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Un minuto ¡Ah, mi violín! Nada me consuela más que tocarlo
Patricia Peñaloza
La pradera es grande y los guayabos están que se caen de sabrosos. Me gusta correr entre el caserío, crecido entre las subidas y las bajadas de los cerros, siempre verdes, siempre con las nubes de sombrero. Treparme a las bardas, a los árboles, robarme las frutas del monte, pues no son de nadie. Por las mañanas voy a la escuela y por la tarde me pide papá Chebo que le enseñe a leer, porque él nunca fue a estudiar. Pero eso sí, bien que sabe solfeo, y toca la guitarra rebonito. A mí ya me está enseñando. Ya casi tengo trece y me acaba de comprar un violín. Ahí me estoy hasta oscuro dándole al chirrido, mientras mi mamá Emilia me hace un atole bien sabroso. (Abuelito… Abuelito… ¿mme oyeesss…?). Esas construcciones grandes son de la fábrica de telas. Aquí antes no había nada. Pero un día llegaron y le dieron trabajo a mucha gente. Mi apá estuvo entre ellos. Venía de Tepic, pero aquí en Bellavista le iba a ir mejor. Mi mamá se puso muy contenta, pues le gusta más el campo... Hace poco llegaron los Sandoval y pusieron también su servicio de camiones, esos carros grandotes para muchas personas. Antes nomás en burro… Híjole, una niña de los Sandoval está bien bonita… me voy a hacer su novio. Dice que toco muy bien el violín. Hace poco aprendí a tocar el trombón. Un cuate me dijo que me uniera a su banda. Pos cómo no. Se llama El Escuadrón del Ritmo, y tocamos jazz y fox trot. Hace poco todavía había mucho destrozo, con eso de la revolufia; pero ahora ya se puede viajar más; nos la hemos pasado por todo el estado, y hasta hemos llegado a Sinaloa. Tócale aquí, tócale allá, un baile, otro, otro, y… ah, pero qué bonita muchacha, la voy a sacar a bailar. ¿Cómo te llamas? ¿Carmen? ¿Pos no me dejó ahí parado? En otra fiesta me la volví a encontrar… y andaba huyendo de otro malora. Así que para safarse del mequetrefe, fue y se me sentó al lado. El otro nomás nos vio. Ella dijo: "El es mi novio". Ahora sí se me hizo, pensé… pero cuál. En cuanto nos quedamos solos, se echó a correr. Carmen. Carmen… No la dejé de buscar, hasta que me la robé y le hice dos hijos: Beto y Gil. Me platican que lo mero bueno está en la capital. Me voy unos meses y regreso por ti, Carmelita… ¡La ciudad es un monstruo! Todavía no me hospedo pero quiero hacer unas llamadas en un restorán. Unos señores me miran con mi estuche de trombón y me preguntan que si lo toco. Sí señores. "Pues véngase pronto porque necesitamos trombonista para la música de ‘Que viva mi desgracia’". Y que me dejo ir. Una vez instalado, ahí voy por Carmen, que ya esperaba a Lupita… Está bonito vivir por República de Chile. Me queda cerca de la XEW, donde directito me dieron trabajo. Programas y más programas. Pedro Infante. Jorge Negrete. María Victoria. ¡Ah! Don Juanito García Esquivel. Maestrazo. Comienzo a construir por la Gertrudis Sánchez nuestra casita propia. Vienen Emilia y Valentito. Venezuela, Cuba, Centroamérica. Diez años con Esquivel. Ahora con don Luis Alcaraz… Me dicen que murió mi padre. Dejo la música. Vienen Carmelita, Anita, Lety y Aída. Carmen anda por la frontera chiveando géneros. Carmen y yo estamos a cargo de una Cymsa. Pongo mi propia tienda. Se me casan Beto, Gil, los demás… me voy llenando de nietos (Abuelitoo… ¿Me ooyeess? Ssooy Paatii…). Les hago quiringuiringui, me los monto en las piernas, les compongo canciones… Se nos daña la casa en el 85. Tenemos que mudarnos… Carmen… ¡Ay, Carmen! Se me enferma de los riñones. Uno, dos... nueve años... Carmen, mi Carmelita linda… se me adelanta al cielo. Ya todos los hijos se me han casado… ¿Y esto? ¡Ah, mi violín! Lo limpio, lo pulo, lo mando arreglar. Mi viejo violín. Nada me consuela en el día más que tocarlo. Aprendo nuevas sonatas cada día. Ni cuando chico lo toqué tan bien. No me atrevo a irme de esta casita, donde pasó sus últimos días Carmen conmigo, aunque quede tan lejos de todos… Me informan que mi mamá ha muerto. Tenía 105 años… (Tee quereemos muuu…) Voy al mercado. Me gusta andar solo. Ahora es la ciudad tan grande. ¿A cuánto el kilo de tunas? La vista se me nubla. Cuando despierto estoy en el hospital. Pero bueno, llevo cinco cirugías, para mí no es nada. ¿Un marcapasos? El primero no funciona… otra operación. Me perforan el corazón. Los doctores no dan esperanzas. Tengo 82 años. Pero salgo ileso, consciente. Muchas manos me acarician. Su amor me mantiene vivo… Puedo oírlos, pero no hablarles. Si al menos pudiera hacerlo… Ahora sí, creo que estoy cerca… "Abuelito… abuelito… ¿me oyes? Soy Pati…". Le hablo al oído pero no despierta. Está conectado a miles de cables. Respira, pero su vida está en un hilo. En terapia intensiva no permiten visitas más de cinco minutos. Tanto aparato me hace dudar de lo necesario de esta lucha entre la vida y la muerte. Acaricio sus manos, le beso la frente. "Te queremos mucho, abuelito. Tienes que estar bien". Tengo la esperanza de que me escuche. Mas me da la impresión de que será la última vez que lo vea y que no lo sabré. No soporto la idea de que tal vez no vuelva a hablarle, que no sepa que estuve ahí. Pasan dos días… y lo encuentro despierto. Sonrío y no puedo creerlo. Se me amontonan las palabras. ¿Qué decir en una situación así? Sólo le repito que lo amamos. Pero ahora no puede hablar porque tiene conectado un tubo para respirar por la boca. Los doctores aseguran que es increíble que siga vivo. Le hablo y me escucha. El quiere decir cosas, tal vez sus últimas, y no puede hacerlo. La angustia se asoma en su rostro. Le digo que se tranquilice. "Lo estás haciendo muy bien, abuelito. Has sido muy fuerte". Con el dedo índice, me señala hacia el cielo, como dejándome en claro quién tiene para él la última palabra… Me dicen que acabó la visita. No sé qué habrá ocurrido cuando esto salga publicado
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