómo había dormido. Me dijo que había sido su mejor noche. Tenía maña con la pastilla.

¿Era miedoso?

Tenía miedo a la soledad. No le gustaba quedarse solo. Y también tenía miedo a la noche. Me decía que debajo de la cama había unos enanitos malignos que se lo querían llevar. Me decía que soñaba con ellos y se asustaba mucho.

¿Qué hay de cierto sobre su rechazo por la gente negra?

Siempre recibía gente en la casa. Un día llegaron unas chicas brasileñas; hablaron y se rieron toda la tarde. Cuando ellas se fueron, él vino a la cocina y me preguntó cómo eran físicamente aquellas mujeres. Le dije que eran negras. "¡¿Cómo negras?! ¿Por qué no me lo dijo antes? ¡Qué horror, las hubiera echado! Salga usted también de acá. ¡Salga!". Después se le pasaba.

¿Qué decía de los desaparecidos?

Los familiares venían a casa y le contaban cosas terribles. Me acuerdo de una chica que habían agarrado los militares y la habían torturado con la picana. La chica lloraba en el living y él se angustiaba muchísimo. Me decía que guardara bien todas las carpetas con las fotos de los desaparecidos. "¿Qué puedo hacer, Fanny?". "Soy ciego... Pobre gente, lo que le han hecho", me dijo cuando se fue la chica.

¿Cómo es su vida, Fanny?

Soy pobre. Vivo de la jubilación que me dejó mi marido muerto. No me gusta estar sola, igual que el señor Georgie. Si tengo que comer sola, no como: espero hasta la noche, cuando llega mi hija. Acá estoy bien. No pago alquiler: el señor Alejandro Vaccaro, que tiene una gran colección de cosas de Borges, me presta esta casa. Todo está tan caro, ¿vio? Me acuerdo que un día le dije a doña Leonor que la plata no me alcanzaba. Me había dado veinte centavos y en los últimos tiempos ya no me alcanzaba. "¿No te alcanza esto que te doy? Lo que va a venir será mucho peor". ¡Y qué razón tenía la pobrecilla! Míreme como estoy


Epifanía Ubeda de Robledo fue durante cuatro décadas la mucama de Jorge Luis Borges. El pasado 14 de junio, en el 13 aniversario de la muerte del escritor, la revista Siglo XXI de Buenos Aires (núm. 49, 17 de junio, 1999) la entrevistó. De ahí tomamos estos extractos.

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